Recordemos algo fundamental: la naturaleza es un universo en el que todo está conectado y en constante movimiento. Nada permanece exactamente igual. Una planta es la expresión del suelo; es hija de una secuencia infinita de procesos, intercambios y relaciones. El suelo alimenta a la planta, la planta produce hojas, flores, frutos y semillas, y una parte de todo aquello que produjo finalmente regresa al suelo. Allí continúa un proceso de transformación. No estamos frente a una máquina que repite exactamente el mismo ciclo, sino frente a un sistema vivo que cambia permanentemente.

Nada se pierde realmente. La materia cambia de forma, cambia de estado, cambia de composición y vuelve a incorporarse a otros procesos. Lo que para nosotros puede parecer un residuo, para otro organismo puede convertirse en alimento. Una hoja que cae deja de ser parte de la copa de un árbol, pero se transforma en alimento para microorganismos, hongos, pequeños invertebrados y, finalmente, en materia orgánica que vuelve a incorporarse al suelo. Lo que nosotros llamamos desperdicio muchas veces es simplemente materia que todavía no hemos aprendido a utilizar.

Y aquí comienza nuestro recorrido por este nuevo capítulo: comprender que la materia no desaparece, sino que continúa su transformación. Lo que una planta deja atrás puede convertirse en alimento para otros organismos; lo que estos organismos transforman puede volver al suelo; y aquello que regresa al suelo puede, nuevamente, participar en la nutrición de una planta. La naturaleza no desecha: transforma, reutiliza y vuelve a incorporar.

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Cuando la materia “muere” comienza a transformarse

Cuando decimos que algo “muere”, estamos hablando de que deja de funcionar como un organismo vivo. Pero la materia que formaba ese organismo no desaparece. Sus partes comienzan a separarse, transformarse y volver a incorporarse al ambiente. La descomposición es precisamente ese proceso: aquello que estaba organizado como una planta, un animal o cualquier otro ser vivo comienza a convertirse nuevamente en materiales que otros organismos pueden utilizar.

Podemos imaginarlo de una manera muy sencilla. Cuando una hoja cae al suelo, comienza a desarmarse poco a poco. El agua de la lluvia puede atravesarla y llevarse algunas sustancias que se disuelven en ella. A este proceso lo llamamos lixiviación. Es parecido a cuando ponemos una bolsita de té en agua caliente: el agua atraviesa el material y se lleva algunas de sus sustancias. En el suelo ocurre algo parecido; el agua puede transportar pequeñas cantidades de minerales y otras sustancias solubles hacia lugares más profundos, donde pueden quedar disponibles para otros organismos o continuar su recorrido.

También ocurre algo que vemos todos los días: la evaporación. Cuando una superficie húmeda recibe calor, parte del agua se transforma en vapor y pasa al aire. Es como cuando dejamos un vaso con agua durante mucho tiempo y, aunque nadie se la haya tomado, el nivel comienza a bajar. El agua no desapareció: una parte pasó del estado líquido al estado gaseoso y volvió a incorporarse al aire. En la naturaleza, este proceso ocurre constantemente.

Y después de que el agua se mueve o se evapora, quedan restos sólidos. Son las partes que todavía no se han transformado o que necesitan más tiempo para ser descompuestas. Hojas, fibras, minerales, pequeñas partículas y otros materiales permanecen en el suelo mientras microorganismos, hongos, lombrices y otros organismos continúan trabajando sobre ellos. Poco a poco, esos restos cambian nuevamente de forma y composición.

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La materia no desaparece, se transforma

Por eso podemos decir, de una manera sencilla, que cuando algo “muere”, la materia que lo formaba puede comenzar a aparecer nuevamente en diferentes formas: una parte puede permanecer como sólido, otra puede disolverse y ser transportada por el agua, y otra puede pasar al aire en forma de vapor. No significa que todo se convierta al mismo tiempo en los tres estados, sino que la materia continúa circulando y transformándose entre ellos.

