Antes de continuar, hagamos una pausa para enumerar algunos de los conceptos fundamentales que hemos revisado hasta ahora y que deben quedar claros antes de avanzar. Comprenderlos nos permitirá seguir avanzando en esta espiral y observar con mayor claridad qué ocurre cuando intervenimos sobre el suelo y simplificamos sus procesos naturales:

  1. El suelo es un organismo vivo.
  2. La planta es una expresión del suelo.
  3. Existe una relación indivisible entre la parte superior de la planta y su parte inferior, bajo el suelo.
  4. Todo el sistema está sustentado por el suelo.
  5. La agricultura orgánica se fundamenta en tres pilares: físico, químico y biológico.
  6. La agroindustria se fundamenta principalmente en dos pilares: físico y químico.
  7. En la agroindustria, la biología se reduce mediante el uso de fungicidas, plaguicidas y otros productos “-cidas”.
  8. Al reducirse la biología, disminuye la solubilización natural de los elementos.
  9. Al no existir solubilización, los elementos presentes en el suelo pueden no estar disponibles para la planta.
  10. Frente a esta falta de disponibilidad, se recurre a elementos de síntesis altamente solubles.

Entonces, ¿qué hace la agroindustria? En términos generales, se aleja del modelo del bosque y comienza a simplificar el suelo. Y mientras más simplificamos el suelo, más vulnerable hacemos al sistema, creando las condiciones para la aparición de patologías. Al alejarnos de una “mesa diversificada”, también empobrecemos nutricionalmente el sistema. Y cuando un sistema ya está desnutrido y continuamos alimentándolo siempre con lo mismo, el resultado difícilmente puede ser diferente: su capacidad de responder, adaptarse y sostener la vida se va reduciendo. Pensemos, por ejemplo, en una persona enferma cuya única alimentación durante un período prolongado fuera arroz. El arroz podría aportar energía, pero difícilmente podría cubrir por sí solo la diversidad de nutrientes que requiere un organismo para funcionar adecuadamente. Con el suelo ocurre algo semejante: cuando reducimos la diversidad, simplificamos los procesos y reemplazamos la complejidad biológica por una alimentación cada vez más específica y sintética, también comenzamos a transformar profundamente el sistema que depende de él.

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Presencia no significa disponibilidad

Las enfermedades que observamos en las plantas no aparecen de manera aislada ni pueden comprenderse únicamente por la presencia de un hongo, una bacteria o un insecto. Esto nos lleva nuevamente a una pregunta fundamental: ¿por qué aparece la patología? En muchos casos, la instalación de una patología está relacionada con un bloqueo, un disturbio mineral o una deficiencia nutricional que afecta el funcionamiento normal de la planta. Cuando un nutriente esencial no se encuentra disponible en la forma y en el momento en que la planta lo necesita, comienzan a alterarse diferentes procesos fisiológicos. La planta pierde capacidad de desarrollarse adecuadamente y, al mismo tiempo, disminuye su capacidad natural de responder frente a las condiciones del ambiente. Es entonces cuando pueden comenzar a manifestarse enfermedades y, posteriormente, acumularse diferentes patologías dentro del cultivo.

Sin embargo, aquí debemos hacer una distinción fundamental: que un elemento esté presente en el suelo no significa necesariamente que esté disponible para la planta. Un análisis de suelo puede mostrar cantidades importantes de fósforo, potasio, calcio u otros elementos, pero estos pueden encontrarse retenidos, fijados o asociados a diferentes componentes del suelo, de manera que la raíz no pueda acceder a ellos fácilmente. Por eso, cuando hablamos de nutrición vegetal, no basta con preguntar cuánto elemento existe en el suelo. Debemos preguntarnos también en qué forma se encuentra, dónde está, con qué está asociado y qué procesos permiten que vuelva a estar disponible para la planta.

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Más que fertilizar, comprender

Frente a esta situación, muchas veces observamos cuáles son los elementos que aparecen como disponibles o solubles y, casi automáticamente, recurrimos a una casa comercial para comprar fertilizantes que permitan incorporarlos nuevamente al sistema. Pero aquí aparece una pregunta mucho más profunda: si el suelo ya contiene grandes cantidades de un determinado elemento, ¿por qué debemos incorporar nuevamente ese mismo elemento? Si, por ejemplo, existe una cantidad importante de fósforo en el suelo, pero este se encuentra fijado y no puede ser aprovechado por la planta, quizás el problema no sea la falta de fósforo, sino la falta de condiciones que permitan movilizarlo y solubilizarlo.

Esta diferencia cambia completamente nuestra manera de entender la nutrición. El conocimiento no debería limitarse a saber qué fertilizante aplicar, sino a comprender cómo funciona el suelo y cómo podemos recuperar los procesos que hacen disponibles los nutrientes que ya existen en él. Para ello debemos considerar la relación entre la química del suelo, la materia orgánica y, especialmente, la microbiología. Los microorganismos participan en innumerables procesos de transformación y movilización de nutrientes, y su actividad está estrechamente relacionada con las condiciones físicas y químicas del suelo.

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¿Qué está ocurriendo realmente?

