Agricultura Orgánica Básica y Agroindustria II.II – Fertilizantes, NPK y Abonos Naturales

Como hemos visto, la química de síntesis y la industria de los insumos agrícolas transformaron profundamente la manera de entender la nutrición vegetal. El suelo fue directamente reducido a un soporte para la planta, mientras que la nutrición comenzó a entenderse como la entrega de elementos específicos en cantidades determinadas. En lugar de considerar al suelo como un sistema vivo que participa en la alimentación vegetal, se comenzó a separar la nutrición en componentes individuales que podían ser fabricados, concentrados, formulados y aplicados de manera independiente.

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La nutrición de síntesis: alimentar directamente a la planta

En la agricultura industrial, la nutrición puede plantearse como una especie de receta química. Primero se identifica qué elemento necesita la planta y después se busca una fuente que permita entregárselo en una forma disponible para su absorción. Los llamados macronutrientes principales son el nitrógeno (N), fósforo (P) y potasio (K), los famosos números que encontramos en las etiquetas de los fertilizantes NPK. A ellos se agregan otros macronutrientes como calcio, magnesio y azufre, mientras que los micronutrientes incluyen hierro, manganeso, zinc, cobre, boro, molibdeno, cloro y níquel, requeridos en cantidades mucho menores. De esta manera, la industria puede formular un fertilizante con una determinada proporción de NPK y complementarlo con otros elementos, buscando entregar a la planta exactamente aquello que se considera necesario.

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El problema de entregar nutrientes “directo a la vena”

Podemos entender este sistema con una comparación sencilla: es como saltarse el estómago y entregar el alimento directamente a la vena. En un sistema sin suelo vivo, como determinados cultivos hidropónicos, la planta recibe los nutrientes ya disponibles en una solución. No necesita que una comunidad biológica transforme la materia orgánica, libere minerales o regule su disponibilidad. La solución nutritiva funciona como una alimentación preparada: contiene nitrógeno, fósforo, potasio, calcio, magnesio, azufre y micronutrientes en formas que las raíces pueden absorber. La planta puede crecer aparentemente en buenas condiciones, desarrollar hojas verdes, producir raíces, flores y frutos; pero esa apariencia puede ser solamente maquillaje si evaluamos únicamente el crecimiento visible y no la salud del sistema que sostiene a la planta.

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Un ejemplo sencillo: el nitrógeno

Si una planta presenta hojas amarillentas y se determina que existe una deficiencia de nitrógeno, el modelo de síntesis busca corregir directamente ese elemento. Se puede aplicar una fuente nitrogenada y aumentar rápidamente su disponibilidad para la planta. En cambio, desde una perspectiva orgánica, la pregunta no termina en “¿cuánto nitrógeno falta?”. También interesa saber por qué el sistema no está siendo capaz de disponer de ese nitrógeno. Puede faltar materia orgánica, actividad microbiana, humedad adecuada, aireación o una fuente orgánica que permita sostener el ciclo de nutrientes. En un caso se intenta corregir el síntoma entregando el elemento; en el otro se busca recuperar el proceso que permite que ese elemento circule dentro del suelo.

Otro ejemplo: el fósforo

Con el fósforo ocurre algo parecido. La lógica de síntesis puede consistir en determinar que la planta requiere fósforo y suministrarlo mediante un fertilizante fosfatado. La lógica orgánica busca además comprender qué está ocurriendo en el suelo: el fósforo puede encontrarse allí, pero no necesariamente estar disponible para la planta. La materia orgánica, los microorganismos y las interacciones químicas del suelo participan en su transformación y disponibilidad. Por eso, agregar más fósforo no necesariamente significa que la planta vaya a aprovecharlo mejor. No basta con que el elemento exista; importa la forma en que circula dentro del sistema.

El potasio y la diferencia entre entregar y alimentar

El potasio también permite observar esta diferencia. Un fertilizante puede aportar una cantidad determinada de potasio soluble y ponerla rápidamente a disposición de las raíces. En un suelo orgánico, en cambio, el objetivo es construir un sistema capaz de almacenar, intercambiar y liberar nutrientes progresivamente. La materia orgánica y las partículas minerales del suelo participan en esta dinámica, mientras los microorganismos intervienen en múltiples procesos que afectan la disponibilidad de nutrientes. Por eso, la agricultura orgánica no pretende simplemente llenar una “despensa” con nutrientes, sino construir una despensa viva capaz de abastecer a la planta.

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2 formas de entender la nutrición vegetal

Aquí aparece una diferencia fundamental entre ambos modelos: la fertilización de síntesis entrega nutrientes; la nutrición orgánica desarrolla la capacidad del suelo para nutrir. Uno puede actuar directamente sobre la disponibilidad inmediata de un elemento, mientras el otro busca fortalecer los procesos que permiten que los nutrientes circulen de manera continua dentro del sistema.

Por eso, un suelo orgánico no debe entenderse como una simple reserva de nutrientes. Es un sistema dinámico en el que los nutrientes entran, se transforman, se almacenan, se movilizan y finalmente son absorbidos por las plantas. Los abonos naturales cumplen precisamente una función dentro de ese proceso: no son solamente una fuente de NPK, sino materiales que pueden contribuir a reconstruir y mantener la fertilidad del suelo.

La diferencia, entonces, no está simplemente entre un fertilizante químico y un abono natural. Está entre dos formas de entender la nutrición vegetal: una que busca alimentar directamente a la planta y otra que busca mantener un suelo capaz de alimentarla.

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Al compararlo con el Ser Humano

Podemos entender esta diferencia utilizando al ser humano como ejemplo. Imaginemos que una persona presenta una deficiencia de hierro. La primera reacción podría ser simplemente “falta hierro, hay que agregar hierro”. Sin embargo, esa respuesta no explica necesariamente por qué apareció la deficiencia. La falta de hierro puede tener muchas causas: una alimentación con bajo aporte de hierro; una dieta poco variada; pérdidas de sangre; menstruaciones abundantes; una hemorragia; una donación frecuente de sangre; mayores necesidades durante el crecimiento; embarazo; una recuperación después de una enfermedad; problemas digestivos; una absorción intestinal deficiente; alteraciones del estómago o del intestino; determinados medicamentos; enfermedades que afectan la absorción; o incluso una alimentación que contiene hierro, pero acompañado de condiciones que dificultan su aprovechamiento.

Por ejemplo, una persona puede consumir alimentos ricos en hierro y aun así presentar una deficiencia si no está absorbiendo adecuadamente ese hierro. También puede ocurrir que el hierro sea suficiente en la alimentación, pero que existan pérdidas constantes de sangre que superen el aporte. En otro caso, puede aumentar la demanda del organismo y la alimentación habitual dejar de ser suficiente. Por eso, simplemente entregar más hierro puede aumentar la disponibilidad del elemento, pero no necesariamente solucionar la causa que produjo la deficiencia.

Aquí aparece la diferencia con una mirada más integral. Si una persona tiene poco hierro, no solamente interesa cuánto hierro está consumiendo. También interesa saber cómo está funcionando todo el sistema que permite obtenerlo, absorberlo, transportarlo y utilizarlo. Es decir, hay que mirar la alimentación, la digestión, la absorción intestinal, las necesidades del organismo y las posibles pérdidas. El hierro es importante, pero por sí solo no explica toda la nutrición.

En el suelo ocurre algo muy parecido. Si una planta presenta síntomas asociados a una deficiencia de hierro, podemos agregar hierro y aumentar rápidamente su disponibilidad. Pero también debemos preguntarnos por qué ese hierro no está llegando adecuadamente a la planta. Puede existir un pH inadecuado, exceso de determinados minerales, poca materia orgánica, baja actividad microbiana, mala aireación, exceso de agua, compactación, problemas en el desarrollo de las raíces o simplemente una forma de hierro que se encuentra en el suelo pero que no está disponible para la planta.

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El nutriente es solo una parte de la historia

Por ejemplo, puede haber hierro en el suelo y, sin embargo, existir una deficiencia para la planta. Es parecido a una persona que tiene hierro en los alimentos que consume, pero no consigue absorberlo correctamente. El elemento está presente, pero el sistema no consigue aprovecharlo.

Por eso, la nutrición orgánica no se limita a preguntar “¿cuánto hierro falta?”. También pregunta “¿qué está ocurriendo en el sistema para que el hierro no esté disponible?”. Y esa misma pregunta puede aplicarse al nitrógeno, fósforo, potasio, calcio, magnesio y a los micronutrientes.

La comparación nos permite entender entonces una idea fundamental: no es lo mismo entregar un nutriente que crear las condiciones para que el organismo pueda obtenerlo y utilizarlo. En el ser humano, una buena alimentación busca mantener funcionando correctamente todo el sistema digestivo y metabólico; en el suelo, la nutrición orgánica busca mantener las condiciones biológicas, físicas y químicas que permiten que los nutrientes circulen y lleguen finalmente a la planta. El nutriente es solo una parte de la historia. La verdadera nutrición depende de todo el sistema que permite que ese nutriente sea aprovechado.

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Qué estamos comiendo

El consumidor muchas veces no sabe realmente qué hay detrás del alimento que está comprando, no tiene información sobre todo lo que ocurrió antes de que llegara a sus manos. Ve un tomate grande, brillante, perfectamente rojo y de apariencia impecable, pero normalmente no conoce cómo fue producido, qué recibió la planta durante su desarrollo ni cuántas aplicaciones de productos agroindustriales recibió el cultivo.

Un ejemplo se encuentra en Oaxaca, México, donde se han reportado más de 25 aplicaciones de plaguicidas durante el ciclo del cultivo del tomate (terminamos comiendo más veneno que tomate). También debemos comprender el papel del nitrógeno. Es un elemento esencial para las plantas y participa en la formación de proteínas, clorofila y numerosos procesos relacionados con el crecimiento. El problema no es el nitrógeno en sí, sino su exceso, su disponibilidad y la manera en que la industria lo integra dentro de la nutrición completa de la planta. Cuando existe una disponibilidad excesiva de nitrógeno, especialmente en sistemas de fertilización intensiva, la planta desarrolla un crecimiento muy vigoroso y produce tejidos con una mayor proporción de agua, por lo que el fruto se vuelve mayormente agua. Esto genera frutos de mayor tamaño y una apariencia más abundante. Sin embargo, es un fruto más grande, pero mucho menos nutritivo.

Cuando se aplican cantidades elevadas de fertilizantes nitrogenados, una parte de ese nitrógeno es absorbida por la planta en forma de nitratos (sustancia que contiene nitrógeno y oxígeno) y se acumular en sus tejidos. El problema comienza cuando entendemos qué puede ocurrir con esos nitratos después de que consumimos el alimento. En nuestro organismo, el nitrato deriba  en nitrosaminas.

La Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC) ha señalado que la ingesta de nitrato o nitrito, bajo condiciones que favorecen la nitrosación endógena, es carcinogénica para los seres humanos. Las nitrosaminas merecen especial atención porque algunas de ellas son reconocidas como carcinógenas y genotóxicas. EFSA, por ejemplo, identificó diez nitrosaminas presentes en los alimentos que son carcinogénicas y pueden dañar el ADN.

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Por eso, cuando hablamos de nutrición vegetal y de calidad de los alimentos, no basta con preguntarnos cuánto creció una planta o qué tamaño alcanzó su fruto. También debemos preguntarnos qué recibió la planta, qué acumuló en sus tejidos y qué ocurre con esos compuestos una vez que ese alimento entra en nuestro organismo. En 2018 ya comenzaba a llamar poderosamente la atención el aumento en la identificación de niños dentro del espectro autista.

En Estados Unidos, los datos publicados ese año por los CDC señalaban que aproximadamente 1 de cada 59 niños de 8 años había sido identificado con trastorno del espectro autista en las comunidades estudiadas. Este aumento llevó a muchos investigadores y profesionales de la salud a preguntarse qué factores podían estar relacionados con el desarrollo y la expresión de determinadas condiciones del neurodesarrollo.

Entre las líneas de investigación que comenzaron a adquirir mayor importancia estaba la relación entre el intestino, la alimentación, la microbiota y el cerebro, conocida actualmente como el eje intestino-cerebro. Dentro de esta corriente se encuentra el trabajo de la doctora Natasha Campbell-McBride, creadora de la denominada dieta GAPS (Gut and Psychology Syndrome), que propone una relación entre la salud intestinal y determinadas manifestaciones neurológicas y psicológicas. Su propuesta sostiene que modificar la alimentación puede contribuir a mejorar la función intestinal y, a través de esta relación, influir en otros aspectos de la salud.

La idea resulta especialmente interesante cuando comenzamos a comprender que el intestino no funciona de manera aislada. Existe una comunicación constante entre el sistema digestivo, la microbiota (conjunto de millones de microorganismos que viven dentro y sobre nuestro cuerpo, especialmente en el intestino), el sistema inmunitario y el cerebro. Por eso, durante esos años comenzó a estudiarse con mayor interés si determinadas modificaciones de la alimentación podían producir cambios en síntomas gastrointestinales, comportamiento o bienestar en algunos niños con autismo.

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Y aquí aparece algo que nos afecta directamente: lo que cultivamos en el suelo termina formando parte de lo que comemos. Si alimentamos nuestras plantas en un suelo vivo, rico en materia orgánica y actividad biológica, estamos produciendo alimentos dentro de un sistema que buscamos mantener saludable; si, en cambio, dependemos permanentemente de agrosinsumos de síntesis, esas sustancias y sus residuos forman parte del mismo sistema agrícola del que obtenemos nuestros alimentos. Como consumidores compramos las cosas por su apariencia, no por su valor intrínseco. ¿Y el valor intrínseco qué significa? Un concepto fundamental que nos permitirá comprender qué hay realmente detrás de aquello que estamos ingresando a nuestro cuerpo.

Economía energética

Desde la agricultura orgánica podemos producir excelentes alimentos aprovechando de manera eficiente la energía que la naturaleza pone a nuestra disposición. La radiación solar, la materia orgánica, los microorganismos, la fertilidad del suelo y la diversidad de los sistemas vivos permiten disminuir nuestra dependencia de fuentes externas de energía. Para comprender esta relación podemos utilizar la kilocaloría como una unidad de medida energética. En este caso, no hablamos de nutrición, sino de comparar cuánta energía externa invertimos para producir un alimento. Podemos imaginar la kilocaloría como una especie de moneda energética:

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1 kcal invertida → 6 kcal de alimento

Significa que por cada kilocaloría de energía externa que invertimos obtenemos seis kilocalorías contenidas en el alimento. En cambio:

Podemos imaginar la kilocaloría como una especie de moneda energética:

15 kcal invertidas → 1 kcal de alimento

Significa que necesitamos invertir quince unidades de energía para obtener solamente una unidad de energía alimentaria. Un ejemplo real es el choclo (maíz, elote). Un estudio de largo plazo realizado en Pensilvania comparó sistemas de producción orgánica y convencional. El choclo orgánico alcanzó aproximadamente 7,7 kcal de alimento por cada kcal de energía fósil invertida, mientras que el sistema convencional alcanzó aproximadamente 5,1 kcal por cada kcal invertida.

Choclo orgánico:
1 kcal invertida → 7,7 kcal obtenidas

Choclo convencional:
1 kcal invertida → 5,1 kcal obtenidas

Otro ejemplo corresponde al damasco (albaricoque). En una investigación realizada en Turquía, la producción orgánica presentó una relación energética de 2,22, frente a 1,45 en la producción convencional.

Damasco orgánico:
1 kcal invertida → 2,22 kcal obtenidas

Damasco convencional:
1 kcal invertida → 1,45 kcal obtenidas

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¿Qué pasa con la carne?

Estos ejemplos muestran que, en determinados cultivos y condiciones de producción, la agricultura orgánica puede obtener más energía alimentaria por cada unidad de energía externa invertida. Una de las razones es que algunos sistemas orgánicos reducen el uso de insumos cuya fabricación requiere grandes cantidades de energía industrial, como los fertilizantes nitrogenados sintéticos. En su lugar, pueden aprovechar la materia orgánica, las leguminosas, el compost y otros procesos biológicos.

La diferencia puede ser aún mayor cuando analizamos la producción de carne. El animal necesita consumir alimentos para crecer y una parte importante de esa energía se utiliza simplemente para mantener sus funciones vitales. A esto debemos sumar la energía utilizada en la producción del alimento para el animal, transporte, instalaciones, procesamiento, refrigeración y distribución.

Por eso, algunos análisis han estimado relaciones cercanas a 20 kcal de energía invertida por cada kcal de carne de bovino, mientras que en el caso del cordero pueden llegar a aproximadamente 57 kcal por cada kcal obtenida. Estas cifras varían según el sistema y las etapas consideradas. Así, la eficiencia energética nos permite observar la agricultura desde una perspectiva diferente: no solamente cuánto alimento producimos, sino cuánta energía necesitamos invertir para producirlo.

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En el próximo capítulo

Cuando hablamos del valor intrínseco de un alimento, no hablamos solamente de su precio, su tamaño o su apariencia. También debemos considerar todo lo que existe detrás de él: la energía del Sol transformada por la planta, el trabajo del suelo y de los microorganismos, el agua, la materia orgánica, los procesos biológicos y la energía externa que fue necesaria para producirlo y transportarlo. Un alimento tiene una historia y un verdadero valor que va mucho más allá de lo que vemos en el momento de comprarlo.

A lo largo de este capítulo hemos visto que la nutrición vegetal puede entenderse desde dos perspectivas diferentes: una que busca entregar nutrientes directamente a la planta y otra que busca desarrollar un suelo vivo, capaz de transformar, almacenar y poner los nutrientes a disposición de las plantas. También hemos comprendido que la apariencia de un alimento no nos revela cómo fue producido, qué recibió la planta durante su desarrollo ni qué sustancias pudieron formar parte de ese proceso.

Y esto es fundamental, porque lo que comemos está directamente relacionado con aquello que utilizamos para producirlo. Los fertilizantes, plaguicidas y otros insumos agrícolas pueden dejar residuos o generar exposiciones que merecen especial atención desde el punto de vista de la salud. La investigación científica ha encontrado asociaciones entre determinadas exposiciones a pesticidas y un mayor riesgo de algunos tipos de cáncer, alteraciones metabólicas como la diabetes tipo 2 y enfermedades o trastornos neurológicos y del neurodesarrollo. En el caso del autismo, por ejemplo, revisiones sistemáticas han encontrado asociaciones entre determinadas exposiciones tempranas a pesticidas agrícolas y el trastorno del espectro autista.

Por eso, cuando producimos un alimento, no deberíamos preocuparnos únicamente de conseguir una planta grande, un fruto perfecto o un alto rendimiento. También debemos preguntarnos con qué alimentamos la planta, qué aplicamos sobre ella, qué ocurre en el suelo y qué estamos llevando finalmente a nuestra mesa. Esta reflexión nos lleva a una decisión especialmente importante: producir nuestros propios alimentos. Cuando cultivamos nuestros propios alimentos podemos conocer su origen, observar cómo se desarrolla el suelo, qué recibe la planta y qué procesos participan en su producción. Podemos recuperar el vínculo entre la tierra, la planta y aquello que finalmente consumimos.

Pero si queremos producir nuestros propios alimentos de una manera verdaderamente orgánica, también necesitamos aprender a producir nuestros propios recursos. Y uno de los más importantes son nuestros abonos orgánicos. Los materiales que normalmente consideramos residuos pueden transformarse nuevamente en recursos para el suelo. Restos vegetales, hojas, podas, residuos orgánicos y otros materiales pueden convertirse en materia que alimenta la vida del suelo y contribuye a mantener su fertilidad. Así, lo que sale de nuestro sistema puede volver a él transformado en un nuevo recurso.

Por eso, producir nuestros propios alimentos también nos lleva naturalmente a aprender a producir nuestros propios abonos. De esta manera podemos comenzar a construir una agricultura más independiente de insumos externos y comprender que aquello que cultivamos, consumimos y devolvemos al suelo forma parte de una misma relación.

En Agricultura Orgánica Básica y Agroindustria II.III – Elaboración de abonos orgánicos, veremos cómo transformar distintos materiales orgánicos en abonos y cómo utilizarlos para contribuir a mantener un suelo vivo y fértil, capaz de seguir produciendo nuestros propios alimentos.

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Agricultura Orgánica Básica y Agroindustria I.IV – Nada se pierde, todo se composta

Recordemos algo fundamental: la naturaleza es un universo en el que todo está conectado y en constante movimiento. Nada permanece exactamente igual. Una planta es la expresión del suelo; es hija de una secuencia infinita de procesos, intercambios y relaciones. El suelo alimenta a la planta, la planta produce hojas, flores, frutos y semillas, y una parte de todo aquello que produjo finalmente regresa al suelo. Allí continúa un proceso de transformación. No estamos frente a una máquina que repite exactamente el mismo ciclo, sino frente a un sistema vivo que cambia permanentemente.

Nada se pierde realmente. La materia cambia de forma, cambia de estado, cambia de composición y vuelve a incorporarse a otros procesos. Lo que para nosotros puede parecer un residuo, para otro organismo puede convertirse en alimento. Una hoja que cae deja de ser parte de la copa de un árbol, pero se transforma en alimento para microorganismos, hongos, pequeños invertebrados y, finalmente, en materia orgánica que vuelve a incorporarse al suelo. Lo que nosotros llamamos desperdicio muchas veces es simplemente materia que todavía no hemos aprendido a utilizar.

Y aquí comienza nuestro recorrido por este nuevo capítulo: comprender que la materia no desaparece, sino que continúa su transformación. Lo que una planta deja atrás puede convertirse en alimento para otros organismos; lo que estos organismos transforman puede volver al suelo; y aquello que regresa al suelo puede, nuevamente, participar en la nutrición de una planta. La naturaleza no desecha: transforma, reutiliza y vuelve a incorporar.

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Cuando la materia “muere” comienza a transformarse

Cuando decimos que algo “muere”, estamos hablando de que deja de funcionar como un organismo vivo. Pero la materia que formaba ese organismo no desaparece. Sus partes comienzan a separarse, transformarse y volver a incorporarse al ambiente. La descomposición es precisamente ese proceso: aquello que estaba organizado como una planta, un animal o cualquier otro ser vivo comienza a convertirse nuevamente en materiales que otros organismos pueden utilizar.