Y aquí aparece una de las ideas más hermosas de la naturaleza: al morir, no dejamos simplemente de existir dentro del sistema; dejamos de existir de una manera para comenzar a formar parte de otras. Una hoja puede convertirse en alimento para un hongo. El hongo puede alimentar a otro organismo. Las sustancias liberadas pueden incorporarse al suelo. El suelo puede alimentar una nueva planta. Y aquella planta puede convertirse nuevamente en alimento, refugio, materia orgánica o semilla.

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Todo se descompone y todo se compone

Así, la descomposición no es solamente el final de algo. Es también el comienzo de otra composición. La materia se desarma para volver a organizarse de otra manera. Lo que alguna vez fue parte de un organismo puede terminar formando parte del suelo, del agua, del aire, de un microorganismo, de una planta o incluso de otro ser vivo. La naturaleza no hace desaparecer la materia: la transforma, la mueve y la vuelve a incorporar.

Por eso, cuando hablamos de muerte en la naturaleza, quizás sea más preciso hablar de una transformación. El organismo termina, pero la materia continúa. Se descompone, se dispersa, se transforma y vuelve a participar en nuevas formas de vida. Una parte de nosotros puede terminar siendo suelo; otra puede viajar con el agua; otra puede regresar al aire; y otra puede convertirse en alimento para algo que todavía no existe. Morimos como una forma de organización, pero la materia continúa su viaje. Y en ese viaje, pasamos a formar parte de algo más.

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¿Qué es el compostaje?

El compostaje es el proceso natural y controlado mediante el cual diferentes organismos transforman la materia orgánica en un material estable, rico en materia orgánica y lleno de vida. Hojas, ramas, restos de frutas, verduras y otros materiales que alguna vez estuvieron vivos comienzan a ser utilizados por bacterias, hongos, actinomicetos, pequeños invertebrados y muchos otros organismos. Cada uno participa de una manera diferente y, mientras se alimentan, crecen y se reproducen, van transformando poco a poco los materiales originales. Por eso, compostar no significa simplemente dejar que algo se pudra: significa crear las condiciones para que la vida transforme la materia.

¿Cómo funciona el compostaje?

El compostaje funciona gracias a una sucesión de comunidades de organismos. Al comienzo, algunos microorganismos aprovechan las sustancias más fáciles de transformar, como ciertos azúcares y compuestos solubles. A medida que estos materiales disminuyen, aparecen otros organismos capaces de trabajar sobre sustancias más resistentes, como las fibras vegetales. Cada comunidad modifica el material y las condiciones del compost, dejando nuevos recursos disponibles para los organismos que vendrán después. De esta manera, el compostaje avanza como una sucesión de etapas en las que diferentes formas de vida van realizando diferentes trabajos.

El compostaje es un proceso vivo

Mientras ocurre el compostaje, dentro de la pila o compostera existe una enorme actividad que muchas veces no podemos ver. Los microorganismos están alimentándose, respirando, creciendo, reproduciéndose y muriendo. Algunos viven durante muy poco tiempo, por lo que pueden sucederse muchísimas generaciones durante el proceso. Cuando un microorganismo muere, parte de su propia materia puede convertirse nuevamente en alimento para otros organismos. Así, la transformación no ocurre solamente sobre las hojas, ramas o restos de alimentos que agregamos, sino también sobre la materia producida por los propios seres vivos que participan en el compostaje.

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Desarmar para volver a construir

Podemos imaginar el compostaje como un gran taller de transformación. Los organismos van desarmando los materiales originales en partes cada vez más pequeñas y luego utilizan esas partes para construir sus propios cuerpos y nuevas sustancias. Una hoja puede dejar de parecer una hoja porque sus componentes fueron separados y utilizados por diferentes organismos. Después, parte de esos componentes puede formar parte de otros seres vivos y posteriormente volver al suelo. La materia está cambiando continuamente de forma y de organización, pero no desaparece simplemente porque ya no podamos reconocer de dónde provino

El tiempo y la maduración

El tiempo tiene un papel muy importante en el compostaje. Durante los primeros períodos puede existir una gran cantidad de materiales fáciles de transformar y una actividad biológica muy intensa. Más adelante, cuando esos materiales disminuyen, aparecen comunidades capaces de trabajar sobre aquello que resulta más difícil de transformar. Por eso, mientras el compost continúa madurando, muchas generaciones de organismos siguen actuando sobre los materiales que quedan. Un compost maduro no es simplemente un compost que estuvo guardado durante mucho tiempo: es un compost que ha tenido tiempo suficiente para atravesar diferentes etapas de transformación.

