Proporciones
La receta se organiza en cuatro componentes principales: materia orgánica, minerales, estructura física y microbiología, además de la fauna del suelo.
1. Materia orgánica — 70 %
20 L de fibra de coco — 20 %
15 L de turba rubia — 15 %
5 L de turba negra — 5 %
15 L de compost maduro — 15 %
10 L de vermicompost maduro — 10 %
5 L de tierra de hoja — 5 %
Total: 70 L
2. Estructura física — 25 %
15 L de perlita — 15 %
7 L de vermiculita — 7 %
3 L de carbón activado — 3 %
Total: 25 L
3. Minerales — 5 %
3 L de harina de roca — 3 %
1 L de tierra de diatomeas — 1 %
1 L de otro material mineral, según disponibilidad y necesidad — 1 %
Total: 5 L
Además, por cada 100 L de mezcla:
1 puñado de ceniza de madera
1 puñado de sales de Epsom (sulfato de magnesio)
Estos dos materiales se incorporan en pequeñas cantidades y no forman parte del porcentaje volumétrico de la mezcla.
4. Microbiología
Trichoderma, según la dosis recomendada por el fabricante.
Micorrizas, según la dosis recomendada por el fabricante.
El compost y vermicompost maduros aportan naturalmente una comunidad diversa de microorganismos.
5. Fauna del suelo
Lombriz roja californiana, si el sistema y el tipo de cultivo permiten mantenerlas.
Orden de preparación
- Mezclar la materia orgánica: fibra de coco, turbas, compost, vermicompost y tierra de hoja.
- Incorporar la estructura física: perlita, vermiculita y carbón activado.
- Agregar los minerales: harina de roca y tierra de diatomeas.
- Añadir el puñado de ceniza y el puñado de Epsom, distribuyéndolos muy bien por toda la mezcla.
- Humedecer progresivamente hasta conseguir una humedad uniforme, sin saturar.
- Incorporar Trichoderma y micorrizas respetando las dosis de cada producto.
- Mezclar suavemente para distribuir todos los componentes sin destruir la estructura.
- Dejar que la mezcla comience a integrarse, manteniendo humedad y aireación adecuadas.
Así tenemos 100 litros de mezcla base, pero lo importante es que esta mezcla no se considera terminada simplemente porque los ingredientes estén juntos. Desde ese momento comienza el proceso en el que las 3 M —materia orgánica, minerales y microbiología— empiezan a relacionarse y el sustrato entra en la espiral de la vida.
Humedecer el sustrato
Una vez mezclados todos los componentes, llega el momento de humedecer el sustrato. Para hacerlo, utilizaremos preferentemente agua de lluvia o, si no es posible, agua previamente desclorada. El agua debe incorporarse poco a poco, mientras mezclamos, para conseguir una humedad uniforme y evitar que algunas zonas queden completamente secas y otras saturadas.
Una forma sencilla de comprobar la humedad correcta es realizar la prueba del puño: toma un puñado de sustrato y apriétalo firmemente con la mano. Al hacerlo, observa cómo se comporta el agua. Si el agua escurre abundantemente entre los dedos, el sustrato está demasiado húmedo y debemos incorporar aire y mezclarlo para reducir el exceso. Si al apretarlo el sustrato mantiene cierta forma y se siente húmedo, pero no libera agua en exceso, estamos cerca de la humedad adecuada. Si se desarma completamente y se siente seco, necesita un poco más de agua.
La idea es conseguir un sustrato húmedo, suelto y bien aireado, no empapado. La humedad permitirá que los microorganismos comiencen a activarse y que las raíces, hongos y demás organismos puedan desarrollarse, mientras los espacios de aire mantienen disponible el oxígeno necesario para la vida del sustrato.
Una vez alcanzada la humedad adecuada, dejamos que la mezcla comience a integrarse. El agua no solo humedece los materiales: es una de las condiciones que permite que las tres M —Materia Orgánica, Minerales y Microbiología— comiencen a relacionarse y entrar en la espiral de la vida.