Podemos imaginarlo de una manera muy sencilla. Cuando una hoja cae al suelo, comienza a desarmarse poco a poco. El agua de la lluvia puede atravesarla y llevarse algunas sustancias que se disuelven en ella. A este proceso lo llamamos lixiviación. Es parecido a cuando ponemos una bolsita de té en agua caliente: el agua atraviesa el material y se lleva algunas de sus sustancias. En el suelo ocurre algo parecido; el agua puede transportar pequeñas cantidades de minerales y otras sustancias solubles hacia lugares más profundos, donde pueden quedar disponibles para otros organismos o continuar su recorrido.

También ocurre algo que vemos todos los días: la evaporación. Cuando una superficie húmeda recibe calor, parte del agua se transforma en vapor y pasa al aire. Es como cuando dejamos un vaso con agua durante mucho tiempo y, aunque nadie se la haya tomado, el nivel comienza a bajar. El agua no desapareció: una parte pasó del estado líquido al estado gaseoso y volvió a incorporarse al aire. En la naturaleza, este proceso ocurre constantemente.

Y después de que el agua se mueve o se evapora, quedan restos sólidos. Son las partes que todavía no se han transformado o que necesitan más tiempo para ser descompuestas. Hojas, fibras, minerales, pequeñas partículas y otros materiales permanecen en el suelo mientras microorganismos, hongos, lombrices y otros organismos continúan trabajando sobre ellos. Poco a poco, esos restos cambian nuevamente de forma y composición.

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La materia no desaparece, se transforma

Por eso podemos decir, de una manera sencilla, que cuando algo “muere”, la materia que lo formaba puede comenzar a aparecer nuevamente en diferentes formas: una parte puede permanecer como sólido, otra puede disolverse y ser transportada por el agua, y otra puede pasar al aire en forma de vapor. No significa que todo se convierta al mismo tiempo en los tres estados, sino que la materia continúa circulando y transformándose entre ellos.

Y aquí aparece una de las ideas más hermosas de la naturaleza: al morir, no dejamos simplemente de existir dentro del sistema; dejamos de existir de una manera para comenzar a formar parte de otras. Una hoja puede convertirse en alimento para un hongo. El hongo puede alimentar a otro organismo. Las sustancias liberadas pueden incorporarse al suelo. El suelo puede alimentar una nueva planta. Y aquella planta puede convertirse nuevamente en alimento, refugio, materia orgánica o semilla.

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Todo se descompone y todo se compone

Así, la descomposición no es solamente el final de algo. Es también el comienzo de otra composición. La materia se desarma para volver a organizarse de otra manera. Lo que alguna vez fue parte de un organismo puede terminar formando parte del suelo, del agua, del aire, de un microorganismo, de una planta o incluso de otro ser vivo. La naturaleza no hace desaparecer la materia: la transforma, la mueve y la vuelve a incorporar.

Por eso, cuando hablamos de muerte en la naturaleza, quizás sea más preciso hablar de una transformación. El organismo termina, pero la materia continúa. Se descompone, se dispersa, se transforma y vuelve a participar en nuevas formas de vida. Una parte de nosotros puede terminar siendo suelo; otra puede viajar con el agua; otra puede regresar al aire; y otra puede convertirse en alimento para algo que todavía no existe. Morimos como una forma de organización, pero la materia continúa su viaje. Y en ese viaje, pasamos a formar parte de algo más.

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¿Qué es el compostaje?

El compostaje es el proceso natural y controlado mediante el cual diferentes organismos transforman la materia orgánica en un material estable, rico en materia orgánica y lleno de vida. Hojas, ramas, restos de frutas, verduras y otros materiales que alguna vez estuvieron vivos comienzan a ser utilizados por bacterias, hongos, actinomicetos, pequeños invertebrados y muchos otros organismos. Cada uno participa de una manera diferente y, mientras se alimentan, crecen y se reproducen, van transformando poco a poco los materiales originales. Por eso, compostar no significa simplemente dejar que algo se pudra: significa crear las condiciones para que la vida transforme la materia.

¿Cómo funciona el compostaje?

El compostaje funciona gracias a una sucesión de comunidades de organismos. Al comienzo, algunos microorganismos aprovechan las sustancias más fáciles de transformar, como ciertos azúcares y compuestos solubles. A medida que estos materiales disminuyen, aparecen otros organismos capaces de trabajar sobre sustancias más resistentes, como las fibras vegetales. Cada comunidad modifica el material y las condiciones del compost, dejando nuevos recursos disponibles para los organismos que vendrán después. De esta manera, el compostaje avanza como una sucesión de etapas en las que diferentes formas de vida van realizando diferentes trabajos.

El compostaje es un proceso vivo

Mientras ocurre el compostaje, dentro de la pila o compostera existe una enorme actividad que muchas veces no podemos ver. Los microorganismos están alimentándose, respirando, creciendo, reproduciéndose y muriendo. Algunos viven durante muy poco tiempo, por lo que pueden sucederse muchísimas generaciones durante el proceso. Cuando un microorganismo muere, parte de su propia materia puede convertirse nuevamente en alimento para otros organismos. Así, la transformación no ocurre solamente sobre las hojas, ramas o restos de alimentos que agregamos, sino también sobre la materia producida por los propios seres vivos que participan en el compostaje.

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Desarmar para volver a construir

Podemos imaginar el compostaje como un gran taller de transformación. Los organismos van desarmando los materiales originales en partes cada vez más pequeñas y luego utilizan esas partes para construir sus propios cuerpos y nuevas sustancias. Una hoja puede dejar de parecer una hoja porque sus componentes fueron separados y utilizados por diferentes organismos. Después, parte de esos componentes puede formar parte de otros seres vivos y posteriormente volver al suelo. La materia está cambiando continuamente de forma y de organización, pero no desaparece simplemente porque ya no podamos reconocer de dónde provino

El tiempo y la maduración

El tiempo tiene un papel muy importante en el compostaje. Durante los primeros períodos puede existir una gran cantidad de materiales fáciles de transformar y una actividad biológica muy intensa. Más adelante, cuando esos materiales disminuyen, aparecen comunidades capaces de trabajar sobre aquello que resulta más difícil de transformar. Por eso, mientras el compost continúa madurando, muchas generaciones de organismos siguen actuando sobre los materiales que quedan. Un compost maduro no es simplemente un compost que estuvo guardado durante mucho tiempo: es un compost que ha tenido tiempo suficiente para atravesar diferentes etapas de transformación.

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¿Qué pasa con un compost vivo que tiene muchos años?

A medida que el compost madura, los materiales originales se van transformando y se integran cada vez más entre sí. Las sustancias más fáciles de degradar ya han sido utilizadas y las comunidades de organismos han cambiado. El resultado es una materia orgánica más estable, homogénea e integrada, extremadamente beneficiosa para incorporarla al suelo. Por eso, para muchos usos agrícolas, un compost vivo de este tipo es invaluable. 

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La diversidad de materiales y de vida

La diversidad es una parte fundamental del compostaje. No todos los materiales orgánicos contienen lo mismo y no todos los organismos pueden alimentarse de las mismas sustancias. Una hoja, una rama, una cáscara de fruta o un resto vegetal ofrecen diferentes recursos. Cuando combinamos materiales variados, podemos alimentar a comunidades diferentes y favorecer una transformación más amplia de la materia. Lo mismo ocurre con la vida que habita el compost: cuanto más variadas sean las condiciones y los recursos disponibles, mayor puede ser la diversidad de organismos que participan en el proceso.

El compostaje como una espiral evolutiva

El compostaje puede ayudarnos a comprender la naturaleza como una espiral evolutiva de transformación. Un material entra al proceso en una determinada forma, diferentes organismos lo transforman y aparecen nuevas formas de materia que pueden ser utilizadas nuevamente. Después ocurren otras transformaciones y aparecen nuevas posibilidades. No regresamos exactamente al mismo punto de partida, porque la materia ha cambiado durante el camino. Cada generación recibe algo que ya fue transformado por las generaciones anteriores y continúa trabajando sobre ello. Así, el compostaje nos muestra que la materia puede recorrer una larga trayectoria de transformación junto con la vida.

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Compostaje urbano: llevar este proceso a nuestras casas

El compostaje no pertenece solamente al campo o a las grandes explotaciones agrícolas. También podemos compostar en una casa, un departamento, una terraza, un patio o un pequeño huerto urbano. Cada huertero y cada persona que cultiva sus propios alimentos debería, en la medida de sus posibilidades, aprender a producir su propio compost. Si queremos saber qué estamos entregando a nuestras plantas, necesitamos conocer qué materiales estamos utilizando para alimentar el suelo. Y si cultivamos nuestros propios alimentos, también resulta importante saber qué estamos entregando finalmente a nuestro propio cuerpo. El compostaje urbano nos permite cerrar una parte de ese camino: nuestros restos orgánicos pueden volver al suelo, alimentar la vida del sustrato y participar nuevamente en la producción de nuestros alimentos.

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Saber qué estamos dando a nuestros cultivos

Si producimos nuestro propio compost, podemos conocer mucho mejor la historia de la materia que estamos incorporando a nuestros cultivos. Esto es importante porque la materia no aparece de la nada ni cambia mágicamente de una forma a otra: todo material tiene un origen. Si utilizamos determinados restos para producir compost, esos materiales contienen una historia que debemos conocer. Por eso, hacer compost no consiste solamente en juntar residuos; también significa aprender a elegir qué materia queremos devolver a nuestra tierra. Mientras mejor conozcamos ese origen, más conscientes seremos de lo que estamos utilizando para cultivar y, finalmente, de lo que llegará a nuestra alimentación.

La importancia del origen de los materiales

Para acercarnos lo más posible a los procesos naturales, también debemos preocuparnos por el origen de los materiales que utilizamos. Si queremos imitar al bosque, debemos recordar que en un bosque natural las hojas, ramas y restos vegetales provienen del propio ecosistema y participan de una larga relación entre suelo, plantas, animales y microorganismos. En cambio, algunos materiales que encontramos fuera de ese sistema pueden haber recibido tratamientos o contener sustancias que no queremos incorporar a nuestro compost. Por eso es importante conocer de dónde proviene cada material antes de agregarlo a la compostera.

Cuidado con los materiales que incorporamos

Debemos tener especial cuidado con materiales cuyo origen desconocemos. Por ejemplo, la tierra de hoja puede haber sido tratada con pesticidas u otros productos; los restos vegetales pueden provenir de cultivos que recibieron fertilizantes agroquímicos o tratamientos fitosanitarios; y algunos residuos pueden contener sustancias que no queremos llevar a nuestro suelo. Esto no significa que debamos tener miedo de compostar, sino que debemos aprender a observar, preguntar y seleccionar. Un buen compost comienza mucho antes de la compostera: comienza con la elección consciente de los materiales que vamos a incorporar.

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Acercarnos al bosque

El objetivo no es copiar exactamente un bosque, porque nuestro huerto es un sistema manejado por nosotros, pero sí podemos aprender de la manera en que la naturaleza transforma la materia. En un bosque nadie recoge las hojas para llevarlas a un vertedero: caen al suelo, son utilizadas por organismos, se transforman y vuelven a formar parte del suelo. Las plantas obtienen nuevamente recursos de ese sistema y producen nuevas hojas, flores, frutos y semillas. Cuando hacemos compost, estamos intentando recuperar parte de esa lógica natural y llevarla a nuestros espacios de cultivo, de una manera que podamos comprender, cuidar y manejar.

Del compost a nuestros alimentos

Cuando cultivamos nuestros propios alimentos, la relación con el compost se vuelve todavía más importante. Lo que incorporamos al suelo participa en el ambiente donde crecen nuestras plantas y forma parte de la historia de nuestro cultivo. Por eso queremos saber qué estamos utilizando, de dónde proviene y cómo ha sido transformado. Hacer nuestro propio compost nos ayuda a recuperar esa conexión entre los residuos, el suelo, las plantas y nuestros alimentos. De esta manera podemos acercarnos un poco más a comprender qué estamos cultivando y, finalmente, qué estamos comiendo realmente.

Aprender a compostar

Compostar parece sencillo, pero hacerlo bien requiere comprender algunos principios: qué materiales utilizar, cuáles evitar, cómo combinar los diferentes componentes, cómo manejar la humedad, la aireación y la temperatura, cómo reconocer las distintas etapas del proceso y cómo saber cuándo el compost realmente está maduro. Por eso, en nuestra web también contamos con un curso de compostaje, donde profundizamos en este proceso y aprendemos paso a paso cómo transformar nuestros residuos orgánicos en un recurso para nuestros cultivos.

CURSO DE COMPOSTAJE
CURSO DE VERMICOMPOSTAJE (COMPOSTA CON LOMBRICES)

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Nada se pierde, todo se transforma

El compostaje nos enseña una idea sencilla pero muy profunda: los materiales que consideramos residuos pueden convertirse nuevamente en recursos. Una hoja puede transformarse en materia orgánica del suelo; un resto vegetal puede alimentar microorganismos; los microorganismos pueden alimentar a otros organismos; y todo ese proceso puede contribuir al crecimiento de nuevas plantas. La materia continúa transformándose y la vida continúa participando en esa transformación. Por eso, compostar es mucho más que reciclar residuos orgánicos: es aprender a trabajar junto con la vida para devolver a la tierra aquello que algún día salió de ella.

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El bosque y su retroalimentación

El bosque se retroalimenta constantemente: lo que ocurre arriba alimenta lo que ocurre abajo. Las hojas caen, las ramas se desprenden, los frutos quedan en el suelo y los organismos, al morir, dejan su materia disponible para otros seres vivos. Hongos, bacterias, microorganismos, lombrices y pequeños invertebrados transforman estos materiales y los integran nuevamente al suelo. Así, la materia no queda detenida, sino que continúa moviéndose y cambiando dentro del ecosistema.

El compostaje busca acercarnos a esta forma de trabajar de la naturaleza. No se trata simplemente de juntar residuos y esperar a que desaparezcan, sino de crear las condiciones para que una comunidad diversa de organismos pueda alimentarse, reproducirse y transformar la materia. Al combinar distintos materiales y mantener humedad, aireación y otras condiciones adecuadas, construimos un pequeño ecosistema donde cada organismo participa de una parte del proceso y donde lo que uno transforma puede convertirse en alimento para otro.

Esta retroalimentación también nos enseña que lo que entregamos determina lo que el sistema puede producir. Una materia orgánica diversa y de buena procedencia ofrece más posibilidades para la vida que participa en su transformación. Por eso, cuando trabajamos con compost y lombrices, debemos recordar que la vida no puede transformar aquello que nunca recibió. Lo que ponemos hoy en el suelo puede convertirse mañana en nueva materia orgánica, alimento para otros organismos y recursos para nuestras plantas, continuando así la espiral de transformación de la vida.

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La materia no desaparece, se transforma

Por eso podemos decir, de una manera sencilla, que cuando algo “muere”, la materia que lo formaba puede comenzar a aparecer nuevamente en diferentes formas: una parte puede permanecer como sólido, otra puede disolverse y ser transportada por el agua, y otra puede pasar al aire en forma de vapor. No significa que todo se convierta al mismo tiempo en los tres estados, sino que la materia continúa circulando y transformándose entre ellos.

Y aquí aparece una de las ideas más hermosas de la naturaleza: al morir, no dejamos simplemente de existir dentro del sistema; dejamos de existir de una manera para comenzar a formar parte de otras. Una hoja puede convertirse en alimento para un hongo. El hongo puede alimentar a otro organismo. Las sustancias liberadas pueden incorporarse al suelo. El suelo puede alimentar una nueva planta. Y aquella planta puede convertirse nuevamente en alimento, refugio, materia orgánica o semilla.

Así, la descomposición no es solamente el final de algo. Es también el comienzo de otra composición. La materia se desarma para volver a organizarse de otra manera. Lo que alguna vez fue parte de un organismo puede terminar formando parte del suelo, del agua, del aire, de un microorganismo, de una planta o incluso de otro ser vivo. La naturaleza no hace desaparecer la materia: la transforma, la mueve y la vuelve a incorporar.

Por eso, cuando hablamos de muerte en la naturaleza, quizás sea más preciso hablar de una transformación. El organismo termina, pero la materia continúa. Se descompone, se dispersa, se transforma y vuelve a participar en nuevas formas de vida. Una parte de nosotros puede terminar siendo suelo; otra puede viajar con el agua; otra puede regresar al aire; y otra puede convertirse en alimento para algo que todavía no existe. Morimos como una forma de organización, pero la materia continúa su viaje. Y en ese viaje, pasamos a formar parte de algo más.

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Conforme come el mulo, caga el culo

Existe una enseñanza campesina que resume de manera sencilla uno de los principios más profundos de la agricultura orgánica: ningún organismo puede entregar aquello que nunca recibió. En el compostaje solemos hablar de microorganismos, lombrices, hongos y humificación, pero antes de comprender esos conceptos debemos entender algo mucho más básico: la calidad de la materia orgánica siempre comienza en su origen. Lo que alimentamos será transformado por la vida, y esa transformación dependerá directamente de la materia prima que pongamos a disposición de los organismos.

Mi maestro lo explicaba de una manera directa y difícil de olvidar:

“Conforme come el mulo, caga el culo. Tú no puedes comer arroz y cagar presas de pollo. Entonces, hay de humus a humus y de materia prima a materia prima. Las lombrices, por ejemplo, estas (las de la casa) producen materia orgánica con buen condimento de cebolla, ya que nosotros tenemos mucha cebolla. Y el lugar donde no le meten cebolla, el humus es sin cebolla. Aquí ellas cagan con cebolla. Entonces es un encebollado. Aquí se produce una humificación encebollada. En otro será encilantrada porque usarán restos de cilantro. Entonces, conforme esa lombriz procesa lo que come, caga un abono de menor o menor calidad, o sea, la lombriz no tiene un estómago milagroso; si ella come arroz, no puede cagar presas de pollo, al igual que tú. Conforme come el mulo, caga el culo. Así me decían los campesinos en Perú. Entonces, el excremento de la lombriz es una buena materia orgánica y entre más diverso sea su alimentación, más diverso caga.”

Detrás de esta frase existe una reflexión muy importante. Muchas veces buscamos comprar el mejor compost o el mejor abono pensando solamente en el producto final, cuando en realidad deberíamos preguntarnos primero ¿de qué fue alimentado ese sistema? El abono no aparece por arte de magia ni las lombrices poseen la capacidad de inventar nutrientes que nunca estuvieron presentes en su alimentación. Ellas transforman, mezclan, fragmentan y enriquecen biológicamente la materia que reciben, pero siempre trabajan con los recursos que la naturaleza les entrega.

Una alimentación basada en restos variados de hojas, frutos, verduras, cultivos, compost maduro y diferentes materiales orgánicos ofrece una diversidad mucho mayor que un sistema alimentado siempre con un único residuo. Esa diversidad garantiza un producto milagroso y construye un ambiente mucho más rico para que distintas comunidades de organismos participen en la transformación de la materia.

Aquí aparece también la verdadera importancia del humus. El humus representa una materia orgánica profundamente transformada, resultado de innumerables interacciones entre microorganismos, hongos, lombrices y pequeños organismos del suelo. Es la consecuencia de una larga historia biológica donde la materia ha sido desarmada, utilizada y nuevamente integrada en nuevas estructuras cada vez más estables.

El compost, entonces, es la materia prima de esa transformación. Durante el compostaje los materiales van cambiando progresivamente gracias a la acción de la microbiología, mientras que la humificación representa una etapa donde esa materia alcanza un nivel mucho mayor de integración con la vida del suelo. Por eso no debemos obsesionarnos solamente con producir grandes cantidades de compost, sino con mantener sistemas vivos capaces de continuar transformando la materia durante largos períodos de tiempo.

La lección de mi maestro también cambia la forma en que observamos nuestras propias composteras. Cada hoja, cada rama, cada cáscara de fruta, cada resto de cosecha y cada material que incorporamos lleva consigo una historia. Esa historia continuará dentro del compost y formará parte de la materia orgánica que posteriormente devolveremos al suelo. Elegir conscientemente los materiales significa elegir también la calidad biológica del alimento que recibirán los organismos encargados de transformar la tierra.

Y esa es la verdadera profundidad del dicho campesino: conforme come el mulo, caga el culo. No habla solamente de una lombriz; habla de toda la naturaleza. Habla de que ningún ser vivo puede construir riqueza a partir de la ausencia de materia, de que toda transformación necesita una materia prima y de que la diversidad que entregamos hoy será la base de la diversidad que mañana encontrará el suelo. Antes de preguntarnos qué humus queremos obtener, debemos preguntarnos qué vida estamos alimentando y con qué materia estamos construyendo nuestro propio suelo.

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La historia del kril y el omega-3

En un pequeño pueblo costero, donde durante generaciones la pesca y el consumo de pescado formaban parte fundamental de la vida cotidiana, la población presentaba buenos niveles de ácidos grasos omega-3. Sin embargo, con la llegada de la industria, parte de la pesca tradicional fue reemplazada por peces criados en cautiverio, alimentados con productos industriales en lugar de obtener su alimento directamente del ecosistema marino.

Los estudios realizados posteriormente encontraron un dato llamativo: los niveles de omega-3 en la población habían disminuido, a pesar de que las personas continuaban consumiendo pescado. Entonces surgió la pregunta: ¿cómo era posible que siguieran comiendo pescado, pero tuvieran menos omega-3?

La respuesta estaba en la alimentación de esos peces. En el ecosistema marino, muchos peces se alimentan de organismos como el kril, un pequeño crustáceo que forma parte de la cadena alimentaria marina y que contiene importantes ácidos grasos omega-3. Al consumir estos organismos, los peces incorporan parte de esos nutrientes a sus propios tejidos, y posteriormente esos nutrientes pueden llegar a las personas que consumen el pescado.

Con la crianza en cautiverio, esa cadena alimentaria había cambiado. Los peces ya no recibían la misma diversidad de alimentos que encontraban en el océano, sino alimentos formulados con materias primas determinadas. El pez seguía siendo pescado y podía verse prácticamente igual, pero ya no estaba comiendo lo mismo. Y al cambiar su alimentación, también cambió su composición nutricional.