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¿Qué pasa con un compost vivo que tiene muchos años?

A medida que el compost madura, los materiales originales se van transformando y se integran cada vez más entre sí. Las sustancias más fáciles de degradar ya han sido utilizadas y las comunidades de organismos han cambiado. El resultado es una materia orgánica más estable, homogénea e integrada, extremadamente beneficiosa para incorporarla al suelo. Por eso, para muchos usos agrícolas, un compost vivo de este tipo es invaluable. 

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La diversidad de materiales y de vida

La diversidad es una parte fundamental del compostaje. No todos los materiales orgánicos contienen lo mismo y no todos los organismos pueden alimentarse de las mismas sustancias. Una hoja, una rama, una cáscara de fruta o un resto vegetal ofrecen diferentes recursos. Cuando combinamos materiales variados, podemos alimentar a comunidades diferentes y favorecer una transformación más amplia de la materia. Lo mismo ocurre con la vida que habita el compost: cuanto más variadas sean las condiciones y los recursos disponibles, mayor puede ser la diversidad de organismos que participan en el proceso.

El compostaje como una espiral evolutiva

El compostaje puede ayudarnos a comprender la naturaleza como una espiral evolutiva de transformación. Un material entra al proceso en una determinada forma, diferentes organismos lo transforman y aparecen nuevas formas de materia que pueden ser utilizadas nuevamente. Después ocurren otras transformaciones y aparecen nuevas posibilidades. No regresamos exactamente al mismo punto de partida, porque la materia ha cambiado durante el camino. Cada generación recibe algo que ya fue transformado por las generaciones anteriores y continúa trabajando sobre ello. Así, el compostaje nos muestra que la materia puede recorrer una larga trayectoria de transformación junto con la vida.

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Compostaje urbano: llevar este proceso a nuestras casas

El compostaje no pertenece solamente al campo o a las grandes explotaciones agrícolas. También podemos compostar en una casa, un departamento, una terraza, un patio o un pequeño huerto urbano. Cada huertero y cada persona que cultiva sus propios alimentos debería, en la medida de sus posibilidades, aprender a producir su propio compost. Si queremos saber qué estamos entregando a nuestras plantas, necesitamos conocer qué materiales estamos utilizando para alimentar el suelo. Y si cultivamos nuestros propios alimentos, también resulta importante saber qué estamos entregando finalmente a nuestro propio cuerpo. El compostaje urbano nos permite cerrar una parte de ese camino: nuestros restos orgánicos pueden volver al suelo, alimentar la vida del sustrato y participar nuevamente en la producción de nuestros alimentos.

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Saber qué estamos dando a nuestros cultivos

Si producimos nuestro propio compost, podemos conocer mucho mejor la historia de la materia que estamos incorporando a nuestros cultivos. Esto es importante porque la materia no aparece de la nada ni cambia mágicamente de una forma a otra: todo material tiene un origen. Si utilizamos determinados restos para producir compost, esos materiales contienen una historia que debemos conocer. Por eso, hacer compost no consiste solamente en juntar residuos; también significa aprender a elegir qué materia queremos devolver a nuestra tierra. Mientras mejor conozcamos ese origen, más conscientes seremos de lo que estamos utilizando para cultivar y, finalmente, de lo que llegará a nuestra alimentación.

La importancia del origen de los materiales

Para acercarnos lo más posible a los procesos naturales, también debemos preocuparnos por el origen de los materiales que utilizamos. Si queremos imitar al bosque, debemos recordar que en un bosque natural las hojas, ramas y restos vegetales provienen del propio ecosistema y participan de una larga relación entre suelo, plantas, animales y microorganismos. En cambio, algunos materiales que encontramos fuera de ese sistema pueden haber recibido tratamientos o contener sustancias que no queremos incorporar a nuestro compost. Por eso es importante conocer de dónde proviene cada material antes de agregarlo a la compostera.