La enseñanza es sencilla pero profunda: no basta con preguntarnos qué estamos comiendo; también debemos preguntarnos qué comía aquello que estamos comiendo. La calidad y composición de lo que recibimos también están relacionadas con la alimentación y las condiciones que recibió aquello que posteriormente llega a nuestro plato

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La nutrición constante de la planta

Las plantas necesitan nutrientes de manera continua. El huerto está en permanente actividad y sus necesidades cambian según cada etapa de desarrollo: crecimiento vegetativo, floración, formación de semillas o producción de frutos. Por eso, más que entregar grandes cantidades de nutrientes de una sola vez, es importante mantener una disponibilidad constante y natural que permita a la planta tomar lo que necesita en cada momento y reajustar continuamente su nutrición.

Esto es especialmente importante en las hortalizas de desarrollo rápido, porque en pocas semanas pasan por distintas etapas y cualquier deficiencia puede manifestarse rápidamente. Una falta de boro, por ejemplo, puede afectar primero el desarrollo interno de la planta y luego hacerse visible en hojas, tallos y tejidos, provocando síntomas como manchas, deformaciones, pudriciones o tallos huecos. Otros elementos traza también participan en estos procesos, por lo que una alteración nutricional no siempre corresponde a la falta de un solo elemento.

Algo similar puede ocurrir en la cebolla. Cuando aparecen problemas como manchas o síntomas que se confunden con enfermedades, muchas veces la primera reacción es aplicar un fungicida. Sin embargo, antes de tratar el síntoma, debemos preguntarnos qué está ocurriendo con la nutrición de la planta y con el suelo. Una planta bien nutrida y un suelo biológicamente activo tienen mayores posibilidades de desarrollar tejidos fuertes y responder naturalmente frente a las dificultades.

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Conforme comes, te transformas

Podemos comprenderlo incluso fuera de la agricultura. Nuestro propio cuerpo es un ejemplo evidente. Lo que comemos aporta las materias primas que nuestro organismo utiliza para construir, reparar y mantener sus tejidos. No podemos alimentarnos exclusivamente de un solo tipo de materia y esperar que nuestro organismo reciba exactamente la misma diversidad nutricional que recibiría de una alimentación variada.

Lo mismo ocurre en un ecosistema, La calidad de la salida está relacionada con la calidad de la entrada. Esto es especialmente importante cuando hablamos de compost, vermicompost y nutrición del suelo. No podemos pensar únicamente en el organismo que realiza la transformación; debemos mirar también aquello que ponemos a su disposición.

Podemos enriquecer la materia orgánica utilizando diferentes fuentes vegetales, estiércoles adecuadamente manejados, restos de cosecha, compost maduro, minerales y otros materiales que permitan ampliar la diversidad de elementos disponibles. Pero siempre debemos recordar que agregar algo no significa necesariamente que ese elemento quede inmediatamente disponible para la planta. Primero tiene que entrar en una red de transformaciones biológicas, químicas y físicas. La naturaleza trabaja en procesos, no en productos instantáneos.

Nada se pierde, todo se composta.

Una hoja se transforma en alimento. El alimento se transforma en microorganismos. Los microorganismos transforman la materia. Las lombrices participan en ese proceso. El suelo recibe nuevamente los productos de todas esas transformaciones. La planta toma parte de ellos, crece, florece y produce frutos. El fruto contiene nuevas semillas. Y esas semillas vuelven a iniciar otra vuelta de la espiral. No regresamos al mismo lugar. Regresamos transformados.

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Conceptos Clave

Si miramos todo lo que hemos trabajado, podemos entender algo sencillo: el suelo, la planta, el animal y nosotros formamos parte de una misma espiral. Lo que sucede en el suelo termina expresándose en la planta, lo que ocurre en la planta pasa al animal o a la persona que la consume, y finalmente aquello que comemos se convierte en parte de nuestro propio organismo.

El suelo es un organismo vivo. Allí trabajan microorganismos, hongos, bacterias, lombrices, raíces, minerales, agua y materia orgánica. Por eso decimos que la planta es una expresión del suelo. Un suelo diverso y activo tendrá una mayor capacidad para transformar y poner nutrientes a disposición de las plantas.

Aquí aparecen nuevamente las 3 M: materia, minerales y microorganismos. La materia orgánica alimenta la vida del suelo, los minerales aportan elementos y los microorganismos participan en las transformaciones que permiten que esos elementos circulen. Por eso la nutrición no consiste solamente en agregar fertilizantes, sino en construir un sistema capaz de alimentarse y transformarse permanentemente.

La misma lógica aparece en el compost y en las lombrices. El organismo no puede devolver aquello que nunca recibió. Como dice el dicho campesino: “Conforme come el mulo, caga el culo”. La lombriz transforma aquello que recibe y, mientras más diversa sea su alimentación, más diversa será la materia orgánica que devolverá al suelo.

Por eso nada se pierde, todo se composta. Una hoja, un resto de cosecha, un estiércol o un residuo vegetal se convierten en materia prima para otros organismos. La naturaleza no trabaja con basura; trabaja con transformaciones. Lo que para nosotros parece un desperdicio, para otro organismo se convierte en alimento.

La planta come todos los días y todos los días reajusta su nutrición de acuerdo con su etapa de desarrollo. Por eso la nutrición se sostiene mediante una disponibilidad constante y natural de nutrientes, acompañada por todos los procesos biológicos que ocurren alrededor de la raíz.

Cuando simplificamos el suelo, simplificamos la vida que sostiene a la planta. Cuando simplificamos la alimentación de la planta, también se simplifica la composición de los alimentos que llegan a nuestra mesa. Por eso la pregunta no es solamente qué estamos comiendo, sino también sobre qué suelo fue producido y cómo fue alimentado aquello que estamos comiendo.

La historia del kril y el omega-3 lo demuestra. El pez podía seguir siendo pez y mantener prácticamente la misma apariencia, pero al cambiar su alimentación también cambiaba su composición nutricional. El suelo alimenta a la planta, la planta alimenta al animal y al ser humano, y nuestro organismo finalmente transforma aquello que recibe.

Nuestro organismo tampoco tiene un estómago milagroso. Puede transformar, utilizar y combinar nutrientes, pero necesita recibir las materias primas para hacerlo. Por eso, cuando simplificamos el suelo, simplificamos la planta; cuando simplificamos la planta, simplificamos nuestra alimentación; y cuando simplificamos nuestra alimentación, simplificamos las materias primas que recibe nuestro organismo.

Y aquí volvemos a la espiral: la semilla, la planta, el fruto, la materia orgánica, los microorganismos, el suelo y nuevamente la semilla. Cada vuelta incorpora algo nuevo. No regresamos exactamente al mismo lugar; regresamos transformados.

En el próximo capítulo

Después de comprender cómo funciona esta espiral de la materia, la nutrición y la vida, podemos mirar con otros ojos aquello que incorporamos a nuestros cultivos. La agricultura moderna desarrolló numerosos fertilizantes, abonos e insumos para intervenir sobre la nutrición y aumentar la producción, pero estos productos tienen una historia y un origen que muchas veces desconocemos. Antes de aprender a preparar nuestros propios abonos, necesitamos entender de dónde vienen los insumos que hoy utilizamos y cómo llegaron a formar parte de la agricultura.

Aquí comienza Agricultura Orgánica Básica y Agroindustria II.II – Fertilizantes, NPK y Abonos Naturales, donde conoceremos el origen y desarrollo de los fertilizantes y del modelo NPK, su relación con la agroindustria y la manera en que estos insumos transformaron nuestra forma de nutrir los cultivos. Más adelante, con esta comprensión como base, aprenderemos a elaborar nuestros propios abonos y a devolver al suelo materias que provienen de la vida y que pueden volver a integrarse en ella.

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Agricultura Orgánica Básica y Agroindustria I.III – Nutrición del suelo y salud

Antes de continuar, hagamos una pausa para enumerar algunos de los conceptos fundamentales que hemos revisado hasta ahora y que deben quedar claros antes de avanzar. Comprenderlos nos permitirá seguir avanzando en esta espiral y observar con mayor claridad qué ocurre cuando intervenimos sobre el suelo y simplificamos sus procesos naturales:

  1. El suelo es un organismo vivo.
  2. La planta es una expresión del suelo.
  3. Existe una relación indivisible entre la parte superior de la planta y su parte inferior, bajo el suelo.
  4. Todo el sistema está sustentado por el suelo.
  5. La agricultura orgánica se fundamenta en tres pilares: físico, químico y biológico.
  6. La agroindustria se fundamenta principalmente en dos pilares: físico y químico.
  7. En la agroindustria, la biología se reduce mediante el uso de fungicidas, plaguicidas y otros productos “-cidas”.
  8. Al reducirse la biología, disminuye la solubilización natural de los elementos.
  9. Al no existir solubilización, los elementos presentes en el suelo pueden no estar disponibles para la planta.
  10. Frente a esta falta de disponibilidad, se recurre a elementos de síntesis altamente solubles.

Entonces, ¿qué hace la agroindustria? En términos generales, se aleja del modelo del bosque y comienza a simplificar el suelo. Y mientras más simplificamos el suelo, más vulnerable hacemos al sistema, creando las condiciones para la aparición de patologías. Al alejarnos de una “mesa diversificada”, también empobrecemos nutricionalmente el sistema. Y cuando un sistema ya está desnutrido y continuamos alimentándolo siempre con lo mismo, el resultado difícilmente puede ser diferente: su capacidad de responder, adaptarse y sostener la vida se va reduciendo. Pensemos, por ejemplo, en una persona enferma cuya única alimentación durante un período prolongado fuera arroz. El arroz podría aportar energía, pero difícilmente podría cubrir por sí solo la diversidad de nutrientes que requiere un organismo para funcionar adecuadamente. Con el suelo ocurre algo semejante: cuando reducimos la diversidad, simplificamos los procesos y reemplazamos la complejidad biológica por una alimentación cada vez más específica y sintética, también comenzamos a transformar profundamente el sistema que depende de él.

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Presencia no significa disponibilidad

Las enfermedades que observamos en las plantas no aparecen de manera aislada ni pueden comprenderse únicamente por la presencia de un hongo, una bacteria o un insecto. Esto nos lleva nuevamente a una pregunta fundamental: ¿por qué aparece la patología? En muchos casos, la instalación de una patología está relacionada con un bloqueo, un disturbio mineral o una deficiencia nutricional que afecta el funcionamiento normal de la planta. Cuando un nutriente esencial no se encuentra disponible en la forma y en el momento en que la planta lo necesita, comienzan a alterarse diferentes procesos fisiológicos. La planta pierde capacidad de desarrollarse adecuadamente y, al mismo tiempo, disminuye su capacidad natural de responder frente a las condiciones del ambiente. Es entonces cuando pueden comenzar a manifestarse enfermedades y, posteriormente, acumularse diferentes patologías dentro del cultivo.

Sin embargo, aquí debemos hacer una distinción fundamental: que un elemento esté presente en el suelo no significa necesariamente que esté disponible para la planta. Un análisis de suelo puede mostrar cantidades importantes de fósforo, potasio, calcio u otros elementos, pero estos pueden encontrarse retenidos, fijados o asociados a diferentes componentes del suelo, de manera que la raíz no pueda acceder a ellos fácilmente. Por eso, cuando hablamos de nutrición vegetal, no basta con preguntar cuánto elemento existe en el suelo. Debemos preguntarnos también en qué forma se encuentra, dónde está, con qué está asociado y qué procesos permiten que vuelva a estar disponible para la planta.

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Más que fertilizar, comprender

Frente a esta situación, muchas veces observamos cuáles son los elementos que aparecen como disponibles o solubles y, casi automáticamente, recurrimos a una casa comercial para comprar fertilizantes que permitan incorporarlos nuevamente al sistema. Pero aquí aparece una pregunta mucho más profunda: si el suelo ya contiene grandes cantidades de un determinado elemento, ¿por qué debemos incorporar nuevamente ese mismo elemento? Si, por ejemplo, existe una cantidad importante de fósforo en el suelo, pero este se encuentra fijado y no puede ser aprovechado por la planta, quizás el problema no sea la falta de fósforo, sino la falta de condiciones que permitan movilizarlo y solubilizarlo.

Esta diferencia cambia completamente nuestra manera de entender la nutrición. El conocimiento no debería limitarse a saber qué fertilizante aplicar, sino a comprender cómo funciona el suelo y cómo podemos recuperar los procesos que hacen disponibles los nutrientes que ya existen en él. Para ello debemos considerar la relación entre la química del suelo, la materia orgánica y, especialmente, la microbiología. Los microorganismos participan en innumerables procesos de transformación y movilización de nutrientes, y su actividad está estrechamente relacionada con las condiciones físicas y químicas del suelo.

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¿Qué está ocurriendo realmente?

Aquí podemos comenzar a comprender una de las razones por las cuales la agricultura industrial encuentra una enorme oportunidad en los sistemas simplificados. Cuando aparecen patologías y, al mismo tiempo, determinados nutrientes no se encuentran disponibles para la planta, surgen soluciones externas para cada uno de esos problemas: fungicidas para las enfermedades, insecticidas para los organismos considerados plaga y fertilizantes altamente solubles para compensar determinadas deficiencias nutricionales. Así se construye un modelo en el que cada manifestación del problema puede recibir un producto específico.

Pero la pregunta que debemos hacernos es otra: ¿qué está ocurriendo realmente dentro del suelo? Debemos estudiar la solubilidad y disponibilidad de los elementos, su relación con la materia orgánica, la actividad de los microorganismos y las interacciones que se producen entre todos estos componentes. Porque el suelo no funciona como una simple bodega de nutrientes donde basta con agregar elementos cuando aparecen las deficiencias. Es un sistema vivo en el que los nutrientes circulan, se transforman, se fijan, se liberan y vuelven a incorporarse a diferentes procesos.

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La enfermedad comienza antes de aparecer

Por eso, muchas veces podemos observar una secuencia en la que primero aparece un disturbio nutricional, posteriormente se debilita el funcionamiento de la planta y finalmente se instala una patología. Una vez que esa patología se establece, puede generar nuevas condiciones de deterioro que favorecen la aparición de otros problemas. De esta manera, una alteración inicial puede desencadenar una cadena de acontecimientos que termina expresándose como múltiples enfermedades dentro del cultivo.

Comprender esta secuencia nos permite cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos solamente “¿qué producto debo aplicar para eliminar esta enfermedad?”, podemos comenzar a preguntarnos: “¿qué condición del suelo permitió que esta enfermedad encontrara las condiciones necesarias para establecerse?”. Ese cambio de perspectiva es fundamental para comprender la agricultura orgánica: no se trata únicamente de combatir aquello que aparece en la superficie, sino de recuperar las condiciones del suelo que permiten que la planta se nutra, se desarrolle y mantenga su salud como parte de un sistema vivo.

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La salud de la planta comienza en el suelo

Yo puedo tener un cultivo de coles con una deficiencia de potasio, y esa carencia puede afectar directamente la salud y la capacidad de respuesta de la planta. Cuando la planta se debilita, pueden aparecer organismos que aprovechan los tejidos dañados o necrosados, entre ellos los hongos saprófagos, que cumplen la función de descomponer la materia orgánica que ya ha perdido su vitalidad. A partir de ese momento puede desencadenarse una secuencia de procesos que favorece la aparición y acumulación de diferentes patologías. Por eso, el problema no necesariamente se resuelve aplicando productos directamente sobre la planta o el suelo; debemos comprender qué condición permitió que la planta se debilitara en primer lugar. La patología, en muchos casos, está estrechamente vinculada con las condiciones de salud del suelo.

Por otro lado, cuando comenzamos a trabajar un huerto desde cero, también debemos aprender a conocer y respetar los ciclos de cada cultivo. Una planta no permanece indefinidamente en las mismas condiciones productivas: sus raíces, hojas, frutos y brotes tienen momentos determinados para completar sus etapas vegetativas, de floración, maduración y producción. Si dejamos la cosecha demasiado tiempo en el terreno, podemos alterar su calidad y favorecer diferentes problemas, especialmente cuando esto coincide con períodos alternados de sequía y exceso de humedad. Un ejemplo son las zanahorias: cuando permanecen demasiado tiempo en el suelo y atraviesan estas variaciones ambientales, pueden presentar fenómenos de apertura, adquirir una apariencia más pálida y comenzar a deteriorarse. Por eso, producir también significa aprender a observar el tiempo biológico del cultivo y reconocer cuándo ha llegado el momento adecuado para cosechar.

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Suelo diverso, plantas protegidas

Las deficiencias relacionadas con la microbiología del suelo también pueden favorecer, en determinadas condiciones, la aparición de nemátodos (pequeños organismos, generalmente microscópicos, que viven en el suelo y que algunos pueden alimentarse de las raíces de las plantas). ¿Por qué ocurre esto? Porque existen nemátodos que se han especializado en determinados cultivos y pueden aprovechar las condiciones de vulnerabilidad de una planta. Cuando simplificamos la biología del suelo, también reducimos la diversidad de organismos y, con ello, algunos de los mecanismos naturales que contribuyen a la protección de las plantas. Una menor diversidad puede hacer que el sistema sea más vulnerable.

La naturaleza, en cambio, funciona a partir de una enorme cantidad de interacciones. Lo que observamos a simple vista es el resultado de miles de procesos que ocurren a escalas pequeñas: microorganismos, raíces, materia orgánica, minerales, insectos, hongos y muchos otros organismos participan simultáneamente. De estas múltiples interacciones surge la diversidad, y esa diversidad permite que existan diferentes funciones, respuestas y relaciones dentro del sistema. Cuando reducimos la cantidad y variedad de participantes, también reducimos la diversidad de procesos que pueden ocurrir. Por eso, simplificar el suelo significa también simplificar sus posibilidades de respuesta.

Un ejemplo frecuente en las crucíferas, como las coles y los repollos, es la deficiencia de boro. Este micronutriente participa en procesos relacionados con la formación y el desarrollo de los tejidos vegetales. Cuando existe una deficiencia, pueden aparecer alteraciones características: en las coles y repollos, por ejemplo, el tallo puede presentar una zona central hueca o poco desarrollada, en lugar de formar una estructura firme y compacta.

Esta debilidad estructural puede favorecer posteriormente la aparición de pudriciones en el tallo y afectar el desarrollo normal de la planta. En cultivos como la coliflor y el brócoli, una deficiencia de boro también puede interferir en los procesos de floración y producción, llegando incluso a provocar el aborto de la flor. Nuevamente, podemos observar cómo una alteración nutricional aparentemente pequeña puede desencadenar una cadena de consecuencias que termina afectando la salud y la productividad de todo el cultivo.

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Dos formas de nutrir la vida

Si comparamos la agricultura orgánica con la agricultura química desde el punto de vista de la nutrición, encontramos dos formas muy diferentes de entender cómo alimentar al cultivo. En la agricultura orgánica, el objetivo es mantener una presencia constante y diversa de nutrientes, procurando que la planta tenga acceso continuo a una amplia variedad de elementos provenientes principalmente de fuentes naturales. No se trata solamente de aportar nutrientes en grandes cantidades, sino de favorecer su presencia, circulación y disponibilidad a lo largo del tiempo. Mientras mayor sea la diversidad de elementos disponibles, mayores serán las posibilidades de mantener una armonía nutricional y de responder a las distintas necesidades que presenta la planta durante sus etapas de crecimiento, floración y producción.

La agricultura química, en cambio, tendió a simplificar la nutrición vegetal alrededor de tres elementos principales: nitrógeno (N), fósforo (P) y potasio (K). Estos nutrientes se incorporan generalmente mediante fertilizantes de alta solubilidad, muchos de ellos elaborados a través de procesos industriales que requieren un importante consumo de energía y, en algunos casos, utilizan materias primas asociadas a combustibles fósiles. El problema de esta simplificación no está solamente en la cantidad de nutrientes aportados, sino también en que una aplicación puntual no garantiza que esos elementos permanezcan disponibles de manera constante para la planta.

Por lo tanto, la diferencia fundamental está en el enfoque: mientras la agricultura química busca principalmente aportar determinados nutrientes mediante insumos externos, la agricultura orgánica busca construir las condiciones del suelo que permitan una nutrición diversa, constante y dinámica, apoyándose en la materia orgánica, la actividad microbiológica y los procesos naturales de transformación y disponibilidad de los elementos.

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Las plantas comen todos los días

Las plantas comen todos los días. El huerto come todos los días. El huerto se relaciona diariamente con la nutrición, y de ahí surge la pregunta: ¿por qué en la agricultura química le negamos alimento a la planta durante determinados períodos y después pretendemos entregarle, en un solo día, todo aquello que dejamos de aportar durante varios días o incluso varios meses? La planta no interpreta cantidades de nutrientes negadas y acumuladas. La planta responde a la constancia y a la presencia de los elementos. Y mientras más natural sea esa disponibilidad, mayor será la circulación y la reformulación permanente de la nutrición. Todos los días la planta necesita nutrientes y todos los días reajusta su nutrición de acuerdo con su estado de desarrollo, ya sea vegetativo, floral o de producción de semillas o frutos.

La planta todos los días reajusta su nutrición. Todos los días existe un reajuste, y el reajuste más intenso de la nutrición ocurre en las hortalizas. ¿Por qué? Porque son cultivos de ciclo corto: algunas hortalizas pueden cosecharse fácilmente en 30 días, como ciertos rábanos; otras, en unos 40 días, como algunas lechugas, dependiendo también del momento en que queremos llevarlas a la mesa. Esas son, más o menos, las consideraciones que debemos tener. Entonces, en este caso, si tenemos una deficiencia de boro, ¿qué sucede? El problema comienza desde la raíz, pasa por el tallo y automáticamente también se manifiesta en las hojas. A partir de ahí comienza a desarrollarse una patología en la que las coles pueden presentar pequeñas manchas negras, semejantes a cabezas de alfiler. Estos puntos negros son uno de los principales indicadores de que existe un problema, principalmente relacionado con el boro. Esta deficiencia puede conducir posteriormente a pudriciones y a la formación de tallos huecos, y también puede estar asociada con deficiencias de algunos elementos traza, como el molibdeno y el cobalto, que son necesarios para determinadas hortalizas.

Así también sucede con la cebolla. Las cebollas pueden presentar una deficiencia de este elemento, y esa deficiencia puede llevar a que la planta se deteriore. Aparece regularmente la roya y, entonces, la gente y los técnicos recomiendan aplicar un fungicida para combatirla. Sin embargo, en realidad, esa cebolla no necesariamente necesita un fungicida para la roya.

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Entendiendo la nutrición y entendiendo el suelo

Entendiendo la nutrición y entendiendo el suelo, podemos comprender claramente por qué las plantas se enferman y por qué nosotros nos enfermamos. Tres principios básicos de la nutrición en la agricultura orgánica: diversidad de los elementos, constancia de los elementos y síntesis natural. ¿Qué plantea, en cambio, la agricultura química? La agricultura química hace lo contrario: trabaja con pocos elementos, los incorpora de manera ocasional y, además, estos son principalmente de síntesis. Es sencillo.

Para entender la agricultura orgánica basta con observar esta diferencia: mientras en la agricultura química se utilizan tres, cuatro o cinco elementos y se aplican de vez en cuando, en la agricultura orgánica se busca una presencia constante y diversa de los elementos. ¿Díganme un solo día en que la planta no necesite fósforo? ¿Un solo día en que no se relacione con el boro, con el cobalto o con el potasio? Entonces, ¿por qué se los aportamos solamente de vez en cuando, una vez al mes? No. La planta se alimenta todos los días. El problema no es comer de vez en cuando grandes cantidades, sino recibir pequeñas cantidades de manera constante. La planta no interpreta grandes acumulaciones; la planta responde a la presencia constante de los elementos.

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Nutrición, disponibilidad y continuidad

De la misma manera que ocurre en el ser humano, la vida de cualquier organismo depende de la disponibilidad de alimento y de las condiciones del territorio en el que se desarrolla. La genética establece determinadas capacidades, pero es su interacción con el ambiente, la nutrición y el territorio la que permite que esas capacidades se expresen. Cuando existen condiciones favorables y una disponibilidad constante de recursos, aumentan las posibilidades de crecimiento, desarrollo y reproducción. Por eso debemos preguntarnos: ¿qué ocurre cuando dejamos de aportar nutrientes a una planta durante uno o dos meses y luego intentamos compensar esa ausencia aplicando de una sola vez grandes cantidades de fertilizantes altamente solubles? La planta no funciona como un recipiente que podamos llenar después de haberlo mantenido vacío durante semanas.

¿Qué significa entonces aportar nutrientes altamente solubles de manera ocasional? Significa que una parte importante de los nutrientes incorporados puede no permanecer disponible durante el tiempo que la planta los necesita. Por ejemplo, después de una aplicación de nitrógeno pueden producirse pérdidas importantes, mientras que parte del potasio puede quedar retenida o fijada en determinados componentes del suelo, y una fracción del fósforo puede fijarse rápidamente, reduciendo su disponibilidad para las raíces. Por lo tanto, el problema no consiste simplemente en cuánto fertilizante aplicamos, sino en cuánto del nutriente permanece realmente disponible para la planta y durante cuánto tiempo.

La verdadera pregunta, entonces, no debería ser únicamente “¿cuánto fertilizante estoy aplicando?”, sino “¿cómo puedo mantener una disponibilidad constante de nutrientes en el suelo?”. Esta diferencia nos lleva nuevamente a comprender el suelo como un sistema vivo, donde la materia orgánica, los minerales, el agua y los microorganismos participan continuamente en la transformación, retención y liberación de los nutrientes que la planta necesita.

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México, suelos de Chiapas

En 75 análisis de suelo realizados a productores de palma africana en el sur de México se encontraron suelos de Chiapas con una alta acumulación de fósforo. Sin embargo, el agrónomo continuaba recomendando al productor comprar más fósforo. Entonces surge la pregunta: ¿qué hacemos para suplir fósforo mediante la agricultura orgánica? La respuesta es sencilla: si el fósforo ya está en el suelo, no necesariamente hay que comprar más; primero hay que aprender a solubilizar el que ya está presente. Ahí es donde entra el conocimiento de la agricultura y de la nutrición. Por ejemplo, se plantea el uso de azufre como una herramienta para movilizar ese fósforo y hacerlo nuevamente disponible para la planta.

Es como tener el fósforo guardado dentro de una alcancía. El fósforo está allí, pero no podemos utilizarlo porque se encuentra retenido. Entonces, la alternativa no es simplemente comprar más fósforo, sino preguntarnos: ¿por qué el fósforo que ya está en el suelo no está disponible? Puede estar acumulado, fijado y sin las condiciones necesarias para su solubilización natural. Por eso debemos comprender la relación entre la química del suelo, la materia orgánica, la microbiología y los procesos naturales que permiten movilizar los nutrientes. La clave está en comprender cómo hacer disponibles los nutrientes que ya existen en el suelo, en lugar de depender permanentemente de la incorporación de nuevos fertilizantes.

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Del suelo a nuestra microbiota: cuando modificamos la alimentación, modificamos la vida

Si hemos comprendido que el suelo, la planta, el animal y el ser humano forman parte de una misma espiral, entonces debemos comprender también que cualquier transformación profunda de esa espiral termina teniendo consecuencias mucho más allá del campo. Durante décadas hemos transformado nuestros suelos mediante monocultivos, simplificación de la biodiversidad, fertilización altamente soluble, pesticidas y sistemas de producción cada vez más dependientes de insumos externos. Al mismo tiempo, hemos modificado las semillas, seleccionado variedades para responder a sistemas industriales de producción y reducido progresivamente la diversidad de alimentos que llegan a nuestra mesa. La agricultura dejó de mirar solamente al suelo y comenzó a intervenir sobre toda la cadena: suelo, semilla, planta, alimento y finalmente organismo humano.

Y aquí aparece un concepto que debemos comprender: la microbiota que podemos imaginarla como una enorme comunidad de pequeños habitantes que viven dentro de nuestro cuerpo, especialmente en el intestino. Son principalmente bacterias, pero también existen otros microorganismos. Muchos participan en la digestión, producen sustancias que nuestro organismo utiliza, interactúan con nuestro sistema inmunológico y ayudan a mantener las condiciones necesarias para que nuestro intestino funcione correctamente. Por eso, nosotros no somos solamente “una persona”: también somos un ecosistema. Y ese ecosistema necesita alimento. La composición de nuestra alimentación influye directamente sobre las comunidades microbianas que viven dentro de nosotros. La investigación actual ha encontrado además conexiones entre los microbiomas del suelo, de las plantas y del intestino humano, dentro de una visión denominada One Health, que entiende la salud humana, animal y ambiental como partes interconectadas

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Del suelo a nuestro organismo.

Esto nos permite comprender una idea fundamental: cuando modificamos la forma en que producimos nuestros alimentos, también modificamos aquello que alimenta nuestra microbiota. Un suelo diverso produce bajo condiciones biológicas diferentes a un suelo simplificado; una planta desarrollada dentro de un sistema biológicamente activo no establece exactamente las mismas relaciones que una planta sometida a un sistema agrícola altamente simplificado; y un alimento fresco, diverso y rico en fibra tampoco entrega a nuestra microbiota lo mismo que una dieta dominada por productos altamente procesados. La transformación no termina cuando cosechamos: continúa en nuestra mesa y continúa dentro de nuestro organismo.

La alimentación moderna ha sufrido una transformación profunda. Hemos reducido la diversidad de especies y variedades agrícolas, hemos aumentado la producción de unos pocos cultivos a gran escala y hemos reemplazado progresivamente alimentos completos por productos formulados industrialmente. Al mismo tiempo, la agricultura ha aumentado su dependencia de fertilizantes minerales y productos fitosanitarios. Investigaciones recientes muestran que la contaminación agrícola y otros contaminantes pueden modificar la composición y las funciones de los microbiomas del suelo, afectando procesos como el ciclo de nutrientes y las relaciones entre plantas y microorganismos.

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Cuando cambia nuestra alimentación, cambia nuestra salud

Y mientras transformábamos nuestros sistemas productivos, también comenzaron a cambiar nuestros indicadores de salud. La diabetes constituye uno de los ejemplos más evidentes: la Organización Mundial de la Salud estima que el número de personas que viven con diabetes aumentó de aproximadamente 200 millones en 1990 a 830 millones en 2022. El crecimiento ha sido especialmente rápido en países de ingresos bajos y medios. Esto no demuestra que la agricultura industrial sea la causa única de la diabetes, pero sí demuestra que estamos frente a una transformación sanitaria de dimensiones mundiales que coincide temporalmente con profundas transformaciones de nuestros sistemas alimentarios.

Lo mismo ocurre con numerosas enfermedades inflamatorias, metabólicas, autoinmunes y neurológicas. Las enfermedades inflamatorias intestinales, por ejemplo, históricamente fueron mucho más frecuentes en Europa y Norteamérica, mientras que durante las últimas décadas han aumentado en regiones como Asia y otras zonas que han experimentado una rápida urbanización y occidentalización de la alimentación. Entre los factores estudiados aparecen los cambios dietarios, la reducción de fibra, el aumento de alimentos ultraprocesados y las modificaciones de la microbiota intestinal. La transición alimentaria y la transición sanitaria están ocurriendo simultáneamente.

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Microbiota: el puente entre intestino y cerebro

En el caso de las enfermedades autoinmunes, la investigación ha puesto especial atención en la relación entre microbiota, barrera intestinal y sistema inmunológico. La microbiota participa en la educación y regulación del sistema inmunitario, por lo que una alteración profunda de estas comunidades puede modificar la manera en que nuestro organismo responde frente a diferentes estímulos. Esto ha convertido al microbioma en una de las áreas más importantes de investigación para comprender las enfermedades inflamatorias y autoinmunes.

Algo semejante ocurre con el cerebro. Actualmente se estudia con gran intensidad el denominado eje intestino-cerebro, es decir, la comunicación permanente entre el intestino, la microbiota, el sistema inmunológico y el sistema nervioso. Por eso, enfermedades y trastornos neurológicos que anteriormente parecían completamente separados de la alimentación y del intestino comienzan a estudiarse también desde esta perspectiva.

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Sobre Autismo

El autismo constituye un ejemplo trsistemente interesante: su prevalencia registrada ha aumentado considerablemente en países como Estados Unidos; Paralelamente, distintos estudios epidemiológicos han encontrado asociaciones entre exposición temprana a determinados pesticidas y trastornos del neurodesarrollo, incluido el autismo. Una revisión sistemática encontró asociaciones en una parte importante de los estudios analizados, Esto nos lleva nuevamente al suelo.

No estamos diciendo simplemente que “un pesticida produce una enfermedad” o que “una semilla modificada produce autismo”. La cuestión es mucho más amplia. Lo que estamos observando es la transformación simultánea de un sistema completo: simplificación del suelo, reducción de biodiversidad, modificación de semillas y cultivos, uso intensivo de determinados insumos, transformación industrial de los alimentos, reducción de diversidad alimentaria y modificación de nuestras comunidades microbianas. Son múltiples piezas de una misma transformación.

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Y aquí aparece una pregunta que debemos dejar planteada:

¿Qué ocurre cuando durante generaciones modificamos el alimento que recibe la planta, modificamos el suelo donde crece, modificamos los microorganismos que viven en ese suelo, modificamos la alimentación de los animales y finalmente modificamos la alimentación que recibe el ser humano?

La respuesta comienza a aparecer cuando observamos la microbiota. El suelo posee una comunidad microbiana; la raíz posee su propia comunidad; la planta establece relaciones con microorganismos; los animales poseen su microbiota; y nosotros también. No son mundos independientes. Son ecosistemas conectados. La investigación sobre el eje suelo–planta–intestino está precisamente estudiando estas conexiones y plantea que los microorganismos presentes en el ambiente y en los alimentos pueden contribuir a la diversidad microbiana humana

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Agricultura, más que producir

Por eso, cuando hablamos de agricultura, ya no podemos limitar la conversación a cuánto produce una hectárea. Tenemos que preguntarnos qué produce esa hectárea, qué nutrientes contiene aquello que produce, qué microorganismos participaron en su producción, qué sustancias acompañaron ese proceso y qué ocurre cuando ese alimento entra en nuestro organismo.

La pregunta fundamental deja de ser solamente:

¿Cuánto alimento somos capaces de producir?

Y comienza a ser:

¿Qué tipo de alimento estamos produciendo y qué efecto tiene sobre la vida que lo recibe?

Porque si el suelo es un organismo vivo, la planta es una expresión de ese suelo y nuestro cuerpo también es un ecosistema vivo, entonces existe una continuidad que no podemos ignorar:

suelo → microorganismos → planta → alimento → microbiota → organismo → salud.

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Abonos Orgánicos y el Bosque

Y aquí entran también los abonos orgánicos. Cuando elaboramos un abono orgánico y permitimos que la materia orgánica se descomponga, se generan diferentes procesos biológicos y reacciones relacionadas con las fitohormonas. Se plantea que una proporción importante de las hormonas de las plantas se genera durante la descomposición de la materia orgánica. Entonces podemos preguntarnos: si eliminamos la biología del suelo, si reducimos la materia orgánica y no existe una adecuada descomposición, ¿qué ocurre? Dejamos de generar naturalmente esos procesos y terminamos dependiendo de productos externos, como las fitohormonas comerciales.

En los bosques, estos procesos ocurren de manera natural. La descomposición de la materia orgánica, la actividad biológica y las condiciones ambientales generan una diversidad de procesos que participan en el desarrollo de las plantas. ¿Por qué florece un bosque? Porque existe una diferenciación hormonal, climática, térmica y ambiental; existen múltiples factores interactuando simultáneamente.

Por eso, mientras más simplificamos un cultivo, mayor es nuestra dependencia de los insumos externos. La simplificación del sistema agrícola reduce la diversidad y nos obliga a reemplazar procesos naturales mediante productos comerciales. En cambio, una agricultura de alta diversidad busca mantener la asociación de cultivos, las coberturas y una mayor actividad biológica del suelo. La clave está en comprender y recuperar los procesos naturales, en lugar de sustituirlos constantemente por insumos.

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En el próximo capítulo

Después de comprender la relación entre suelo, nutrición, planta, microbiología y salud, podemos dar un paso más profundo: comprender que en la naturaleza nada permanece estático. Los elementos se transforman, circulan y pasan de un organismo a otro. Lo que una planta toma del suelo puede convertirse en una hoja, un fruto o una semilla; aquello que queda como residuo vuelve a ser transformado por microorganismos, hongos, bacterias y otros organismos, y finalmente puede regresar nuevamente al suelo. Pero este mismo principio también nos obliga a comprender algo fundamental: no solamente viajan los nutrientes; también pueden viajar las sustancias que incorporamos al sistema, incluyendo aquellos compuestos que utilizamos para controlar enfermedades, plagas o deficiencias. Lo que aplicamos al suelo no desaparece simplemente: entra en una red de transformaciones y puede desplazarse entre el suelo, la planta, los animales y finalmente nosotros.

Esto se vuelve todavía más evidente cuando comprendemos que lo que come un animal también depende de cómo fue producido su alimento. Una vaca no se alimenta simplemente de “pasto”; se alimenta de un pasto que creció sobre un determinado suelo, que recibió determinados nutrientes, microorganismos, fertilizantes o sustancias aplicadas durante su cultivo. El animal transforma ese alimento y parte de aquello que recibió pasa a formar parte de sus propios tejidos, de su leche o de otros productos que finalmente llegan a nuestra alimentación. La cadena no comienza en el plato: comienza mucho antes, en el suelo.

Por eso, comprender la agricultura significa comprender también los procesos de composición y descomposición. La materia se construye, se transforma, se desarma y vuelve a incorporarse a nuevos procesos. Los nutrientes circulan, pero también pueden circular sustancias que no queremos dentro de esa cadena. La pregunta deja entonces de ser únicamente qué agregamos al suelo y comienza a ser qué estamos introduciendo en todo el sistema, hacia dónde puede desplazarse y en qué puede transformarse.

Así llegamos naturalmente al siguiente capítulo Agricultura Orgánica Básica y Agroindustria I.IV – Nada se pierde, todo se composta. Si queremos comprender realmente la agricultura orgánica, no basta con estudiar cómo alimentar la planta; debemos aprender qué ocurre con todo aquello que la planta, el animal y el propio suelo dejan atrás. Porque aquello que llamamos residuo puede convertirse nuevamente en materia prima, alimento y vida. La naturaleza no elimina la materia: la transforma. Y cuando aprendemos a comprender esa transformación, comenzamos a entender que nada se pierde, todo se composta.

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Vermicompost I.II – Elección del sistema de cultivo

Sistemas de vermicompostaje

Existe una gran diversidad de sistemas diseñados para el vermicompostaje, desde pequeñas composteras domésticas hasta camas de producción a gran escala. En este curso revisaremos algunos de los sistemas más utilizados y que han demostrado ser funcionales, teniendo presente que los criadores de lombrices continúan desarrollando y perfeccionando nuevas formas de trabajar. La elección del sistema dependerá del espacio disponible, la cantidad de materia orgánica que queramos procesar, el clima, la facilidad de manejo y, sobre todo, de nuestros objetivos.

En términos generales, una compostera destinada a la lombriz roja debería ser más ancha que alta, especialmente cuando trabajamos con sistemas horizontales. Esto se debe a que la lombriz roja californiana desarrolla gran parte de su actividad en las zonas superficiales del material, por lo que una mayor superficie horizontal facilita su distribución y manejo. Sin embargo, existen sistemas verticales, como las composteras de torre, que utilizan recipientes o bandejas apiladas. En estos sistemas es posible trabajar por niveles, aunque lo recomendable es manejar cada piso de manera ordenada, permitiendo que las lombrices y el material sean procesados adecuadamente antes de pasar al siguiente nivel.

Unidades básicas: cajas y recipientes

Para comenzar podemos utilizar sistemas muy sencillos, como cajas de plástico, cajas de plumavit o poliestireno expandido y baldes, siempre que sean adecuados para contener materia orgánica y permitan mantener las condiciones necesarias de humedad y aireación.

Dependiendo del diseño, estos recipientes pueden incorporar orificios en la base para facilitar el drenaje del exceso de líquido, acompañado de un segundo recipiente para recogerlo. Sin embargo, cuando el sistema está correctamente estructurado y se mantiene una adecuada relación entre materiales secos y húmedos, la producción de líquido puede ser muy baja y no necesariamente será necesario instalar un sistema complejo de recolección.

Un aspecto fundamental del manejo es no distribuir el alimento indiscriminadamente por toda la superficie del recipiente. Una estrategia más eficiente consiste en colocar el alimento en una zona determinada, preferentemente hacia uno de los extremos, y permitir que las lombrices lo procesen. Una vez que esa zona ha sido consumida y procesada, podemos desplazar progresivamente el área de alimentación hacia otro sector. De esta manera, podemos observar con mayor facilidad dónde se encuentran las lombrices, cuánto alimento queda disponible y cómo está evolucionando el material.

Este sistema de alimentación localizada también nos entrega una ventaja importante: las lombrices pueden desplazarse hacia otras zonas si las condiciones de un sector no son adecuadas. Por ejemplo, si incorporamos accidentalmente un material que presenta condiciones desfavorables para ellas, podrán alejarse de esa zona mientras corregimos el problema.

El sistema Daitona

Esta forma de manejo se relaciona con un diseño conocido como compostera Daitona, un modelo desarrollado dentro del ámbito de la permacultura que utiliza un sistema horizontal y permite trabajar con las lombrices siguiendo el avance de la materia orgánica. La denominación Daitona fue utilizada por su creador como referencia a un circuito para lombrices, destacando precisamente la posibilidad de ir desplazando progresivamente el área de trabajo.

La principal idea que podemos rescatar de este sistema es sencilla: en lugar de alimentar toda la compostera al mismo tiempo, concentramos el alimento en una zona y vamos desplazando progresivamente el punto de alimentación. Esto facilita el manejo, permite observar la respuesta de las lombrices y puede hacer más sencilla la cosecha posterior del vermicompost. Para los baldes iremos alimentando y cubriendo con secos continuando la lasaña.

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Composteras tradicionales de torre

Las composteras tradicionales de torre son una alternativa especialmente práctica para departamentos, terrazas, patios pequeños y otros espacios donde el área disponible es limitada. Su diseño vertical permite aprovechar el espacio en altura mediante varias cámaras o bandejas que se pueden apilar unas sobre otras.

Sin embargo, es importante comprender que tener varias cámaras no significa que debamos alimentar todas al mismo tiempo. Para que el sistema funcione correctamente, el alimento fresco debe incorporarse en una sola cámara a la vez. Comenzaremos utilizando la cámara inferior, donde colocaremos el sustrato, incorporaremos las lombrices y añadiremos el alimento de manera progresiva.

A medida que las lombrices consuman y procesen el material, llegará un momento en que esa cámara estará prácticamente completa y el alimento disponible habrá sido transformado. Solo entonces incorporaremos una nueva cámara encima, preparándola como si fuera la primera vez: añadiremos el material adecuado y colocaremos allí el nuevo alimento.

Las lombrices tenderán a desplazarse hacia la cámara superior siguiendo la nueva fuente de alimento. De esta manera, mientras la cámara superior comienza a recibir material fresco, la cámara inferior continúa madurando. El proceso se repite sucesivamente: cada vez que una cámara termina su proceso de alimentación, se incorpora una nueva sobre ella.

El resultado es un sistema en el que la cámara inferior siempre contiene el material más maduro, mientras que las cámaras superiores contienen material progresivamente más reciente. Esta organización permite separar naturalmente las diferentes etapas del vermicompostaje y facilita la cosecha.

¿Cuándo retirar la cámara inferior?

La cámara inferior no debe retirarse inmediatamente después de que las lombrices hayan migrado hacia la cámara superior. Es conveniente dejar que el material termine de madurar y que los procesos de transformación continúen.

Como referencia general, podemos considerar aproximadamente 3 a 4 meses de maduración desde la última alimentación de esa cámara, aunque el tiempo puede variar según la cantidad y el tipo de residuos, la temperatura, la humedad, la población de lombrices y las condiciones generales del sistema. Antes de cosechar, debemos comprobar que el material tenga un aspecto oscuro, homogéneo y con olor agradable a tierra, sin grandes cantidades de residuos frescos reconocibles.

Una vez que el material está maduro, podemos retirar la cámara inferior, cosechar el vermicompost y volver a colocarla en la parte superior para comenzar nuevamente el ciclo.

La clave: mantener la relación entre alimento y lombrices

En este tipo de sistema es especialmente importante mantener la relación que vimos anteriormente entre la cantidad de residuos que generamos y la cantidad de lombrices disponibles para procesarlos. Una torre con muchas cámaras no aumenta automáticamente la capacidad de procesamiento: la verdadera capacidad del sistema está determinada por la población de lombrices y por la cantidad de alimento que pueden procesar.