Cuidado con los materiales que incorporamos

Debemos tener especial cuidado con materiales cuyo origen desconocemos. Por ejemplo, la tierra de hoja puede haber sido tratada con pesticidas u otros productos; los restos vegetales pueden provenir de cultivos que recibieron fertilizantes agroquímicos o tratamientos fitosanitarios; y algunos residuos pueden contener sustancias que no queremos llevar a nuestro suelo. Esto no significa que debamos tener miedo de compostar, sino que debemos aprender a observar, preguntar y seleccionar. Un buen compost comienza mucho antes de la compostera: comienza con la elección consciente de los materiales que vamos a incorporar.

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Acercarnos al bosque

El objetivo no es copiar exactamente un bosque, porque nuestro huerto es un sistema manejado por nosotros, pero sí podemos aprender de la manera en que la naturaleza transforma la materia. En un bosque nadie recoge las hojas para llevarlas a un vertedero: caen al suelo, son utilizadas por organismos, se transforman y vuelven a formar parte del suelo. Las plantas obtienen nuevamente recursos de ese sistema y producen nuevas hojas, flores, frutos y semillas. Cuando hacemos compost, estamos intentando recuperar parte de esa lógica natural y llevarla a nuestros espacios de cultivo, de una manera que podamos comprender, cuidar y manejar.

Del compost a nuestros alimentos

Cuando cultivamos nuestros propios alimentos, la relación con el compost se vuelve todavía más importante. Lo que incorporamos al suelo participa en el ambiente donde crecen nuestras plantas y forma parte de la historia de nuestro cultivo. Por eso queremos saber qué estamos utilizando, de dónde proviene y cómo ha sido transformado. Hacer nuestro propio compost nos ayuda a recuperar esa conexión entre los residuos, el suelo, las plantas y nuestros alimentos. De esta manera podemos acercarnos un poco más a comprender qué estamos cultivando y, finalmente, qué estamos comiendo realmente.

Aprender a compostar

Compostar parece sencillo, pero hacerlo bien requiere comprender algunos principios: qué materiales utilizar, cuáles evitar, cómo combinar los diferentes componentes, cómo manejar la humedad, la aireación y la temperatura, cómo reconocer las distintas etapas del proceso y cómo saber cuándo el compost realmente está maduro. Por eso, en nuestra web también contamos con un curso de compostaje, donde profundizamos en este proceso y aprendemos paso a paso cómo transformar nuestros residuos orgánicos en un recurso para nuestros cultivos.

CURSO DE COMPOSTAJE
CURSO DE VERMICOMPOSTAJE (COMPOSTA CON LOMBRICES)

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Nada se pierde, todo se transforma

El compostaje nos enseña una idea sencilla pero muy profunda: los materiales que consideramos residuos pueden convertirse nuevamente en recursos. Una hoja puede transformarse en materia orgánica del suelo; un resto vegetal puede alimentar microorganismos; los microorganismos pueden alimentar a otros organismos; y todo ese proceso puede contribuir al crecimiento de nuevas plantas. La materia continúa transformándose y la vida continúa participando en esa transformación. Por eso, compostar es mucho más que reciclar residuos orgánicos: es aprender a trabajar junto con la vida para devolver a la tierra aquello que algún día salió de ella.

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El bosque y su retroalimentación

El bosque se retroalimenta constantemente: lo que ocurre arriba alimenta lo que ocurre abajo. Las hojas caen, las ramas se desprenden, los frutos quedan en el suelo y los organismos, al morir, dejan su materia disponible para otros seres vivos. Hongos, bacterias, microorganismos, lombrices y pequeños invertebrados transforman estos materiales y los integran nuevamente al suelo. Así, la materia no queda detenida, sino que continúa moviéndose y cambiando dentro del ecosistema.

El compostaje busca acercarnos a esta forma de trabajar de la naturaleza. No se trata simplemente de juntar residuos y esperar a que desaparezcan, sino de crear las condiciones para que una comunidad diversa de organismos pueda alimentarse, reproducirse y transformar la materia. Al combinar distintos materiales y mantener humedad, aireación y otras condiciones adecuadas, construimos un pequeño ecosistema donde cada organismo participa de una parte del proceso y donde lo que uno transforma puede convertirse en alimento para otro.

Esta retroalimentación también nos enseña que lo que entregamos determina lo que el sistema puede producir. Una materia orgánica diversa y de buena procedencia ofrece más posibilidades para la vida que participa en su transformación. Por eso, cuando trabajamos con compost y lombrices, debemos recordar que la vida no puede transformar aquello que nunca recibió. Lo que ponemos hoy en el suelo puede convertirse mañana en nueva materia orgánica, alimento para otros organismos y recursos para nuestras plantas, continuando así la espiral de transformación de la vida.

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La materia no desaparece, se transforma

Por eso podemos decir, de una manera sencilla, que cuando algo “muere”, la materia que lo formaba puede comenzar a aparecer nuevamente en diferentes formas: una parte puede permanecer como sólido, otra puede disolverse y ser transportada por el agua, y otra puede pasar al aire en forma de vapor. No significa que todo se convierta al mismo tiempo en los tres estados, sino que la materia continúa circulando y transformándose entre ellos.

Y aquí aparece una de las ideas más hermosas de la naturaleza: al morir, no dejamos simplemente de existir dentro del sistema; dejamos de existir de una manera para comenzar a formar parte de otras. Una hoja puede convertirse en alimento para un hongo. El hongo puede alimentar a otro organismo. Las sustancias liberadas pueden incorporarse al suelo. El suelo puede alimentar una nueva planta. Y aquella planta puede convertirse nuevamente en alimento, refugio, materia orgánica o semilla.

Así, la descomposición no es solamente el final de algo. Es también el comienzo de otra composición. La materia se desarma para volver a organizarse de otra manera. Lo que alguna vez fue parte de un organismo puede terminar formando parte del suelo, del agua, del aire, de un microorganismo, de una planta o incluso de otro ser vivo. La naturaleza no hace desaparecer la materia: la transforma, la mueve y la vuelve a incorporar.

Por eso, cuando hablamos de muerte en la naturaleza, quizás sea más preciso hablar de una transformación. El organismo termina, pero la materia continúa. Se descompone, se dispersa, se transforma y vuelve a participar en nuevas formas de vida. Una parte de nosotros puede terminar siendo suelo; otra puede viajar con el agua; otra puede regresar al aire; y otra puede convertirse en alimento para algo que todavía no existe. Morimos como una forma de organización, pero la materia continúa su viaje. Y en ese viaje, pasamos a formar parte de algo más.

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Conforme come el mulo, caga el culo

Existe una enseñanza campesina que resume de manera sencilla uno de los principios más profundos de la agricultura orgánica: ningún organismo puede entregar aquello que nunca recibió. En el compostaje solemos hablar de microorganismos, lombrices, hongos y humificación, pero antes de comprender esos conceptos debemos entender algo mucho más básico: la calidad de la materia orgánica siempre comienza en su origen. Lo que alimentamos será transformado por la vida, y esa transformación dependerá directamente de la materia prima que pongamos a disposición de los organismos.

Mi maestro lo explicaba de una manera directa y difícil de olvidar:

“Conforme come el mulo, caga el culo. Tú no puedes comer arroz y cagar presas de pollo. Entonces, hay de humus a humus y de materia prima a materia prima. Las lombrices, por ejemplo, estas (las de la casa) producen materia orgánica con buen condimento de cebolla, ya que nosotros tenemos mucha cebolla. Y el lugar donde no le meten cebolla, el humus es sin cebolla. Aquí ellas cagan con cebolla. Entonces es un encebollado. Aquí se produce una humificación encebollada. En otro será encilantrada porque usarán restos de cilantro. Entonces, conforme esa lombriz procesa lo que come, caga un abono de menor o menor calidad, o sea, la lombriz no tiene un estómago milagroso; si ella come arroz, no puede cagar presas de pollo, al igual que tú. Conforme come el mulo, caga el culo. Así me decían los campesinos en Perú. Entonces, el excremento de la lombriz es una buena materia orgánica y entre más diverso sea su alimentación, más diverso caga.”