Si generamos más residuos de los que nuestra población puede procesar, las cámaras comenzarán a acumular alimento fresco y el sistema perderá eficiencia. Por el contrario, si tenemos una población adecuada para el volumen de residuos generado, las lombrices podrán desplazarse progresivamente hacia las nuevas cámaras y nos permitirán mantener un ciclo continuo de alimentación, transformación, maduración y cosecha.

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Sistema Wicking Bed: riego desde abajo

El Wicking Bed, también conocido como cama de riego por capilaridad o cama absorbente, es un sistema de cultivo que incorpora un reservorio de agua bajo el sustrato. Su funcionamiento se basa en la capilaridad: el agua almacenada en la parte inferior asciende progresivamente a través del material y llega a la zona de las raíces desde abajo, en lugar de aplicarse constantemente sobre la superficie. El sistema moderno es atribuido al ingeniero e inventor australiano Colin Austin, quien desarrolló esta tecnología buscando sistemas más eficientes para producir alimentos en condiciones de escasez de agua.

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Una forma diferente de regar

La principal diferencia respecto de un sistema convencional es que el agua no se entrega desde arriba, sino desde debajo del cultivo. Un depósito ubicado en la base mantiene una reserva de agua que asciende lentamente por capilaridad a través del sustrato, manteniendo disponible la humedad en la zona donde se encuentran las raíces.

Este funcionamiento tiene una interesante semejanza con lo que ocurre en los ecosistemas naturales. Cuando el suelo está protegido por una cobertura vegetal o una capa de materia orgánica, la superficie queda protegida de la radiación solar directa, del viento y de una evaporación excesiva. El agua permanece disponible dentro del perfil del suelo y puede desplazarse hacia las zonas donde las raíces y los microorganismos la necesitan. El Wicking Bed intenta reproducir, a pequeña escala, parte de esta lógica: mantener el agua protegida y disponible en el subsuelo, mientras la superficie permanece cubierta.

Ahorro de agua

Una de sus principales ventajas es el uso eficiente del agua. Dependiendo del diseño, las condiciones climáticas y el sistema de comparación, se han reportado reducciones importantes en el consumo de agua; algunas fuentes técnicas y municipales señalan ahorros de hasta un 80 % frente a determinados sistemas convencionales de riego. Por ello, es más apropiado presentar el 80 % como un máximo reportado y no como un ahorro garantizado para todos los casos.

El ahorro se produce principalmente porque el agua queda almacenada en un reservorio protegido y se incorpora al sistema de manera gradual. Se reducen así las pérdidas asociadas a la evaporación superficial y al escurrimiento, mientras las raíces tienen acceso continuo a la humedad disponible.

El sistema como hábitat para las lombrices

Una de las aplicaciones más interesantes para nuestro curso es la posibilidad de combinar el Wicking Bed con vermicompostaje. Existen los denominados Wicking Worm Beds, diseñados específicamente para integrar lombrices, materia orgánica, humedad y producción vegetal en un mismo sistema. En estos modelos, el reservorio inferior proporciona humedad desde abajo, mientras que la materia orgánica ubicada en la zona superior sirve como alimento y hábitat para las lombrices.

Esto puede resultar especialmente útil cuando nuestro objetivo no es solamente producir vermicompost, sino también favorecer el desarrollo y la reproducción de las lombrices. Al mantener una humedad más constante y disponer de materia orgánica en la zona de cultivo, podemos crear un ambiente con condiciones favorables para su actividad.

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Drenaje, rebalse y salida de gases

Un Wicking Bed correctamente construido no debe convertirse en un recipiente completamente inundado. El reservorio necesita una salida o punto de rebalse que establezca el nivel máximo del agua y evite que esta ascienda excesivamente hacia la zona radicular.

En los sistemas destinados además al vermicompostaje, debemos considerar otro elemento: la ventilación o salida de gases. Además de la llave o salida destinada al manejo del líquido acumulado, es conveniente incorporar un sistema que permita la evacuación de gases y favorezca el intercambio gaseoso del sistema. Esto adquiere especial importancia cuando existe una cantidad considerable de materia orgánica en descomposición y una población activa de lombrices y microorganismos.

En definitiva, el Wicking Bed combina reservorio de agua, capilaridad, materia orgánica, cobertura y actividad biológica en un mismo sistema. Su mayor potencial aparece cuando dejamos de verlo simplemente como una forma de ahorrar agua y comenzamos a entenderlo como un pequeño ecosistema donde el agua asciende desde abajo, las raíces la aprovechan, la cobertura protege la superficie y las lombrices y microorganismos transforman la materia orgánica.

Camas de cultivo para lombrices

Las camas de cultivo de lombrices son sistemas destinados a trabajar con grandes volúmenes de materia orgánica y permiten desarrollar una población de lombrices mucho mayor que la que podemos mantener en una vermicompostera doméstica. Por su tamaño y capacidad de procesamiento, son especialmente útiles cuando buscamos producir vermicompost a mayor escala y, al mismo tiempo, reproducir lombrices.

Cuando trabajamos con grandes cantidades de residuos, no es recomendable entregar el material fresco directamente a las lombrices. Primero debemos realizar un proceso de precompostaje, que generalmente puede durar entre 15 y 30 días, dependiendo del tipo de residuos, su humedad, la temperatura y el grado de descomposición. Durante este período, la materia orgánica comienza a degradarse y pierde parte de su actividad inicial. Antes de incorporarla a las camas debemos comprobar que ya no presente un calentamiento importante, ya que el material en plena fase de descomposición puede alcanzar temperaturas demasiado elevadas para las lombrices.

Una vez que el material ha sido precompostado y se encuentra en condiciones adecuadas, podemos incorporarlo progresivamente a las camas. Aquí es donde la lombriz roja californiana muestra una diferencia especialmente importante frente a otras lombrices cuando trabajamos a gran escala. Es una especie muy adaptada a vivir asociada a materia orgánica en descomposición, presenta una alta capacidad de consumo y una reproducción rápida cuando encuentra las condiciones adecuadas de alimento, humedad, temperatura y espacio. Además, su larga utilización en sistemas de vermicompostaje junto al ser humano la convierte en una especie particularmente apropiada para sistemas de manejo controlado.

Protección de las camas

Por tratarse de sistemas abiertos y de gran superficie, estas camas necesitan una protección adecuada. Deben mantenerse protegidas de la exposición directa al sol, ya que las altas temperaturas y la pérdida de humedad pueden afectar seriamente las condiciones del lecho. La cobertura también ayuda a conservar una humedad más estable y proporciona un ambiente más favorable para las lombrices.

Además, las camas deben estar rodeadas y protegidas mediante tela, malla o algún sistema de cerramiento, evitando el ingreso de animales y otros organismos que puedan alterar el sistema, alimentarse de las lombrices o introducir visitantes indeseados. La protección debe permitir una buena ventilación, pero al mismo tiempo impedir el acceso de animales.

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Recolector de lixiviados

En las camas de cultivo para lombrices, especialmente cuando trabajamos a gran escala, también debemos prestar atención al material utilizado para el recolector de lixiviados. A diferencia de una vermicompostera doméstica, estos sistemas pueden generar y acumular un volumen considerable de líquido, por lo que el recipiente estará expuesto durante largos períodos a humedad y materia orgánica.

Por esta razón, el recolector debe fabricarse con un material resistente a la corrosión y adecuado para permanecer en contacto con líquidos orgánicos, evitando materiales que puedan oxidarse, deteriorarse o perder resistencia con el tiempo. Los recipientes de plástico resistente, por ejemplo, son una alternativa práctica para este propósito.

Además, el recolector debe tener una capacidad suficiente para el volumen de lixiviado que pueda producir la cama y debe permitir su extracción y limpieza de manera sencilla. En sistemas de mayor escala, dimensionar correctamente este componente es fundamental para evitar desbordamientos y facilitar el manejo del líquido acumulado.

El sistema Daitona

En este tipo de camas, el sistema Daitona resulta fundamental para el manejo del alimento. En lugar de distribuir la materia orgánica por toda la superficie, el alimento se concentra en una zona determinada de la cama. Las lombrices se desplazan hacia ese sector a medida que encuentran alimento disponible y, una vez procesada esa zona, podemos avanzar progresivamente hacia el siguiente espacio.

Este método permite trabajar de manera ordenada y localizada, facilita el seguimiento de la población de lombrices y resulta especialmente útil cuando manejamos grandes volúmenes de materia orgánica. Además, al mantener el alimento concentrado, podemos identificar con mayor facilidad qué sectores ya han sido procesados y cuáles todavía requieren tiempo.

En una cama de producción, por lo tanto, no se trata simplemente de agregar cada vez más residuos, sino de establecer un ciclo: precompostar la materia orgánica, incorporarla progresivamente, permitir que las lombrices la procesen y avanzar el frente de alimentación mediante el sistema Daitona. De esta manera podemos transformar grandes cantidades de residuos en vermicompost mientras mantenemos una población de lombrices activa y en constante reproducción.

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Vermicompost I – Introducción y diseño de proyecto

Introducción

¿Con cuántas lombrices comenzar? ¿Qué tamaño debe tener el contenedor? ¿Cuándo y cómo alimentarlas?

La respuesta depende principalmente de los objetivos que tengas al trabajar con lombrices. No es lo mismo implementar una vermicompostera o lombricompostera urbana en un departamento pequeño, cuyo propósito es reducir los residuos orgánicos y producir abono para uso propio, que desarrollar un sistema comercial orientado a la reproducción de lombrices y a la producción de abonos.

En un sistema doméstico, generalmente buscamos aprovechar al máximo el espacio disponible, mantener todos los procesos dentro de un mismo contenedor y simplificar su manejo. En cambio, en un sistema comercial es conveniente subdividir y organizar los procesos —reproducción, alimentación, crecimiento y cosecha— para hacerlos más eficientes y facilitar su manejo.

Por eso, aunque el espacio disponible es un factor importante, no es el único ni necesariamente el más determinante. Lo fundamental es diseñar un sistema que permita mantener condiciones ambientales adecuadas y un funcionamiento eficiente, considerando la cantidad de lombrices, el volumen de alimento, la humedad, la aireación y el espacio necesario para que puedan desarrollarse correctamente.

El tamaño y desarrollo de las lombrices estarán condicionados, entre otros factores, por el tipo y las dimensiones del sistema de vermicompostaje. Las lombrices que se desarrollan en camas de cultivo o sistemas al aire libre pueden alcanzar tamaños considerablemente mayores que aquellas mantenidas en una compostera doméstica de menor volumen. Por esta razón, no todas las lombrices tendrán necesariamente el mismo tamaño ni la misma capacidad de procesamiento, y la cantidad necesaria deberá determinarse de acuerdo con el sistema utilizado y el volumen de materia orgánica disponible.

Vermicompostaje urbano o doméstico

En un sistema doméstico, el punto de partida debe ser la cantidad de residuos orgánicos que generamos diariamente. Para determinarla, podemos reunir durante una semana todos los residuos orgánicos que normalmente produciríamos y pesarlos al finalizar ese período. Por ejemplo, si durante una semana reunimos 1 kg de residuos orgánicos, dividimos esa cantidad entre siete:

1.000 g ÷ 7 = aproximadamente 143 g de residuos diarios.

Considerando que la lombriz roja californiana casera consume diariamente alrededor de la mitad de su propio peso, necesitamos aproximadamente el doble del peso de los residuos que generamos cada día en lombrices. En este ejemplo:

143 g de residuos diarios × 2 = aproximadamente 286 g de lombrices.

No es necesario contar las lombrices individualmente. Para establecer la cantidad inicial resulta mucho más práctico trabajar por peso, considerando la biomasa total de lombrices que incorporaremos al sistema. Lo recomendable es mantener una relación adecuada entre la cantidad de residuos generados, el espacio disponible y la población de lombrices.

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Vermicompostaje comercial

En sistemas comerciales, la cantidad de lombrices se determina principalmente según el volumen del sistema y la cantidad de material que se desea procesar. En este caso se trabaja habitualmente con un pie de cría o núcleo de lombrices, cuya cantidad puede ajustarse al tamaño del recipiente o de la cama.

Como referencia, podemos considerar las siguientes cantidades:

  • 1 m³: entre 10 y 20 kg de pie de cría. Corresponde aproximadamente a un recipiente con capacidad para una tonelada o a una pila de 2 m de largo × 1 m de ancho × 50 cm de profundidad.
  • 0,5 m³: entre 5 y 10 kg de pie de cría. Por ejemplo, una caja de 1 m × 1 m × 50 cm de profundidad, con una capacidad aproximada de 500 kg.
  • 125 kg de capacidad: entre 3 y 5 kg de pie de cría, aproximadamente para una caja de 50 × 50 × 50 cm.
  • Caja de 30 × 30 × 30 cm: aproximadamente 1,5 kg de pie de cría.
  • Recipiente cilíndrico de 20 litros: entre 0,5 y 1 kg de pie de cría.
  • Tambo o bidón con capacidad aproximada para 200 kg: entre 5 y 7 kg de pie de cría.

De esta manera, podemos diferenciar dos criterios de dimensionamiento: en el vermicompostaje doméstico, la cantidad de lombrices se calcula principalmente a partir de los residuos que generamos; mientras que en un sistema comercial, la cantidad de pie de cría se relaciona principalmente con el volumen, las dimensiones y la capacidad de procesamiento del sistema.

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Paso 1: Capa de drenaje

Idependiente del sistema de cultivo, el primer paso consiste en colocar una capa de material estructural en la base de la compostera, cuya función principal será favorecer el drenaje y evitar que los orificios o el sistema de recolección de líquidos se obstruyan con el material orgánico. Esta capa también ayudará a mantener espacios de aire en la parte inferior, favoreciendo una mejor circulación y evitando la acumulación excesiva de humedad.

Para formar esta capa podemos utilizar diferentes materiales de origen orgánico o mineral, siempre que sean adecuados para el sistema. Entre ellos encontramos papel y cartón sin recubrimientos, picados en trozos pequeños; cajas de huevo trozadas; arlita o arcilla expandida; biochar; corteza; piedra pómez; piedra de río, entre otros materiales estructurales de características similares.

No es necesario utilizar todos estos materiales al mismo tiempo. Lo importante es crear una base suficientemente porosa y estable, que permita el paso del exceso de agua y mantenga espacios de aire sin compactarse fácilmente.

Esta será nuestra capa base de drenaje, sobre la cual construiremos posteriormente las demás capas de la compostera.  

Paso 2: Capa de sustrato húmedo

Sobre la capa base de drenaje colocaremos una capa de sustrato húmedo, que será el medio donde las lombrices encontrarán refugio y las condiciones necesarias para comenzar a adaptarse a la compostera. Para formar esta capa podemos utilizar diferentes materiales, como tierra negra, turba rubia, turba negra, lombricomposta o compost maduro y de buena calidad, y tierra de hojas. De todos ellos, la tierra de hojas es una excelente alternativa y puede utilizarse como uno de los materiales principales para esta capa.

Lo más importante antes de incorporar el sustrato es comprobar su nivel de humedad. Debe estar húmedo, pero no saturado de agua. La humedad adecuada permitirá que las lombrices encuentren un ambiente apropiado desde el inicio y ayudará a mantener las condiciones necesarias dentro de la compostera.

Esta capa constituirá la base biológica de nuestra compostera, sobre la cual posteriormente incorporaremos las lombrices y los materiales destinados a su alimentación.

La prueba del puño es una forma sencilla de comprobar la humedad del sustrato antes de incorporar las lombrices. Toma un puñado de sustrato y apriétalo firmemente con la mano. Al hacerlo, el material debe mantenerse unido y sentirse húmedo, pero no debe liberar un chorro de agua.

  • Si escurre agua: el sustrato está demasiado húmedo. Será necesario agregar material seco y estructurante o permitir un mayor drenaje.
  • Si mantiene su forma y no escurre: la humedad es adecuada.
  • Si se desarma inmediatamente y se siente seco: necesita incorporar humedad de manera gradual.

La condición que buscamos es similar a la de una esponja húmeda bien escurrida: debe contener suficiente agua para mantener la humedad del ambiente, pero también conservar espacios de aire.

Paso 3: Final y cobertura

En los sistemas pequeños, una vez preparada la capa de sustrato húmedo, podemos incorporar directamente las lombrices. En los sistemas de mayor volumen, en cambio, continuaremos construyendo el lecho mediante una sucesión de capas secas y húmedas, utilizando la técnica conocida como método lasaña.

Para comenzar, añadiremos una nueva capa de material seco, pero en esta etapa dejaremos fuera los elementos de degradación lenta o estructurales que utilizamos en la capa de drenaje, como ramas, biochar, arlita o piedras de río. Aquí utilizaremos materiales secos que puedan incorporarse progresivamente al proceso, como restos secos de poda, hojas secas, cartón sin recubrimientos plásticos ni elementos adheridos, papel compostable, cajas de huevo, bolsas de papel, entre otros materiales de características similares.

Sobre esta capa seca incorporaremos una capa de material húmedo o fresco, que puede estar formada por restos frescos de poda, compost fresco, hojas verdes, pasto verde u otros materiales vegetales con un contenido importante de humedad.

A partir de aquí, iremos alternando capas secas y húmedas, repitiendo la secuencia hasta alcanzar la altura deseada del contenedor. Es importante no llenar completamente la compostera: debemos dejar un espacio libre en la parte superior, que facilite el manejo, la aireación y las labores de revisión y alimentación.

Al finalizar, procuraremos colocar una capa seca de aproximadamente el doble de espesor que las capas anteriores y, en lo posible, utilizaremos un material limpio y homogéneo. Esta capa tendrá una función especialmente importante, ya que será la que podremos retirar o desplazar fácilmente cada vez que necesitemos revisar el estado del sistema o incorporar nuevo alimento.

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¿Por qué utilizamos el método lasaña?

La finalidad de esta técnica es combinar y armonizar materiales con diferentes características, especialmente aquellos ricos en nitrógeno y aquellos que aportan carbono. Los materiales frescos y verdes suelen presentar una mayor proporción de nitrógeno, mientras que los materiales secos, como hojas, cartón y restos vegetales secos, aportan una mayor cantidad de carbono.

La combinación de ambos grupos permite construir un sistema más equilibrado para la actividad de los microorganismos y las lombrices. Los materiales ricos en nitrógeno aportan nutrientes y humedad, mientras que los materiales ricos en carbono contribuyen a la estructura, la aireación y la disponibilidad de materia orgánica.

Cuando estos materiales se combinan adecuadamente, favorecemos una descomposición más gradual y ordenada, evitando depender exclusivamente de residuos frescos. Además, los materiales secos ayudan a absorber parte de la humedad, mantener espacios de aire y mejorar la estructura del lecho, mientras que los materiales húmedos aportan agua y nutrientes.

En otras palabras, no se trata simplemente de colocar residuos unos sobre otros, sino de construir un ambiente donde carbono, nitrógeno, humedad y aireación trabajen conjuntamente. Esta combinación será fundamental para crear las condiciones adecuadas para el desarrollo de las lombrices y la transformación progresiva de la materia orgánica en vermicompost.

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Suelo vivo y elaboración de Sustrato II

Proporciones

La receta se organiza en cuatro componentes principales: materia orgánica, minerales, estructura física y microbiología, además de la fauna del suelo.

1. Materia orgánica — 70 %

20 L de fibra de coco — 20 %
15 L de turba rubia — 15 %
5 L de turba negra — 5 %
15 L de compost maduro — 15 %
10 L de vermicompost maduro — 10 %
5 L de tierra de hoja — 5 % 

Total: 70 L

2. Estructura física — 25 %

15 L de perlita — 15 %
7 L de vermiculita — 7 %
3 L de carbón activado — 3 % 

 Total: 25 L

3. Minerales — 5 %

3 L de harina de roca — 3 %
1 L de tierra de diatomeas — 1 %
1 L de otro material mineral, según disponibilidad y necesidad — 1 % 

Total: 5 L

Además, por cada 100 L de mezcla:

1 puñado de ceniza de madera
1 puñado de sales de Epsom (sulfato de magnesio) 

Estos dos materiales se incorporan en pequeñas cantidades y no forman parte del porcentaje volumétrico de la mezcla.

4. Microbiología

Trichoderma, según la dosis recomendada por el fabricante.
Micorrizas, según la dosis recomendada por el fabricante.
El compost y vermicompost maduros aportan naturalmente una comunidad diversa de microorganismos. 

5. Fauna del suelo

Lombriz roja californiana, si el sistema y el tipo de cultivo permiten mantenerlas. 

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Orden de preparación

  • Mezclar la materia orgánica: fibra de coco, turbas, compost, vermicompost y tierra de hoja.
  • Incorporar la estructura física: perlita, vermiculita y carbón activado.
  • Agregar los minerales: harina de roca y tierra de diatomeas.
  • Añadir el puñado de ceniza y el puñado de Epsom, distribuyéndolos muy bien por toda la mezcla.
  • Humedecer progresivamente hasta conseguir una humedad uniforme, sin saturar.
  • Incorporar Trichoderma y micorrizas respetando las dosis de cada producto.
  • Mezclar suavemente para distribuir todos los componentes sin destruir la estructura.
  • Dejar que la mezcla comience a integrarse, manteniendo humedad y aireación adecuadas.

Así tenemos 100 litros de mezcla base, pero lo importante es que esta mezcla no se considera terminada simplemente porque los ingredientes estén juntos. Desde ese momento comienza el proceso en el que las 3 M —materia orgánica, minerales y microbiología— empiezan a relacionarse y el sustrato entra en la espiral de la vida.

Humedecer el sustrato

Una vez mezclados todos los componentes, llega el momento de humedecer el sustrato. Para hacerlo, utilizaremos preferentemente agua de lluvia o, si no es posible, agua previamente desclorada. El agua debe incorporarse poco a poco, mientras mezclamos, para conseguir una humedad uniforme y evitar que algunas zonas queden completamente secas y otras saturadas.

Una forma sencilla de comprobar la humedad correcta es realizar la prueba del puño: toma un puñado de sustrato y apriétalo firmemente con la mano. Al hacerlo, observa cómo se comporta el agua. Si el agua escurre abundantemente entre los dedos, el sustrato está demasiado húmedo y debemos incorporar aire y mezclarlo para reducir el exceso. Si al apretarlo el sustrato mantiene cierta forma y se siente húmedo, pero no libera agua en exceso, estamos cerca de la humedad adecuada. Si se desarma completamente y se siente seco, necesita un poco más de agua.

La idea es conseguir un sustrato húmedo, suelto y bien aireado, no empapado. La humedad permitirá que los microorganismos comiencen a activarse y que las raíces, hongos y demás organismos puedan desarrollarse, mientras los espacios de aire mantienen disponible el oxígeno necesario para la vida del sustrato.

Una vez alcanzada la humedad adecuada, dejamos que la mezcla comience a integrarse. El agua no solo humedece los materiales: es una de las condiciones que permite que las tres M —Materia Orgánica, Minerales y Microbiología— comiencen a relacionarse y entrar en la espiral de la vida.

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    Suelo vivo y elaboración de Sustrato I

    El suelo es un ser vivo

    Para crear un sustrato que se acerque al funcionamiento de un bosque, primero debemos entender cómo funciona un suelo vivo. El suelo no es simplemente un lugar donde crecen las plantas; es un sistema donde interactúan minerales, materia orgánica, microorganismos, raíces, agua, aire y clima. En un bosque, estos elementos trabajan juntos de manera continua. Las plantas toman minerales, producen materia orgánica, las hojas y raíces regresan al suelo y la microbiología transforma esos materiales, generando nuevas condiciones para la vida. Así se construye progresivamente un suelo capaz de sostener plantas y microorganismos.

    Por eso, crear un buen sustrato no consiste solamente en mezclar materiales, sino en comprender qué función cumple cada uno y cómo se relacionan entre sí. La intención es acercarnos, dentro de nuestras posibilidades, a las condiciones que encontramos en un suelo de bosque: diversidad, materia orgánica transformada, microbiología, raíces, humedad, aire y un clima adecuado. Este documento parte de una idea sencilla: si queremos construir un sustrato vivo, primero tenemos que entender la vida que queremos reproducir.

    Imagina que el suelo es un mundo lleno de vida. La Materia Orgánica son los recursos que sirven para fabricar comida y construir refugios; los Minerales son los materiales que se utilizan para construir y formar las estructuras que necesitan las plantas; y la Microbiología son los pequeños trabajadores y cocineros que viven en ese mundo, transforman los recursos y preparan los materiales para que puedan ser utilizados. Pregunta: ¿La materia orgánica es buena para la planta? No, las plantas no son caníbales. La materia orgánica es buena para que la microbiología prepare la comida para la planta, haciendio soluble lo insoluble, o sea, disponibilizando elentos. Mayor o menor velocidad de solubilización depende de la diversificación y cantidad de los microorganismos (trabajadores).

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    Minerales

    Imagina que los minerales son los materiales de construcción de este mundo que llamamos suelo. Las plantas necesitan esos minerales para formar sus raíces, tallos, hojas, flores y frutos. Pero los minerales no están simplemente esperando que la planta los tome: necesitan ser transformados y puestos a disposición, y ahí entra la microbiología. Los microorganismos ayudan a solubilizar los minerales para que las raíces puedan acceder a ellos. Además, las raíces pueden explorar diferentes partes del suelo y movilizar nutrientes desde zonas más profundas.  Así, los minerales pueden pasar de estar en el suelo a formar parte de una planta viva. Los textos lo expresan como la transformación de un mundo mineral en un mundo mineral animado.

    Materia Orgánica

    Imagina que la materia orgánica es como los recursos de una casa. Son hojas, raíces, ramas y restos de otros seres vivos que llegan al suelo. Estos materiales no están ahí simplemente para alimentar directamente a la planta: sirven principalmente como alimento, refugio y lugar donde puede vivir la microbiología. Allí los microorganismos encuentran los recursos que necesitan para vivir y trabajar. Ejemplos:

    • Hojas caídas de los árboles y plantas.
    • Restos de tallos y ramas.
    • Raíces muertas que quedan dentro del suelo.
    • Restos de plantas después de una cosecha.
    • Restos de animales y sus excrementos.
    • Restos de frutas y vegetales.
    • Humus y compost, cuando esa materia ya ha sido transformada por la microbiología.
    • Estiércol, que también aporta materia orgánica.

    Microbiología

    La microbiología del suelo está formada por una enorme diversidad de organismos microscópicos que viven, se alimentan y trabajan dentro de la materia orgánica. Hongos, bacterias, actinomicetos y otros microorganismos transforman los materiales orgánicos y participan en la solubilización de los minerales, ayudando a ponerlos a disposición de las raíces. No todos realizan el mismo trabajo: diferentes microorganismos pueden actuar sobre distintos minerales y responder a las necesidades de las plantas. Por eso, la diversidad microbiológica es fundamental: mientras más diversa sea esta comunidad, más posibilidades existen de que diferentes procesos ocurran y de que el suelo pueda sostener una mayor cantidad de vida. En la agricultura orgánica más es más, siempre. Y ahí entra la Materia Orgánica, que, mientras más diversa, mayor será la cantidad de Microbiología, o sea, mayor cantidad de trabajadores y cocineros, y mayor diversidad de comida y procesos.

    Nunca nunca valoramos lo que la microbiología tiene que hacer para organizar el aparato digestivo abajo del suelo porque observamos siempre arriba del suelo. Vemos la parra, no vemos la parra enterrada. ¿Qué hay abajo? En la naturaleza hay tres comportamientos básicos: flexibilidad, permeabilidad y cooperación. La vida es de la cooperación, de la flexibilidad, la permeabilidad y eso es lo que permite la evolución a que la uva sea uva.

    Antes de preparar el sustrato

    Para crear un sustrato vivo debemos considerar dos ideas básicas. La primera es que todo lo que crece lentamente, generalmente se descompone lentamente; y todo lo que crece rápidamente, generalmente se descompone rápidamente. Esto nos ayuda a comprender que los materiales que incorporamos al sustrato tienen diferentes velocidades de transformación y cumplen distintas funciones. La segunda es que no todas las plantas tienen las mismas necesidades: algunas requieren mayor drenaje y aireación, mientras que otras necesitan una mayor capacidad de retención de humedad o una mayor disponibilidad de materia orgánica. Por eso, la mezcla que prepararemos a continuación debe entenderse como una receta base y genérica, que posteriormente podemos adaptar según el cultivo, el clima y las condiciones que necesite cada planta.

    Ingredientes

    Materia orgánica

    Fibra de coco
    Aporta materia orgánica de estructura fibrosa y ayuda a mantener humedad sin compactarse fácilmente. También genera espacios que favorecen la aireación y el desarrollo de las raíces.

    Turba rubia
    Es un material orgánico ligero, con gran capacidad de retención de agua y buena porosidad. Permite construir un sustrato liviano y con capacidad para conservar humedad.

    Turba negra
    Es una turba más descompuesta y oscura, con mayor contenido de materia orgánica transformada. Aporta retención de humedad y materia orgánica al sustrato.

    Tierra de hoja
    Es materia vegetal transformada, que puede aportar carbono y servir como recurso para la vida del suelo. Su calidad depende especialmente del origen de las hojas y del proceso de transformación.

    Compost
    Aporta materia orgánica transformada y una comunidad diversa de microorganismos. Un compost correctamente elaborado y maduro ayuda a construir un ambiente biológicamente activo.

    Vermicompost joven
    Es un material producido mediante la acción de lombrices que todavía conserva una mayor cantidad de materia orgánica en proceso de transformación. Puede aportar nutrientes y vida, pero debe utilizarse con criterio según su grado de madurez.

    Vermicompost maduro
    Es un material más estabilizado y transformado por la actividad de las lombrices y microorganismos. Aporta materia orgánica humificada y una microbiología diversa, siendo especialmente interesante para construir un sustrato vivo.

    La calidad y el grado de transformación de la materia orgánica son importantes: no es lo mismo incorporar un material fresco que uno parcialmente transformado o un humus maduro.

      Minerales

        Tierra de diatomeas
        Es un material formado principalmente por restos fósiles de diatomeas y rico en sílice amorfa. En el sustrato puede aportar silicio y minerales en pequeñas cantidades, además de contribuir a determinadas propiedades físicas.

        Harina de roca
        Aporta una diversidad de minerales y elementos procedentes de la roca de origen. Su composición depende completamente del tipo de roca utilizada, por lo que conocer su procedencia es fundamental.

        Sales de Epsom (sulfato de magnesio)
        Aportan principalmente magnesio y azufre, dos elementos esenciales para las plantas. No debe utilizarse simplemente porque “aporta nutrientes”, sino cuando su incorporación tenga sentido según las necesidades del cultivo y las condiciones del sustrato.

        Ceniza de madera
        Puede aportar calcio, potasio y otros minerales, pero también puede elevar considerablemente el pH. Por eso debe utilizarse con mucha moderación y solamente cuando sus características sean adecuadas para la mezcla.

        La incorporación de estos materiales debe hacerse de acuerdo con las características del sustrato y las necesidades de la planta, evitando agregar minerales simplemente por agregarlos.

          Microbiología

          Trichoderma
          Es un grupo de hongos que puede establecerse alrededor de las raíces y en el sustrato. Se utiliza principalmente como microorganismo benéfico y como parte de una estrategia para favorecer un ambiente biológicamente activo.

          Micorrizas
          Son hongos que establecen una asociación con las raíces. Sus hifas pueden extenderse por el sustrato más allá de la zona explorada directamente por las raíces, ayudando a ampliar el territorio de exploración de la planta y favoreciendo la adquisición de determinados nutrientes y agua.

          Microbiología del compost y vermicompost
          El compost y, especialmente, el vermicompost maduro pueden aportar una comunidad diversa de microorganismos. Esta diversidad es importante porque distintos microorganismos participan en diferentes procesos de transformación de la materia orgánica y disponibilidad de minerales.

            Fauna del suelo

            Lombriz roja californiana
            Aunque no pertenece a la microbiología, forma parte de la fauna que puede participar en un sistema vivo. Las lombrices fragmentan y transforman materia orgánica, generan galerías y contribuyen a crear espacios dentro del sustrato. Su utilización dependerá del tipo de cultivo y del recipiente donde se prepare el sustrato.

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              La importancia de conocer el origen de los materiales

              Al preparar un sustrato vivo, no basta con conocer los ingredientes que vamos a utilizar; también es fundamental conocer muy bien a nuestro proveedor y el origen de cada material. No todo lo que se comercializa como tierra de hoja, compost o vermicompost tiene necesariamente la calidad que necesitamos. Por ejemplo, una tierra de hoja puede estar elaborada con restos vegetales provenientes de lugares donde se han utilizado herbicidas, pesticidas o fungicidas, pudiendo contener residuos que no queremos incorporar a nuestro sustrato. Lo mismo ocurre con el compost: no todo material que se vende como compost está realmente compostado ni ha alcanzado una madurez suficiente. Un compost inmaduro todavía puede estar en proceso de transformación y no ofrecer las condiciones que buscamos para un sustrato vivo. Por eso es importante saber de dónde provienen los materiales, con qué fueron elaborados, qué procesos han tenido y cuánto tiempo han sido transformados. Elegir materiales de buena procedencia y un compost realmente maduro es una de las primeras decisiones para construir un sustrato que pueda sostener una microbiología diversa y acercarse al funcionamiento de un suelo vivo.

              El sustrato que entra en la espiral de la vida

              El mejor sustrato es el que ha tenido la oportunidad de entrar en la espiral de la vida. Cuando las tres M —Minerales, Materia Orgánica y Microbiología— comienzan a relacionarse, el sustrato deja de ser simplemente una mezcla de materiales y empieza a transformarse en un ambiente vivo. La materia orgánica es procesada por la microbiología, los minerales se integran y se vuelven progresivamente más disponibles, y las raíces comienzan a interactuar con todo este entramado de vida.

              A medida que esta espiral avanza, el sustrato va adquiriendo mayor madurez biológica. La materia orgánica se transforma, se incorpora y contribuye a formar humus; la microbiología encuentra nuevos recursos y desarrolla una comunidad cada vez más diversa; y los minerales pasan a formar parte de un sistema donde las raíces y los microorganismos pueden interactuar. Cada transformación genera nuevas condiciones para que la siguiente pueda ocurrir. Por eso, un sustrato que ha permanecido dentro de la espiral de la vida se vuelve progresivamente más fuerte, más estructurado y con mayor capacidad para sostener la vida.

              La finalidad de nuestra mezcla no termina cuando juntamos los ingredientes. Ese es apenas el comienzo. A partir de ese momento comienza el verdadero trabajo: permitir que las tres M se encuentren, se relacionen y continúen transformándose. El sustrato madura mientras la vida trabaja en él, y cuanto más profundamente entra en esta espiral, más se aleja de ser una simple mezcla y más se aproxima a un suelo vivo.

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              Agricultura Orgánica Básica y Agroindustria II.I – Guerra, Venenos e Insumos

              En el capítulo anterior comprendimos que el suelo, la planta, los organismos y nosotros formamos parte de una misma espiral de transformación, donde la materia se transforma, se incorpora nuevamente a los sistemas vivos y participa una y otra vez en la nutrición de las plantas. También vimos que la calidad de aquello que entregamos al suelo está relacionada con la calidad de lo que posteriormente puede producir ese sistema. Pero si queremos comprender realmente cómo llegamos a la agricultura que conocemos hoy, necesitamos dar un paso atrás y mirar de dónde provienen muchos de los insumos que actualmente utilizamos para nutrir, proteger y manejar nuestros cultivos.

              La agricultura moderna no apareció de manera aislada: gran parte de sus tecnologías, sustancias y formas de producción tienen una historia vinculada al desarrollo de la industria química y a las necesidades de la guerra. En este nuevo capítulo seguiremos esa historia para comprender cómo los venenos, los fertilizantes y otras sustancias de síntesis pasaron de la industria bélica al campo, transformando progresivamente nuestra manera de entender el suelo, la nutrición y la producción de alimentos.

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              El problema no es solamente la cantidad

              Hipócrates decía: “Que tu alimento sea tu medicina”. Sin embargo, en aquella época no existían los elementos de síntesis. Las sustancias de síntesis son llamadas xenobióticos (xeno, que significa “extraño”, y biótico, relacionado con la vida), es decir, sustancias ajenas a la biología del ser humano. Por eso, los xenobióticos son sustancias extrañas a la vida. Probablemente, Hipócrates habría agregado hoy una condición a su frase: “Que tu alimento sea tu medicina, dependiendo del suelo y de cómo se cultive”.

              Paracelso decía que todas las sustancias presentes en la naturaleza pueden ser tóxicas dependiendo de la cantidad que se consuma. Su planteamiento se basaba en el estudio químico de las sustancias naturales: si comes 10 kilos de azúcar, puedes morir; si bebes 15 litros de agua, también. La industria ha repetido este principio como un mantra: que el problema del veneno está en la cantidad. Esto corresponde a una visión de toxicología cuantitativa.

              Pero Paracelso tampoco conoció las sustancias de síntesis, aquellas que el ser humano ha creado mediante combinaciones químicas y que son ajenas a los procesos naturales de la vida. Estas sustancias pueden no tener una lectura biológica, física y química equivalente a la de los elementos naturales y, al entrar en la naturaleza, pueden transformarse y generar nuevos compuestos.

              Por eso, desde esta perspectiva, el problema no es solamente la cantidad, sino la naturaleza y el uso de determinadas sustancias de síntesis. La propuesta de la agricultura orgánica es simple: reducir y eliminar al máximo aquellos elementos que representan un riesgo para la vida. 

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              Los Venenos

              Los venenos comenzaron a utilizarse como una forma de matar al enemigo, no en la Agricultura. Antiguamente, gran parte de las guerras se desarrollaba en trincheras: grandes huecos excavados en la tierra donde los soldados se refugiaban para protegerse y desde allí disparar. Las paredes se reforzaban con madera y se protegían con costales llenos de tierra.

              Los soldados avanzaban de una trinchera a otra hasta encontrarse con las posiciones enemigas. Cuando ambas quedaban frente a frente, muchas veces el combate terminaba siendo cuerpo a cuerpo. Entonces surgía una pregunta fundamental: ¿cómo sacar al enemigo de su trinchera sin tener que entrar directamente en ella?

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              De remedio casero a arma química

              Fue entonces cuando los alemanes comenzaron a investigar con mayor profundidad la química aplicada a la guerra. Pero el origen de esta historia se remonta a 1905, en Rusia. Debido al frío y la humedad, hubo un aumento de los casos de gripe, y las mujeres se reunían para preparar unos remedios llamados emplastos. Molían las semillas y se las echaban a la harina de trigo caliente y luego ponían en telas de algodón y fibras y se lo ponían en la espalda a los niños antes de arroparlos. Durante la noche, esa tela caliente hacía que los poros se abrieran para que el gas mostaza entrara y los hiciera toser y botar flema.

              Pero se dieron cuenta de una cosa: cuando estaban haciendo esto, recibían el vapor también, por lo que, en cuanto la señora comenzaba a tener problemas en la garganta o en los ojos, tenían que rotar. Las mujeres quedaban con problemas temporales en la garganta, así como ceguera, también temporal. Ellas se sacrificaban para hacer el emplasto, el remedio para sus niños.

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              El gas y las trincheras

              Los alemanes se llevaron aquellas semillas para estudiarlas y, a partir de sus componentes, desarrollaron el gas mostaza, que posteriormente lograron concentrar para utilizarlo como arma contra quienes se encontraban en las trincheras enemigas. Así, lo lanzaron sobre las posiciones inglesas, dando comienzo a una de las primeras grandes experiencias de guerra química. 17.000 soldados ingleses salieron de las trincheras afectados por el gas: muchos quedaron prácticamente ciegos, con la garganta intensamente irritada y con graves problemas intestinales. En medio de la confusión y el sufrimiento, fueron capturados con relativa facilidad, sin siquiera comprender qué les había ocurrido. Estos acontecimientos y el uso de gases tóxicos transformaron profundamente la manera de combatir y mostrando una nueva y aterradora dimensión de la guerra.

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              La máscara

              Los ingleses, como respuesta a esta nueva forma de guerra, desarrollaron máscaras para proteger a la población de los gases tóxicos. Llegaron a producir alrededor de 35 millones de máscaras, destinadas a toda la población: niños, mujeres, adultos y personas de la tercera edad. Todos debían estar preparados. La máscara no solo debía estar disponible: la población tenía que aprender a utilizarla correctamente. Quien tenía una máscara y no participaba en los ejercicios podía ser multado. En las escuelas, los niños realizaban diariamente hasta dos horas de ejercicios para aprender cómo colocarse la máscara y cómo actuar ante un ataque con gases. Pero antes de que terminara la Gran Guerra apareció otro gas aún más peligroso: el fosgeno. Era un gas tóxico relacionado con el cloro y podía provocar graves lesiones en los pulmones y en los tejidos, causando quemaduras químicas y daños internos que podían llevar a la muerte. De esta manera, la guerra había entrado en una nueva dimensión: ya existían gases diseñados para matar y, al mismo tiempo, una tecnología creada específicamente para protegerse de ellos. Por un lado, el arma química; por el otro, la máscara como defensa frente a una muerte que podía llegar sin que el enemigo siquiera tuviera que acercarse.

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              El Nitrógeno

              Con el inicio de la Primera Gran Guerra, el nitrógeno se convirtió en un recurso estratégico fundamental para la industria bélica. Alemania dependía del salitre, especialmente del salitre chileno, para obtener los compuestos nitrogenados necesarios para fabricar explosivos y fertilizantes, pero el bloqueo marítimo dificultó enormemente su acceso. La solución fue recurrir a la fijación industrial del nitrógeno atmosférico mediante el proceso Haber-Bosch, que permitió transformar el nitrógeno del aire en amoníaco a una escala hasta entonces desconocida. De esta manera, comenzó una producción masiva de nitrógeno de síntesis, que posteriormente podía transformarse en ácido nítrico, nitratos y otros compuestos utilizados en la fabricación de explosivos. La industria química pasó así a producir enormes cantidades de compuestos nitrogenados para alimentar la maquinaria de guerra. Y aunque esta tecnología también podía destinarse a la agricultura, durante el conflicto una parte fundamental de esta nueva capacidad industrial quedó vinculada a la producción militar.

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              El Tanque

              Durante la Primera Gran Guerra, el desarrollo de máquinas pesadas impulsó la creación de motores cada vez más potentes, capaces de mover grandes estructuras sobre terrenos difíciles. En 1917, los ingleses desarrollaron el tanque de guerra, un vehículo militar pesado, blindado y equipado con orugas, diseñado para desplazarse sobre terrenos difíciles y proteger a sus tripulantes mientras avanza bajo el fuego enemigo.

              Cuando estas máquinas se adaptaron y comenzaron a incorporarse al campo, ofrecieron una fuerza y una capacidad de trabajo muy superiores a las de la tracción animal, pero también trajeron un nuevo problema: su enorme peso comenzó a ejercer una fuerte presión sobre el suelo. El peso de la maquinaria comprime las partículas y reduce los espacios porosos que permiten la circulación del aire y del agua. Al desaparecer estos espacios, el suelo respira menos, infiltra peor el agua y las raíces encuentran mayor resistencia para avanzar; además, se dificulta la actividad de los microorganismos y se altera la dinámica de nutrientes y materia orgánica. Con el tránsito repetido, la compactación puede avanzar hacia capas más profundas y formar verdaderas barreras físicas para las raíces.

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              Haba de Calabar

              La Primera Gran Guerra termina con un armisticio. No se habla de un ganador absoluto ni de un perdedor, sino que se llega a una serie de acuerdos para detener los enfrentamientos. Sin embargo, esos acuerdos no significaron el fin de la investigación y el desarrollo de armas químicas destinadas a matar.

              Los alemanes habían sido colonizadores de una parte de África y, hacia 1870, en la región de Tanzania, observaron algo que llamó su atención. Los nativos tenían un juego en el que el perdedor debía beber una preparación que otro participante elaboraba en la orilla, dentro de una vasija de barro. En su interior colocaban las semillas de un frijol conocido como haba de Calabar. El jugo obtenido de estas semillas podía provocar convulsiones, parálisis y, finalmente, la muerte.

              Los alemanes estudiaron estas semillas y descubrieron que contenían una sustancia química capaz de interferir con el sistema nervioso central y bloquearlo. Esta molécula estaba relacionada con los compuestos organofosforados, similares a los utilizados en algunos venenos. A partir de este descubrimiento, los alemanes comenzaron a estudiar las moléculas que contenían fósforo con el objetivo de desarrollar sustancias capaces de paralizar al enemigo, incluso afectando su funcionamiento cerebral.