Detrás de esta frase existe una reflexión muy importante. Muchas veces buscamos comprar el mejor compost o el mejor abono pensando solamente en el producto final, cuando en realidad deberíamos preguntarnos primero ¿de qué fue alimentado ese sistema? El abono no aparece por arte de magia ni las lombrices poseen la capacidad de inventar nutrientes que nunca estuvieron presentes en su alimentación. Ellas transforman, mezclan, fragmentan y enriquecen biológicamente la materia que reciben, pero siempre trabajan con los recursos que la naturaleza les entrega.

Una alimentación basada en restos variados de hojas, frutos, verduras, cultivos, compost maduro y diferentes materiales orgánicos ofrece una diversidad mucho mayor que un sistema alimentado siempre con un único residuo. Esa diversidad garantiza un producto milagroso y construye un ambiente mucho más rico para que distintas comunidades de organismos participen en la transformación de la materia.

Aquí aparece también la verdadera importancia del humus. El humus representa una materia orgánica profundamente transformada, resultado de innumerables interacciones entre microorganismos, hongos, lombrices y pequeños organismos del suelo. Es la consecuencia de una larga historia biológica donde la materia ha sido desarmada, utilizada y nuevamente integrada en nuevas estructuras cada vez más estables.

El compost, entonces, es la materia prima de esa transformación. Durante el compostaje los materiales van cambiando progresivamente gracias a la acción de la microbiología, mientras que la humificación representa una etapa donde esa materia alcanza un nivel mucho mayor de integración con la vida del suelo. Por eso no debemos obsesionarnos solamente con producir grandes cantidades de compost, sino con mantener sistemas vivos capaces de continuar transformando la materia durante largos períodos de tiempo.

La lección de mi maestro también cambia la forma en que observamos nuestras propias composteras. Cada hoja, cada rama, cada cáscara de fruta, cada resto de cosecha y cada material que incorporamos lleva consigo una historia. Esa historia continuará dentro del compost y formará parte de la materia orgánica que posteriormente devolveremos al suelo. Elegir conscientemente los materiales significa elegir también la calidad biológica del alimento que recibirán los organismos encargados de transformar la tierra.

Y esa es la verdadera profundidad del dicho campesino: conforme come el mulo, caga el culo. No habla solamente de una lombriz; habla de toda la naturaleza. Habla de que ningún ser vivo puede construir riqueza a partir de la ausencia de materia, de que toda transformación necesita una materia prima y de que la diversidad que entregamos hoy será la base de la diversidad que mañana encontrará el suelo. Antes de preguntarnos qué humus queremos obtener, debemos preguntarnos qué vida estamos alimentando y con qué materia estamos construyendo nuestro propio suelo.

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La historia del kril y el omega-3

En un pequeño pueblo costero, donde durante generaciones la pesca y el consumo de pescado formaban parte fundamental de la vida cotidiana, la población presentaba buenos niveles de ácidos grasos omega-3. Sin embargo, con la llegada de la industria, parte de la pesca tradicional fue reemplazada por peces criados en cautiverio, alimentados con productos industriales en lugar de obtener su alimento directamente del ecosistema marino.

Los estudios realizados posteriormente encontraron un dato llamativo: los niveles de omega-3 en la población habían disminuido, a pesar de que las personas continuaban consumiendo pescado. Entonces surgió la pregunta: ¿cómo era posible que siguieran comiendo pescado, pero tuvieran menos omega-3?

La respuesta estaba en la alimentación de esos peces. En el ecosistema marino, muchos peces se alimentan de organismos como el kril, un pequeño crustáceo que forma parte de la cadena alimentaria marina y que contiene importantes ácidos grasos omega-3. Al consumir estos organismos, los peces incorporan parte de esos nutrientes a sus propios tejidos, y posteriormente esos nutrientes pueden llegar a las personas que consumen el pescado.