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              La Segunda Gran Guerra

              Comienza la Segunda Gran Guerra. Los alemanes vuelven a utilizar gases tóxicos y, al observar que los ingleses ya cuentan con máscaras para protegerse, buscan una nueva forma de superar esa defensa. En una ocasión, un soldado alemán se acerca a una trinchera y alcanza a ver a un soldado inglés protegido con su máscara.

              Entonces los alemanes desarrollan un gas aún más tóxico, capaz de penetrar a través de la piel y provocar graves efectos en el organismo. Ante esta nueva amenaza, el soldado ya no tiene más remedio que quitarse la máscara, quedando nuevamente expuesto. Es entonces cuando vuelven a utilizar otros gases irritantes, como el llamado gas pimienta.

              Debido a esto, los ingleses tienen que ampliar sus sistemas de protección. Además de la escafandra o máscara, desarrollan el overol (overall, “que cubre todo”), junto con guantes y botas especiales para la guerra química.

              Así aparecen todo un conjunto de elementos destinados a la guerra: guantes, overol, botas, máscaras y venenos. Pero entonces surge una pregunta: ¿por qué y cómo llegaron posteriormente estos productos a las manos de los campesinos? La respuesta está en los residuos de guerra: una vez terminados los conflictos, estos materiales y productos debían ser reutilizados o comercializados para recuperar parte del capital invertido en su producción.

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              Si es Bayer, es Muerte

              Había una gran cantidad de prisioneros y no había suficiente comida para alimentarlos. Ante esta situación, los alemanes comenzaron a utilizar hornos de cremación para deshacerse de los cuerpos de quienes morían y de trabajadores menos capacitados. Además, existía una relación con la industria química alemana Bayer, vinculada a la producción del gas Zyklon B, utilizado en las cámaras de gas de los campos de concentración y exterminio. Los cuerpos eran retirados y trasladados en grandes cantidades. Se calcula que, entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, murieron decenas de millones de muertos

              Por otro lado, los prisioneros que se encontraban en buenas condiciones de salud eran seleccionados para trabajar como mano de obra en la industria. Debido a que se trataba de trabajadores forzados, la empresa Bayer podía disponer de una enorme cantidad de mano de obra prácticamente gratuita. Esta situación permitió que incrementara considerablemente su producción. El sistema funcionaba mediante un flujo permanente de prisioneros: muchos morían cada día y muchos llegaban cada día para reemplazarlos.

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              La nueva agronomía

              Apartir de entonces, la industria comenzó a buscar nuevos mercados para toda la tecnología y capacidad productiva desarrollada durante la guerra. Universidades y centros de formación recibieron financiamiento para preparar ingenieros agrónomos capaces de llevar estos avances al campo y convertirlos en nuevos sistemas de producción.

              Así, una parte de la tecnología militar comenzó a trasladarse hacia la agricultura. El nitrógeno, el fósforo, el potasio, los insecticidas y buena parte de la maquinaria y los equipos utilizados para manipular sustancias químicas pasaron a incorporarse progresivamente al trabajo agrícola.

              El problema fue que la agricultura comenzó a depender cada vez más de la industria. El suelo dejó de ser visto como un sistema vivo que debía ser alimentado y comenzó a tratarse como un soporte al que había que suministrar nutrientes externos. La fertilidad, el control de plagas y la producción comenzaron a depender cada vez más de productos fabricados fuera del campo.

              Lo que había sido desarrollado para destruir, proteger y sostener la maquinaria de guerra encontró así un nuevo destino: el campo.

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              En el próximo capítulo

              La transformación de la agricultura no terminó con la llegada de la maquinaria, los insecticidas y los compuestos de síntesis al campo. Una vez que la industria encontró en la agricultura un nuevo destino para la tecnología y la capacidad productiva desarrolladas durante las guerras, también comenzó a cambiar la manera de entender la alimentación de las plantas. El suelo pasó progresivamente de ser considerado un sistema vivo a ser tratado como un soporte al que podían suministrarse elementos específicos desde el exterior. Así, la lógica industrial no solo incorporó nuevos productos agrícolas, sino también una nueva forma de entender la nutrición: identificar un elemento, fabricarlo o concentrarlo y entregarlo directamente a la planta.

              Esta nueva manera de entender la nutrición vegetal dio origen a una agricultura cada vez más dependiente de fertilizantes, formulaciones NPK y otros insumos destinados a entregar determinados elementos de manera rápida y específica. La pregunta dejó de centrarse únicamente en cómo alimentar y mantener vivo el suelo, para comenzar a enfocarse en qué elemento necesitaba la planta y cuánto debía suministrarse. De esta manera, la nutrición comenzó a dividirse en componentes que podían ser medidos, formulados y aplicados por separado.

              Pero aquí aparece una pregunta fundamental que debemos responder antes de continuar: ¿es lo mismo entregar un nutriente directamente a una planta que alimentar el suelo que hace posible su nutrición? Comprender esta diferencia es esencial para entender por qué la agricultura orgánica propone una mirada distinta sobre la fertilidad. Un suelo vivo no es simplemente una reserva de nutrientes esperando ser utilizada; es un sistema en el que la materia orgánica, los minerales, los microorganismos, el agua y las raíces interactúan constantemente para transformar, almacenar, movilizar y poner nutrientes a disposición de las plantas.

              Y con esta pregunta cerramos nuestro recorrido por la historia de la guerra, los venenos y la llegada de la industria al campo. Ahora que conocemos de dónde proviene buena parte de la lógica que dio origen a los fertilizantes modernos, podemos avanzar hacia el siguiente capítulo Agricultura Orgánica Básica y Agroindustria II.II – Fertilizantes, NPK y Abonos Naturales, donde analizararemos directamente qué son los fertilizantes, cómo funciona el modelo NPK y qué diferencia existe entre entregar nutrientes de manera directa y construir un suelo capaz de nutrir continuamente a sus plantas.

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              Agricultura Orgánica Básica y Agroindustria I.II – El medio ambiente, semillas y evolución

              Hemos visto como la vida está en la naturaleza. Sin embargo, el modelo industrial necesita negar la vida para poder reducir todo a procesos físicos y químicos. Ese ha sido también el entrenamiento de muchos agrónomos, quienes han sido formados para observar únicamente las propiedades físicas y químicas del suelo, dejando completamente de lado la biología.

              Los fertilizantes químicos aportan elementos altamente solubles que producen respuestas rápidas, pero de corta duración. Lo que realmente permanece es la vida. La vida continuará existiendo independientemente del ser humano. La humanidad fue invitada a participar de un sistema cuyas leyes ya estaban establecidas mucho antes de nuestra aparición. Nosotros no inventamos esas leyes; únicamente podemos obedecerlas o interrumpirlas.

              Cuando queremos transformar un mineral insoluble en un nutriente disponible necesitamos que exista vida. Sin vida no es posible realizar ese proceso. Solamente la microbiología, sostenida por la materia orgánica, puede transformar continuamente lo insoluble en soluble y continuar el espiral. En realidad, todo el curso puede resumirse en este principio: la materia orgánica constituye la base indispensable para que la vida se instale en el suelo y permita que todos los procesos biológicos continúen funcionando de manera permanente.

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              Transgénicos, del laboratorio al campo

              No debemos olvidar que un organismo transgénico, en el sentido de un organismo modificado mediante ingeniería genética, es una creación tecnológica desarrollada por el ser humano. La modificación ocurre bajo condiciones cuidadosamente controladas, donde los investigadores pueden seleccionar un gen, incorporarlo al organismo y observar su comportamiento dentro de un ambiente diseñado para reducir al mínimo las variables externas. En el laboratorio es posible controlar la temperatura, la humedad, la cantidad de luz, el agua, los nutrientes y muchas otras condiciones. De esta manera, el organismo modificado puede estudiarse dentro de un sistema relativamente predecible.

              Pero una planta no vive en un laboratorio. Cuando ese organismo sale del ambiente controlado y entra en contacto con el campo, comienza a relacionarse con una realidad mucho más compleja. Allí aparecen variaciones de temperatura, lluvia, viento, radiación solar, humedad, composición del suelo, disponibilidad de nutrientes, microorganismos, hongos, insectos, otras plantas y muchos otros factores que interactúan permanentemente entre sí. El clima de un campo nunca permanece exactamente igual y el suelo tampoco es un medio estático.

              Por eso, una modificación genética no puede entenderse separada del ambiente en el que finalmente se expresa. El gen modificado forma parte de un organismo completo, y ese organismo debe vivir dentro de una red de relaciones biológicas, físicas y químicas que no pueden reproducirse completamente dentro de un laboratorio. Una característica puede comportarse de una determinada manera bajo condiciones controladas y manifestarse de otra forma cuando cambian las condiciones ambientales.

              Aquí aparece una idea fundamental para comprender la agricultura: la genética no actúa sola. La expresión de las características de una planta ocurre en permanente interacción con el ambiente. La misma semilla puede encontrarse con diferentes temperaturas, diferentes suelos, diferentes comunidades microbianas y diferentes condiciones de agua, y cada una de esas relaciones puede modificar su desarrollo.

              Por eso, cuando una planta modificada genéticamente llega al campo, comienza una nueva etapa. Ya no existe solamente la relación entre el gen y la planta; aparece la relación entre el organismo, el suelo y todo el ecosistema que lo rodea. Comprender esa transición desde el ambiente controlado hacia la complejidad de la naturaleza es fundamental para entender qué significa realmente cultivar una planta y cómo se comporta la vida fuera del laboratorio.

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              ¿Qué ocurre con los genes del medio ambiente?

              Por eso debemos hacernos una pregunta fundamental: ¿qué ocurre con los genes del medio ambiente? Ningún organismo puede desarrollarse completamente aislado de su entorno, porque la vida funciona a través de una interacción permanente entre lo que el organismo lleva consigo y las condiciones que lo rodean. Esa interacción modifica continuamente su desarrollo y constituye una de las bases de la evolución. Un ser vivo no permanece exactamente igual durante toda su existencia: responde, se adapta y cambia en relación con su ambiente.

              Los genes contienen información, pero esa información no funciona de manera independiente. La temperatura, el agua, la luz, el suelo, los nutrientes, los microorganismos y otros seres vivos pueden influir en la manera en que esa información se manifiesta. Una misma semilla, por ejemplo, puede desarrollarse de manera diferente dependiendo del suelo donde crezca, de la cantidad de agua que reciba, de la temperatura o de las relaciones que establezca con los microorganismos. Por eso podemos decir, de manera simbólica, que el medio ambiente también forma parte de nuestra información biológica: son nuestros “genes externos”.

              Esto significa que para comprender realmente a un organismo no basta con estudiar solamente su genética. También debemos observar el ambiente en el que esa genética se expresa. El organismo transforma su entorno y, al mismo tiempo, el entorno transforma al organismo. Suelo, clima, agua, microbiología, nutrición y genética forman una red de relaciones que cambia continuamente.

              La vida, por lo tanto, no es solamente información genética: es la expresión de esa información en relación permanente con el ambiente. Ahí comienza a aparecer la verdadera complejidad de la evolución.

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              La evolución fuera del laboratorio

              Con el tiempo, una semilla transgénica puede reproducirse, cruzarse y adaptarse a las condiciones del ambiente, dando origen a nuevas variedades que ya no respondan exactamente al material genético original. Es precisamente esa transformación natural la que puede generar una pérdida de control para la industria. Mientras la semilla permanece dentro de un sistema controlado, sus características pueden ser seleccionadas y manejadas; pero cuando entra en contacto con un suelo vivo, con microorganismos, materia orgánica, minerales, otras plantas y diferentes condiciones ambientales, comienza a formar parte de un proceso de evolución que ya no puede ser controlado completamente.

              Una biología activa en el suelo aumenta la cantidad de relaciones a las que está expuesta la semilla. Bacterias, hongos y otros microorganismos interactúan con las raíces, mientras el clima, el agua, los nutrientes y las demás plantas modifican continuamente las condiciones de crecimiento. En cada generación pueden aparecer nuevas combinaciones y respuestas. Una semilla que evoluciona libremente puede incluso dar origen a poblaciones adaptadas a un territorio específico, diferentes del material genético que originalmente salió del laboratorio.

              Por eso, incorporar materia orgánica, biofertilizantes y microorganismos al suelo es fundamental: fortalece la biología, aumenta la diversidad y favorece los procesos naturales de adaptación. En un solo centímetro de suelo puede existir aproximadamente medio millón de genes pertenecientes a microorganismos. Esa enorme diversidad representa un potencial biológico capaz de interactuar permanentemente con las plantas y con su ambiente.

              La lógica industrial busca reducir esa diversidad para que predomine la genética de la semilla comercial y sea más fácil controlar el sistema. Cuando el suelo pierde su microbiología, también disminuyen las relaciones que permiten la adaptación natural. Es como eliminar todos los perros de la calle para que sobrevivan únicamente los perros criados en casa: al reducir la diversidad, aumenta el control; al fortalecerla, aumenta la capacidad de adaptación de la vida.

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              La semilla como patrimonio vivo

              Frente a esta situación, una de las estrategias más importantes es fortalecer los bancos de germoplasma campesinos, conservar las variedades locales y promover el intercambio de semillas entre agricultores. De esta manera, las semillas permanecen vinculadas a los territorios y continúan adaptándose a sus condiciones particulares. En Colombia, después de la firma del Tratado de Libre Comercio, comenzaron a implementarse normas que exigían el uso de semillas certificadas. Estas medidas tuvieron como consecuencia la sanción de agricultores y el decomiso y destrucción de semillas que no cumplían con dichas exigencias, dificultando la conservación y circulación de variedades tradicionales.

              En México ocurrió algo diferente. La industria no logró hacer desaparecer las variedades tradicionales de maíz porque muchos campesinos continuaron seleccionando, conservando e intercambiando sus propias semillas. Esta práctica permitió mantener una enorme diversidad genética y conservar variedades adaptadas a diferentes territorios y condiciones ambientales.

              A través de la observación y la selección realizada generación tras generación, el campesino se convierte en un verdadero mejorador de sus cultivos. Observa cuáles plantas presentan mejores características, cuáles resisten mejor las condiciones de su territorio, cuáles producen más y cuáles se adaptan mejor a su ambiente. Luego selecciona sus semillas y las utiliza para formar la siguiente generación. Con cada ciclo de selección, el conocimiento del agricultor y la adaptación de la semilla se encuentran y se enriquecen mutuamente.

              Así, conservar una semilla no significa simplemente guardar un grano. Significa conservar información, adaptación, diversidad y conocimiento acumulado durante generaciones. Cada semilla campesina puede representar una parte de un patrimonio genético vivo, construido, seleccionado y enriquecido por comunidades que han aprendido a relacionarse con su territorio a través del tiempo.

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              Conceptos que no debemos olvidar

              1. Las leyes de la naturaleza

              La vida funciona de acuerdo con leyes y relaciones que existían mucho antes de la humanidad. No creamos esas leyes; participamos dentro de ellas y nuestras acciones pueden respetarlas o interrumpir sus procesos.

              2. El ambiente como información biológica

              Los genes no actúan de manera aislada. El ambiente también participa en la expresión y transformación de la vida. El suelo, el clima, el agua, los microorganismos y otros seres vivos pueden considerarse, simbólicamente, “genes externos”.

              3. La evolución de la semilla

              Una semilla transgénica, al reproducirse y relacionarse con su ambiente, puede cruzarse y adaptarse a nuevas condiciones. Con el tiempo, este proceso puede dar origen a nuevas variedades que presentan características diferentes.

              4. La diversidad genética

              La diversidad permite que las plantas tengan diferentes características y capacidades de adaptación. Cuando esta diversidad se reduce, también disminuyen las posibilidades de respuesta y adaptación de las poblaciones.

              5. El control de la diversidad

              La lógica industrial busca reducir la diversidad para que predomine la genética de determinadas semillas comerciales. Al concentrar la producción en pocas variedades, aumenta el control sobre el sistema agrícola.

              6. La conservación de las semillas

              Conservar las variedades locales significa mantener semillas adaptadas a territorios, condiciones ambientales y conocimientos específicos. No se trata solamente de guardar semillas, sino de conservar diversidad y capacidad de adaptación.

              7. El intercambio de semillas

              El intercambio entre agricultores permite que las semillas continúen circulando, reproduciéndose y adaptándose a diferentes territorios. También mantiene vivo el conocimiento asociado a su selección y conservación.

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              En el próximo capítulo

              Ahora vamos a avanzar un poco más en el espiral y a observar una conexión que nos lleva desde el suelo hasta nuestro propio organismo. Después de haber visto cómo la agricultura convencional ha ido inactivando progresivamente la biología del suelo mediante el uso de CIDAS, podemos observar que el proceso no termina ahí. Una vez debilitada esa compleja red de vida, continuamos especializando y simplificando el suelo para adaptarlo a determinados cultivos, buscando que produzca de manera eficiente para nuestras necesidades.

              Pero al hacerlo, también vamos perdiendo diversidad. Un suelo vivo, con una amplia variedad de microorganismos, nutrientes y relaciones biológicas, es reemplazado progresivamente por un sistema cada vez más simplificado, diseñado para sostener determinadas plantas bajo determinadas condiciones. Y aquí el espiral vuelve hacia nosotros.

              La simplificación que provocamos en el suelo termina reflejándose en la planta, en nuestros alimentos y finalmente en nuestro propio organismo. Al reducir la diversidad y la complejidad de los sistemas que producen nuestros alimentos, también estamos modificando la diversidad de aquello que incorporamos a nuestra alimentación.

              Esta relación adquiere una importancia especial cuando observamos nuestra microbiota intestinal. Al igual que el suelo, nuestro intestino es un ecosistema vivo, complejo y diverso, donde innumerables microorganismos interactúan entre sí y con nuestro organismo. Una alimentación cada vez más simplificada, proveniente de sistemas agrícolas cada vez más simplificados, también termina afectando la diversidad de nuestra propia flora intestinal. Así, el espiral nos muestra una relación profunda: suelo, planta, alimento y organismo forman parte de un mismo proceso de vida.

              Por eso, en el capítulo siguiente vamos a profundizar en cómo la nutrición y la diversidad biológica del suelo influyen directamente en la calidad de los alimentos que producimos y, a través de ellos, en nuestra propia nutrición, nuestra microbiota intestinal y nuestra salud. Lo que hacemos con el suelo no queda en el suelo. La vida que simplificamos abajo también termina simplificándose dentro de nosotros.

              En Agricultura Orgánica Básica y Agroindustria I.III – Nutrición del suelo y salud profundizaremos en una idea fundamental: la salud de la planta y la nuestra comienzan mucho antes de la planta misma; comienza en la vida del suelo que la alimenta.

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              Agricultura Orgánica Básica y Agroindustria I – Las 3 M y el Suelo

              Introducción: Las 3 M

              Para empezar quiero compartir con ustedes lo más básico. Y cuando digo “lo más básico”, me refiero a aquello que nos permite tener una formación sólida para comprender la vida. Esa formación básica consiste en entender cómo nace una planta y cómo se relaciona con el mundo. Lo importante es entender la relación entre la parte superior de la planta y su parte inferior, ya que nunca existe una sin la otra; siempre hay una base que sostiene el sistema. Cuando nos alejamos de esas bases, perdemos todo. Entonces aparece una relación que llamamos la ecuación de las 3 M. Esa ecuación representa la relación entre el mundo mineral (rocas y elementos que no provienen directamente de seres vivos), el mundo de la materia orgánica (algo que alguna vez estuvo vivo y que vuelve a alimentar la vida del suelo),  y el mundo de la microbiología (seres vivos muy pequeños que viven en el suelo y cerca de las raíces).

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              Mundo mineral

              El mundo mineral es la base material sobre la que se construye la vida. Está formado por rocas, minerales y elementos que encontramos en el suelo, como calcio, magnesio, potasio, fósforo, hierro, zinc, cobre, manganeso y boro. Muchos de estos elementos se encuentran unidos a diferentes minerales y no siempre están disponibles para que una planta pueda utilizarlos directamente. Podemos imaginar el mundo mineral como una gran reserva de materias primas: los elementos están presentes, pero necesitan ser transformados, liberados o movilizados para que puedan entrar en la vida de la planta. El agua, las raíces, el clima y, especialmente, la microbiología participan en estas transformaciones. Por eso, encontrar un mineral en el suelo no significa necesariamente que la planta pueda aprovecharlo. El mundo mineral proporciona los elementos que la vida necesita para construir raíces, tallos, hojas, flores, frutos y semillas.

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              Mundo de la materia orgánica

              La materia orgánica está formada por materiales que alguna vez estuvieron vivos y que regresan al suelo, como hojas, raíces, ramas, frutos, restos de plantas, animales, estiércol, compost y otros residuos orgánicos. Cuando estos materiales llegan al suelo comienzan a transformarse y se convierten en una fuente fundamental de carbono, energía y diferentes compuestos para los organismos que allí viven. La materia orgánica no debe entenderse simplemente como alimento directo para la planta, porque gran parte de su importancia está en alimentar y sostener la vida del suelo. Una hoja que cae, por ejemplo, no desaparece: primero es transformada por microorganismos, después sus componentes pasan por diferentes procesos y finalmente una parte de esa materia puede volver a incorporarse al suelo y participar nuevamente en la vida. Por eso la materia orgánica representa una de las grandes conexiones entre lo que estuvo vivo y lo que volverá a estarlo.

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              Mundo de la microbiología

              La microbiología comprende una enorme diversidad de organismos microscópicos que viven en el suelo y alrededor de las raíces, como bacterias, hongos y otros microorganismos. Aunque muchos de ellos son invisibles para nuestros ojos, realizan una enorme cantidad de transformaciones que permiten que el suelo permanezca vivo. Los microorganismos utilizan materia orgánica y compuestos liberados por las raíces como fuente de energía y, mediante sus procesos metabólicos, participan en la descomposición, transformación, movilización y solubilización de diferentes elementos minerales. De esta manera, la microbiología actúa como un gran puente entre el mundo mineral, la materia orgánica y la planta. La planta también participa activamente en esta relación, liberando por sus raíces exudados, como azúcares y otros compuestos, que sirven de alimento para numerosos microorganismos. Así se establece una relación permanente en la que la planta, la materia orgánica, los minerales y la microbiología se transforman mutuamente.

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              La relación entre las 3 M

              Cuando comprendemos estos tres mundos, entendemos que mineral, materia orgánica y microbiología no son elementos separados, sino partes de una misma realidad. El mineral aporta los elementos, la materia orgánica aporta materia y energía para la vida del suelo, y la microbiología participa en la transformación y movilización de esos elementos. La planta recibe los recursos que necesita, crece, produce nuevas hojas, raíces, flores, frutos y semillas, y finalmente parte de esa materia vuelve nuevamente al suelo. De esta manera, la naturaleza no funciona como una línea que comienza y termina, sino como una espiral continua de transformación.

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              Las fuerzas y la energía de la naturaleza

              Hay que comprender cómo circula todo, cómo asciende la energía, cómo los minerales viajan disueltos en el agua y cómo funcionan las diferencias de presión. ¿Quién empuja? ¿Quién sostiene? ¿Cómo podemos navegar dentro de una planta? Una persona que no entiende una planta jamás podrá entender lo que come y mucho menos comprender la vida. Hay que introducirse en las entrañas de la vida y descubrir sus misterios.

              Cuando comenzamos a hacerlo desde una agricultura orgánica diferente, empezamos a comprender las relaciones de la física, que es la manera como resisten los elementos a su degradación, las relaciones de la química, que es la composición de los elementos y sus reacciones, y las relaciones de la biología, que es la que se encarga de vivificar y hacer soluble lo insoluble (transformar los minerales del suelo en una forma que las plantas puedan absorber a través de sus raíces).

              Es precisamente esa interacción entre física, química y biología la que hace posible la manifestación de las tres únicas formas de energía que utiliza la vida: energía para la protección, energía para la reproducción y energía para la producción. No existen otros tipos de energía. La naturaleza produce energía para protegerse, reproducirse y producir.

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              Cosechamos Energía

              Cuando cosechamos una planta, estamos aprovechando una, dos o incluso las tres formas de energía. El ser humano nunca será autosuficiente. Ese discurso de que podemos ser completamente autosuficientes es falso. La especie humana no realiza fotosíntesis por lo que dependemos de que alguien más transforme la energía del Sol. Dependemos de las plantas, ellas capturan la energía solar y la almacenan en sus raíces. En las raíces existe un verdadero sol escondido. Allí permanece la energía que posteriormente asciende para alimentar toda la planta. La planta mantiene secuestrado un sol y este curso comienza precisamente cuando entendemos qué significa ese “sol secuestrado”. Hay que comenzar a entender ese mundo, un mundo profundamente orgánico donde todo parte del mundo mineral. Entonces surge una pregunta: ¿Qué es una planta?

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              ¿Qué es una planta?

              Una planta es la manifestación constante de todos los momentos infinitos de transformación de los minerales. Una planta nunca es igual de un instante a otro. La planta pasa por infinitos momentos. El momento en que la fertilizamos es diferente del momento en que deja de recibir fertilización. El instante en que cambia la temperatura también modifica completamente su estado. Cada cambio representa un momento distinto.

              Comprender esas relaciones es comenzar a entender la agricultura desde la vida. La planta es un registro dinámico de momentos, a cada instante la planta es diferente. ¿En qué momento la fertilizamos? ¿Qué ocurrió antes? ¿Qué está ocurriendo ahora? Todas esas relaciones son internas. Se habla constantemente de causa y efecto y la vida no funciona así. La vida no es simplemente una relación entre causa y efecto, esa es una visión bidimensional, cartesiana, lienal, matemática. La vida no es matemáticas. La vida no es un “uno más uno igual dos”. Si la vida fuera solamente causa y efecto, sería completamente predecible y todos los bosques serian iguales. Pero la vida es infinita. Es indefinible. La vida no es una secuencia obligatoria de acontecimientos, es una manifestación maravillosa. Entonces debemos hacernos otras preguntas sencillas: ¿Dónde se hace el calor? ¿Dónde permanece? ¿Cómo circula?

              En ese universo infinito de relaciones comenzamos a comprender que el efecto también puede convertirse en una nueva causa. En la naturaleza, nada ocurre de manera completamente aislada: cada transformación modifica las condiciones para la siguiente. Lo que sucede en el suelo influye en la planta, la planta transforma su entorno y ese entorno vuelve a influir sobre ella. Existe, por tanto, una red permanente de relaciones donde cada elemento participa en la continuidad de la vida. Esta interdependencia constituye uno de los principios fundamentales de la agricultura orgánica: comprender la vida no como una sucesión de acontecimientos aislados, sino como un sistema vivo de relaciones y transformaciones.

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              Cuando logramos encontrar el punto donde esas relaciones convergen, también encontramos una de las claves para comprender cómo la vida se conserva, se transmite y continúa. Ese punto está en la semilla.

              La Semilla

              La semilla representa una de las formas más extraordinarias de organización de la materia seca. En ella, la planta concentra y protege estructuras, información genética y reservas necesarias para iniciar una nueva vida. Es una estructura aparentemente pequeña, pero contiene la capacidad de reconstruir un organismo completo cuando encuentra las condiciones adecuadas.

              La semilla no es simplemente el comienzo de una planta: es la continuidad de la vida concentrada en una estructura capaz de esperar, resistir y volver a manifestarse. En ella se encuentra el resultado de innumerables transformaciones anteriores y, al mismo tiempo, el potencial de todas las transformaciones que todavía están por venir. Por eso podemos comprenderla como un verdadero punto de unión entre el pasado de la vida y su futuro. La semilla es sagrada. Pero entonces surge otra pregunta: ¿De dónde nace realmente una semilla?

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              ¿De dónde nace realmente una semilla?

              Nace precisamente de ese punto donde el mundo mineral se transforma en un mundo vivo y orgánico. Ese punto de encuentro es el humus. El humus representa la intersección entre ambos mundos. Allí ocurre el milagro de la transformación. Allí la materia deja de ser solamente mineral y comienza verdaderamente la vida. El humus representa la unificación de la vida, allí convergen el mundo mineral y el mundo orgánico. Es el punto donde ambos dejan de estar separados para convertirse en una sola realidad. Esa es la esencia de la vida. Comprender esto nos permite comenzar a entender algo aparentemente sencillo: ¿Qué es una hoja?

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              ¿Qué es una hoja?

              Una hoja no es solamente una estructura verde: es un verdadero milagro bioquímico. En ella ocurre una de las transformaciones más extraordinarias de la naturaleza. Allí la planta captura carbono de la atmósfera y lo transforma en energía viva. Todo sucede gracias a un proceso extremadamente sofisticado que llamamos fotosíntesis. Pero ese proceso no ocurre aislado. Existe una comunicación permanente entre la hoja, la materia orgánica, el suelo y la microbiología. Muchas veces se dice que la materia orgánica alimenta directamente a la planta, pero no es así, la materia orgánica alimenta a la microbiología. Y es esa microbiología la que procesa los minerales y los pone verdaderamente a disposición de la planta. La planta mantiene una comunicación constante con los microorganismos y esa comunicación ocurre mediante energía.

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              El sol y la fotosíntesis

              Cada día una planta entrega aproximadamente entre 60 y 70 miligramos de azúcares por sus raíces para alimentar a los microorganismos del suelo. Es extraordinario pensar que una cantidad tan pequeña de azúcar sea suficiente para movilizar un universo completo de bacterias, hongos y otros organismos. Gracias a esa energía, los microorganismos transforman los minerales y los hacen disponibles para la planta. La planta conversa permanentemente con la microbiología. Cuando necesita producir flores, envía señales. La microbiología responde entregándole los elementos necesarios.

              Cuando la planta comienza a formar frutos, vuelve a comunicarse con los microorganismos, y nuevamente recibe aquello que necesita. Todo funciona mediante una comunicación permanente. La microbiología nunca permanece estática. Se renueva minuto a minuto. Es un proceso continuo impulsado por la energía. Esa renovación permanente es uno de los grandes milagros de la naturaleza que sucede gracias a los cloroplastos. Un cloroplasto es una pequeña parte que está dentro de las células de las plantas y que funciona como una mini fábrica de energía. El cloroplasto captura la luz del Sol y la utiliza para fabricar alimento mediante la fotosíntesis. El cloroplasto es como el panel solar de la planta: recibe la luz del Sol y ayuda a convertirla en energía para vivir.  Si comprendemos el funcionamiento de los cloroplastos, podremos comprender realmente la agricultura orgánica, porque entender una planta significa, antes que cualquier otra cosa, entender cómo captura, transforma y administra la energía para sostener la vida.

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              Comprender los cloroplastos significa comprender el origen de toda la energía que sostiene la vida. Cada una de estas estructuras mantiene una relación permanente con las demás unidades de la célula, formando un sistema integrado donde nada funciona de manera aislada. Esa acumulación y transformación de energía es la que permite que exista la vida tal como la conocemos. Pero esta energía no permanece únicamente dentro de la planta; también alimenta a la microbiología del suelo. Allí aparece un concepto fundamental: la endosimbiosis (uno dentro de otro).

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              ¿Quiénes participan en esa endosimbiosis?

              Principalmente bacterias y hongos, organismos que acompañaron la conquista de la vida terrestre y permitieron que las primeras plantas pudieran establecerse sobre los continentes. Si no comenzamos a entender esta dinámica, jamás podremos recuperar una agricultura orgánica verdaderamente diferente de la agricultura química. La agricultura química se fundamenta en ofrecer productos para consumir y matar, mientras que la agricultura orgánica busca comprender las relaciones que sostienen la vida. Por eso debemos aprender a encontrar respuestas complejas observando fenómenos sencillos. Cuando partimos de lo simple para comprender lo complejo, descubrimos que existe un punto de integración donde convergen todas las relaciones. Entonces: ¿Cómo funciona un bosque?

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              ¿Cómo funciona un bosque?

              La biología son los intestinos del suelo, son los cocineros de las plantas.  Es la biología que le dice a la planta: “ahí te va tal nutriente”, y la planta, por el desarrollo que tiene, le dice al microorganismo: “necesito boro”. Y el microorganismo recibe nutrientes de la planta: carbohidratos, azúcares. La planta se comunica con los microorganismos a partir de los exudados de la raíz. La raíz constantemente está soltando azúcar. Pero la planta, en ese momento cuando necesita boro, está en floración o va para floración por lo que tiene un metabolismo cargado de hormonas. Entonces el microorganismo dice: – Dame hormonas y te doy boro -. Entonces la planta suelta hormonas para la microbiología, ya que  la microbiología necesita hormonas para reproducción. La microbiología le paga a la planta solubilizando el boro (transformar el mineral de suelo en una forma que las plantas puedan absorber a través de sus raíces), y la planta toma el boro para aumentar el tamaño de la floración y del fruto.

              Pasó la floración. La planta dice: – Necesito magnesio -. Entonces el microorganismo dice: – Yo necesito hierro -. Entonces hay trueque. La planta le da hormonas, el microorganismo entrega hierro, y se intercambian. Siempre se complementan los elementos. Eso se llama reciprocidad de los elementos de la tabla periódica en la nutrición. Hay un libro escrito sobre todo esto en 1965. Se llama “Reciprocidad de los elementos en las plantas”. Como los elementos son recíprocos, están siempre amarrados. Sabemos que las plantas tienen esa relación

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              ¿Cómo es el enfoque de una agricultura totalmente química?

              Una agricultura totalmente de venenos. A difernecia de la agricultura orgánica que se fundamenta en 3 pliares fundamentales, la agricultura de los venenos se fundamenta sólo en 2: la física del suelo (donde las plantas están ancladas) y la química. ¿Quién falta ahí? La Microbiología. ¿Por qué? Porque es el elemento biológico el que hace la solubilidad que, como hemos visto recientemente, es transformar los minerales del suelo en una forma que las plantas los puedan absorber a través de sus raíces. Entonces ¿qué nos vende la industria? Fertilizantes altamente solubles con nitrógeno, fósforo y potasio (NPK).

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              Si la industria me vende un servicio de solubilidad, la primera cosa que debería preguntarme es: ¿Por qué yo no puedo hacer la solubilidad? ¿Por qué no tengo la solubilidad? Porque me falta la biología. La industria lo que hizo fue monopolizar el lado de la solubilidad. Cuando yo compro un servicio de la industria, compro un servicio que la naturaleza me presta gratuitamente. ¿Y por qué no tengo la biología?

              Insecticida…

              Fungicida…

              Pesticida…

              Yo inactivé la biología. Si inactivé la biología no tengo solubilidad y ahí está el éxito industrial. Entonces, ¿qué hacer? Aprender solubilidad de los minerales. ¿Cómo se solubilizan los minerales? Entendiendo la biología.

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              Vean una cosa muy sencilla para entender cómo se elimina la biología del suelo. ¿Qué vende la industria? Vende fungicidas. ¿Dónde aplican el fungicida? Pues a las hojas, ¿verdad? Del principio activo del fungicida que tú aplicas a una planta…

              ¿Cuánto cae en la planta y cuánto cae al suelo?

              Vamos a resumir. El 99,5 % del principio activo de todo fungicida se dirige al suelo. Ningún agrónomo protege el suelo para aplicar un fungicida. Solamente el 0,5 % del principio activo del veneno cae en las hojas. La mayoría se lava y va para el suelo.

              ¿Los fungicidas son selectivos, solamente matan un tipo de hongo?

              No. Los fungicidas son de amplio espectro.No son selectivos. O sea, matan todo lo que pueden matar. Entonces yo paralizo el suelo. ¿Qué hay en el suelo transformando la materia orgánica? Organismos. El negocio es redondo: Si yo tengo fungicida aplicado al suelo, voy a inhibir la biología. Cuando yo aplico un fungicida para el suelo, en la realidad yo especializo el suelo para un determinado cultivo y simplifico la biología del suelo. Entonces, cada vez que yo aplico un veneno, simplifico el factor digestivo de la materia orgánica. Es él el que va a hacer posible que la planta se mantenga nutrida y al mismo tiempo saludable, fuerte y sin enfermedades.

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              Círculo vicioso

              Después viene un insecticida. ¿Por qué? Porque al estar más débil viene el insecto y la consume. Las plantas débiles son pastoreadas por insectos. Entonces viene el círculo vicioso, plaguicida, herbicida, nematicida, etc. Al ultilizar un fertilizante altamente soluble de la agroindustria, al aumentar la solubilidad de los nutrientes también aumenta la solubilidad del contenido celular de la planta, y una célula con mayor disponibilidad de compuestos solubles resulta mucho más atractiva para insectos y patógenos. Cuando aplicamos venenos o pesticidas, especialmente fungicidas, alteramos directamente la armonía existente entre los cloroplastos y las mitocondrias (encargados de producir energía, procesar nutrientes y transformar moléculas vitales para la vida). Esa alteración modifica el funcionamiento bioquímico de la planta, incrementando artificialmente la disponibilidad de energía.

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              El fósforo y los insectos

              La bioquímica vegetal trabaja permanentemente con el fósforo, y cuando aplicamos productos fosforados altamente solubles esa disponibilidad energética aumenta todavía más. Como consecuencia, los insectos encuentran una enorme cantidad de energía fácilmente accesible.

              Los insectos poseen una capacidad limitada para producir su propia energía, por lo que siempre buscan plantas donde esa energía ya se encuentre disponible. Cuando una planta es atacada por insectos, hongos o parásitos, en realidad estos organismos están buscando energía fácilmente aprovechable. Si encuentran una planta rica en energía libre, cambian completamente su metabolismo: aumenta su longevidad, incrementan su fertilidad, producen más huevos, acortan sus ciclos reproductivos y multiplican rápidamente sus poblaciones.

              Cuanto mayor es la cantidad de fertilizantes altamente solubles y pesticidas que aplicamos, mayor suele ser la respuesta reproductiva de esos organismos. Por eso el verdadero problema no consiste en eliminar los insectos, sino en comprender qué está ocurriendo nutricionalmente dentro de la planta. Debemos estudiar la relación entre la nutrición vegetal y la presencia de insectos, porque estos no aparecen por casualidad.  Cuando una planta ofrece exactamente los nutrientes y la energía que un insecto necesita, este encuentra allí las condiciones ideales para alimentarse y reproducirse. En consecuencia, antes de la presencia del insecto siempre existe un disturbio fisiológico en la planta.

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              Los insectos son indicadores de la desarmonía que la agricultura química provoca mediante la alteración de las relaciones naturales entre la nutrición, la energía y la biología del suelo. En una planta donde existe armonía no sobra energía disponible; la energía producida durante el día es utilizada y regulada eficientemente por la propia planta. En esas condiciones los insectos encuentran menos alimento energético, disminuye su fertilidad, viven menos tiempo, producen menos huevos y sus ciclos biológicos se vuelven más largos.

              En esas condiciones los insectos encuentran menos alimento energético, disminuye su fertilidad, viven menos tiempo, producen menos huevos y sus ciclos biológicos se vuelven más largos. La agricultura química, por el contrario, rompe esa armonía, incrementa artificialmente la energía libre y deja disponible una enorme cantidad de materia prima para insectos, hongos y demás organismos oportunistas, que simplemente aprovechan la oportunidad que la propia planta les ofrece.

              La agricultura química incrementa artificialmente la energía disponible dentro de la planta y, al hacerlo, facilita la aparición de organismos oportunistas. Los hongos, por ejemplo, no poseen la capacidad de producir por sí mismos la energía que necesitan; por eso reciben el nombre de oportunistas. Siempre están buscando el momento adecuado, una planta que les ofrezca energía fácilmente disponible para poder establecerse. Lo mismo ocurre con muchos insectos y otros parásitos: no crean el problema, simplemente aprovechan una condición favorable que la propia planta les ofrece.

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              La cromatografía

              Por eso es necesario comprender principios como la termodinámica (cómo la energía entra, sale y se transforma) aplicada a la agricultura. Si logramos entender la relación entre el Sol, la energía y la agricultura, comenzaremos a comprender las verdaderas bases que sostienen la vida vegetal. Todo esto conduce nuevamente a un concepto fundamental: la integración. Ese punto de integración representa el lugar donde se encuentran y se relacionan los diferentes procesos que hacen posible la vida. Precisamente allí aparece la importancia de la cromatografía (técnica para evaluar la salud y la vitalidad del suelo).

              Un cromatograma no es simplemente una prueba de laboratorio; es una representación de las relaciones físicas, químicas y biológicas que existen dentro del suelo. Refleja la manera en que la materia orgánica, la microbiología y los minerales interactúan entre sí. Cuando observamos un cromatograma de buena calidad encontramos una integración armónica entre esos tres mundos. Esa integración es la que permite que los procesos biológicos ocurran de manera continua. Por esa razón necesitamos incorporar materia orgánica al suelo, no solamente para alimentar a la planta, sino para volver a conectar el mundo biológico con el mundo mineral.

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              Agroindustria (vida) vs. Agricultura Orgánica (muerte)

              La materia orgánica actúa como un puente que restablece esa comunicación permanente. Sin embargo, esa unificación solamente puede alcanzarse desde la humildad. Practicar agricultura orgánica requiere una gran estructura ética, pero sobre todo requiere humildad y humanidad. Cuando observamos un cromatograma no estamos viendo simplemente colores; estamos contemplando la manifestación de las relaciones entre los minerales, la materia orgánica y la microbiología. Esa es la verdadera interpretación de un croma.

              La arquitectura del cromatograma es sorprendentemente sencilla, porque trabaja únicamente con círculos y formas simples. Allí podemos comparar el comportamiento físico, químico y biológico del suelo orgánico y el de la industria , y comprender algo muy importante: la industria nunca vende vida.

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              Conceptos que no debemos olvidar

              Bacterias: Microorganismos que participan en la transformación de la materia y los minerales del suelo.

              Biología del suelo: Todos los seres vivos que habitan el suelo y participan en sus transformaciones.

              Cloroplasto: Pequeña estructura dentro de las células vegetales que captura la luz del Sol y participa en la fotosíntesis.

              Cromatografía: Técnica que permite observar patrones que representan las relaciones físicas, químicas y biológicas del suelo.

              Cromatograma: Imagen que se obtiene mediante una cromatografía y que permite observar visualmente diferentes características del suelo.

              Endosimbiosis: Relación en la que un organismo vive dentro de otro.

              Exudados: Sustancias, como azúcares, que las raíces liberan al suelo para relacionarse con los microorganismos.

              Fotosíntesis: Proceso mediante el cual la planta utiliza la luz del Sol para producir alimento y energía.

              Hongos: Organismos que forman parte de la microbiología y pueden establecer relaciones con las raíces de las plantas.

              Humus: Materia orgánica muy transformada que representa un punto de encuentro entre el mundo mineral y el mundo orgánico.

              Materia orgánica: Material que alguna vez estuvo vivo, como hojas, raíces, frutos, ramas, estiércol o compost.

              Microbiología: Conjunto de seres vivos muy pequeños que viven en el suelo y cerca de las raíces.

              Microorganismo: Ser vivo tan pequeño que normalmente necesitamos un microscopio para verlo, como muchas bacterias y hongos.

              Mineral: Elemento que forma parte de las rocas y del suelo y que puede ser utilizado por las plantas.

              Reciprocidad: Relación en la que diferentes elementos u organismos se complementan e intercambian recursos.

              Solubilidad: Transformación de un mineral para que pueda quedar disponible y ser absorbido por las raíces a través del agua.

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              En el próximo capítulo

              Hasta aquí hemos comenzado a comprender que la vida no puede explicarse únicamente desde lo que vemos. Detrás de cada planta existe una historia de relaciones entre minerales, materia orgánica, microbiología, energía y, especialmente, información. La planta no solo recibe elementos del suelo: también responde permanentemente a las condiciones que la rodean, y en esa interacción se expresa una información que viene de mucho más atrás. Los genes que encontramos en una semilla no son una realidad aislada; son el resultado de una historia de adaptación y de la interacción constante entre la vida y su ambiente.

              Por eso, para comprender realmente una semilla, no basta con mirar su estructura: debemos comenzar a preguntarnos de dónde proviene la información que contiene, cómo se relaciona con el ambiente y cómo las condiciones externas pueden influir en la manera en que esa información se manifiesta. Desde aquí podemos avanzar un poco más en el espiral y ampliar nuestra mirada hacia la relación entre la vida, el ambiente y la transmisión de sus características. Este será el punto de partida de Agricultura Orgánica Básica y Agroindustria I.II – El medio ambiente, semillas y evolución, donde profundizaremos en las semillas, los genes y la relación permanente entre la información de la vida y el ambiente que la rodea.

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