Con la crianza en cautiverio, esa cadena alimentaria había cambiado. Los peces ya no recibían la misma diversidad de alimentos que encontraban en el océano, sino alimentos formulados con materias primas determinadas. El pez seguía siendo pescado y podía verse prácticamente igual, pero ya no estaba comiendo lo mismo. Y al cambiar su alimentación, también cambió su composición nutricional.

La enseñanza es sencilla pero profunda: no basta con preguntarnos qué estamos comiendo; también debemos preguntarnos qué comía aquello que estamos comiendo. La calidad y composición de lo que recibimos también están relacionadas con la alimentación y las condiciones que recibió aquello que posteriormente llega a nuestro plato

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La nutrición constante de la planta

Las plantas necesitan nutrientes de manera continua. El huerto está en permanente actividad y sus necesidades cambian según cada etapa de desarrollo: crecimiento vegetativo, floración, formación de semillas o producción de frutos. Por eso, más que entregar grandes cantidades de nutrientes de una sola vez, es importante mantener una disponibilidad constante y natural que permita a la planta tomar lo que necesita en cada momento y reajustar continuamente su nutrición.

Esto es especialmente importante en las hortalizas de desarrollo rápido, porque en pocas semanas pasan por distintas etapas y cualquier deficiencia puede manifestarse rápidamente. Una falta de boro, por ejemplo, puede afectar primero el desarrollo interno de la planta y luego hacerse visible en hojas, tallos y tejidos, provocando síntomas como manchas, deformaciones, pudriciones o tallos huecos. Otros elementos traza también participan en estos procesos, por lo que una alteración nutricional no siempre corresponde a la falta de un solo elemento.

Algo similar puede ocurrir en la cebolla. Cuando aparecen problemas como manchas o síntomas que se confunden con enfermedades, muchas veces la primera reacción es aplicar un fungicida. Sin embargo, antes de tratar el síntoma, debemos preguntarnos qué está ocurriendo con la nutrición de la planta y con el suelo. Una planta bien nutrida y un suelo biológicamente activo tienen mayores posibilidades de desarrollar tejidos fuertes y responder naturalmente frente a las dificultades.

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Conforme comes, te transformas

Podemos comprenderlo incluso fuera de la agricultura. Nuestro propio cuerpo es un ejemplo evidente. Lo que comemos aporta las materias primas que nuestro organismo utiliza para construir, reparar y mantener sus tejidos. No podemos alimentarnos exclusivamente de un solo tipo de materia y esperar que nuestro organismo reciba exactamente la misma diversidad nutricional que recibiría de una alimentación variada.

Lo mismo ocurre en un ecosistema, La calidad de la salida está relacionada con la calidad de la entrada. Esto es especialmente importante cuando hablamos de compost, vermicompost y nutrición del suelo. No podemos pensar únicamente en el organismo que realiza la transformación; debemos mirar también aquello que ponemos a su disposición.

Podemos enriquecer la materia orgánica utilizando diferentes fuentes vegetales, estiércoles adecuadamente manejados, restos de cosecha, compost maduro, minerales y otros materiales que permitan ampliar la diversidad de elementos disponibles. Pero siempre debemos recordar que agregar algo no significa necesariamente que ese elemento quede inmediatamente disponible para la planta. Primero tiene que entrar en una red de transformaciones biológicas, químicas y físicas. La naturaleza trabaja en procesos, no en productos instantáneos.

Nada se pierde, todo se composta.

Una hoja se transforma en alimento. El alimento se transforma en microorganismos. Los microorganismos transforman la materia. Las lombrices participan en ese proceso. El suelo recibe nuevamente los productos de todas esas transformaciones. La planta toma parte de ellos, crece, florece y produce frutos. El fruto contiene nuevas semillas. Y esas semillas vuelven a iniciar otra vuelta de la espiral. No regresamos al mismo lugar. Regresamos transformados.

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Conceptos Clave

Si miramos todo lo que hemos trabajado, podemos entender algo sencillo: el suelo, la planta, el animal y nosotros formamos parte de una misma espiral. Lo que sucede en el suelo termina expresándose en la planta, lo que ocurre en la planta pasa al animal o a la persona que la consume, y finalmente aquello que comemos se convierte en parte de nuestro propio organismo.

El suelo es un organismo vivo. Allí trabajan microorganismos, hongos, bacterias, lombrices, raíces, minerales, agua y materia orgánica. Por eso decimos que la planta es una expresión del suelo. Un suelo diverso y activo tendrá una mayor capacidad para transformar y poner nutrientes a disposición de las plantas.

Aquí aparecen nuevamente las 3 M: materia, minerales y microorganismos. La materia orgánica alimenta la vida del suelo, los minerales aportan elementos y los microorganismos participan en las transformaciones que permiten que esos elementos circulen. Por eso la nutrición no consiste solamente en agregar fertilizantes, sino en construir un sistema capaz de alimentarse y transformarse permanentemente.

La misma lógica aparece en el compost y en las lombrices. El organismo no puede devolver aquello que nunca recibió. Como dice el dicho campesino: “Conforme come el mulo, caga el culo”. La lombriz transforma aquello que recibe y, mientras más diversa sea su alimentación, más diversa será la materia orgánica que devolverá al suelo.

Por eso nada se pierde, todo se composta. Una hoja, un resto de cosecha, un estiércol o un residuo vegetal se convierten en materia prima para otros organismos. La naturaleza no trabaja con basura; trabaja con transformaciones. Lo que para nosotros parece un desperdicio, para otro organismo se convierte en alimento.

La planta come todos los días y todos los días reajusta su nutrición de acuerdo con su etapa de desarrollo. Por eso la nutrición se sostiene mediante una disponibilidad constante y natural de nutrientes, acompañada por todos los procesos biológicos que ocurren alrededor de la raíz.

Cuando simplificamos el suelo, simplificamos la vida que sostiene a la planta. Cuando simplificamos la alimentación de la planta, también se simplifica la composición de los alimentos que llegan a nuestra mesa. Por eso la pregunta no es solamente qué estamos comiendo, sino también sobre qué suelo fue producido y cómo fue alimentado aquello que estamos comiendo.

La historia del kril y el omega-3 lo demuestra. El pez podía seguir siendo pez y mantener prácticamente la misma apariencia, pero al cambiar su alimentación también cambiaba su composición nutricional. El suelo alimenta a la planta, la planta alimenta al animal y al ser humano, y nuestro organismo finalmente transforma aquello que recibe.

Nuestro organismo tampoco tiene un estómago milagroso. Puede transformar, utilizar y combinar nutrientes, pero necesita recibir las materias primas para hacerlo. Por eso, cuando simplificamos el suelo, simplificamos la planta; cuando simplificamos la planta, simplificamos nuestra alimentación; y cuando simplificamos nuestra alimentación, simplificamos las materias primas que recibe nuestro organismo.

Y aquí volvemos a la espiral: la semilla, la planta, el fruto, la materia orgánica, los microorganismos, el suelo y nuevamente la semilla. Cada vuelta incorpora algo nuevo. No regresamos exactamente al mismo lugar; regresamos transformados.

En el próximo capítulo

Después de comprender cómo funciona esta espiral de la materia, la nutrición y la vida, podemos mirar con otros ojos aquello que incorporamos a nuestros cultivos. La agricultura moderna desarrolló numerosos fertilizantes, abonos e insumos para intervenir sobre la nutrición y aumentar la producción, pero estos productos tienen una historia y un origen que muchas veces desconocemos. Antes de aprender a preparar nuestros propios abonos, necesitamos entender de dónde vienen los insumos que hoy utilizamos y cómo llegaron a formar parte de la agricultura.

Aquí comienza Agricultura Orgánica Básica y Agroindustria II.II – Fertilizantes, NPK y Abonos Naturales, donde conoceremos el origen y desarrollo de los fertilizantes y del modelo NPK, su relación con la agroindustria y la manera en que estos insumos transformaron nuestra forma de nutrir los cultivos. Más adelante, con esta comprensión como base, aprenderemos a elaborar nuestros propios abonos y a devolver al suelo materias que provienen de la vida y que pueden volver a integrarse en ella.

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