Aquí podemos comenzar a comprender una de las razones por las cuales la agricultura industrial encuentra una enorme oportunidad en los sistemas simplificados. Cuando aparecen patologías y, al mismo tiempo, determinados nutrientes no se encuentran disponibles para la planta, surgen soluciones externas para cada uno de esos problemas: fungicidas para las enfermedades, insecticidas para los organismos considerados plaga y fertilizantes altamente solubles para compensar determinadas deficiencias nutricionales. Así se construye un modelo en el que cada manifestación del problema puede recibir un producto específico.

Pero la pregunta que debemos hacernos es otra: ¿qué está ocurriendo realmente dentro del suelo? Debemos estudiar la solubilidad y disponibilidad de los elementos, su relación con la materia orgánica, la actividad de los microorganismos y las interacciones que se producen entre todos estos componentes. Porque el suelo no funciona como una simple bodega de nutrientes donde basta con agregar elementos cuando aparecen las deficiencias. Es un sistema vivo en el que los nutrientes circulan, se transforman, se fijan, se liberan y vuelven a incorporarse a diferentes procesos.

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La enfermedad comienza antes de aparecer

Por eso, muchas veces podemos observar una secuencia en la que primero aparece un disturbio nutricional, posteriormente se debilita el funcionamiento de la planta y finalmente se instala una patología. Una vez que esa patología se establece, puede generar nuevas condiciones de deterioro que favorecen la aparición de otros problemas. De esta manera, una alteración inicial puede desencadenar una cadena de acontecimientos que termina expresándose como múltiples enfermedades dentro del cultivo.

Comprender esta secuencia nos permite cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos solamente “¿qué producto debo aplicar para eliminar esta enfermedad?”, podemos comenzar a preguntarnos: “¿qué condición del suelo permitió que esta enfermedad encontrara las condiciones necesarias para establecerse?”. Ese cambio de perspectiva es fundamental para comprender la agricultura orgánica: no se trata únicamente de combatir aquello que aparece en la superficie, sino de recuperar las condiciones del suelo que permiten que la planta se nutra, se desarrolle y mantenga su salud como parte de un sistema vivo.

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La salud de la planta comienza en el suelo

Yo puedo tener un cultivo de coles con una deficiencia de potasio, y esa carencia puede afectar directamente la salud y la capacidad de respuesta de la planta. Cuando la planta se debilita, pueden aparecer organismos que aprovechan los tejidos dañados o necrosados, entre ellos los hongos saprófagos, que cumplen la función de descomponer la materia orgánica que ya ha perdido su vitalidad. A partir de ese momento puede desencadenarse una secuencia de procesos que favorece la aparición y acumulación de diferentes patologías. Por eso, el problema no necesariamente se resuelve aplicando productos directamente sobre la planta o el suelo; debemos comprender qué condición permitió que la planta se debilitara en primer lugar. La patología, en muchos casos, está estrechamente vinculada con las condiciones de salud del suelo.

Por otro lado, cuando comenzamos a trabajar un huerto desde cero, también debemos aprender a conocer y respetar los ciclos de cada cultivo. Una planta no permanece indefinidamente en las mismas condiciones productivas: sus raíces, hojas, frutos y brotes tienen momentos determinados para completar sus etapas vegetativas, de floración, maduración y producción. Si dejamos la cosecha demasiado tiempo en el terreno, podemos alterar su calidad y favorecer diferentes problemas, especialmente cuando esto coincide con períodos alternados de sequía y exceso de humedad. Un ejemplo son las zanahorias: cuando permanecen demasiado tiempo en el suelo y atraviesan estas variaciones ambientales, pueden presentar fenómenos de apertura, adquirir una apariencia más pálida y comenzar a deteriorarse. Por eso, producir también significa aprender a observar el tiempo biológico del cultivo y reconocer cuándo ha llegado el momento adecuado para cosechar.

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Suelo diverso, plantas protegidas

Las deficiencias relacionadas con la microbiología del suelo también pueden favorecer, en determinadas condiciones, la aparición de nemátodos (pequeños organismos, generalmente microscópicos, que viven en el suelo y que algunos pueden alimentarse de las raíces de las plantas). ¿Por qué ocurre esto? Porque existen nemátodos que se han especializado en determinados cultivos y pueden aprovechar las condiciones de vulnerabilidad de una planta. Cuando simplificamos la biología del suelo, también reducimos la diversidad de organismos y, con ello, algunos de los mecanismos naturales que contribuyen a la protección de las plantas. Una menor diversidad puede hacer que el sistema sea más vulnerable.

La naturaleza, en cambio, funciona a partir de una enorme cantidad de interacciones. Lo que observamos a simple vista es el resultado de miles de procesos que ocurren a escalas pequeñas: microorganismos, raíces, materia orgánica, minerales, insectos, hongos y muchos otros organismos participan simultáneamente. De estas múltiples interacciones surge la diversidad, y esa diversidad permite que existan diferentes funciones, respuestas y relaciones dentro del sistema. Cuando reducimos la cantidad y variedad de participantes, también reducimos la diversidad de procesos que pueden ocurrir. Por eso, simplificar el suelo significa también simplificar sus posibilidades de respuesta.

Un ejemplo frecuente en las crucíferas, como las coles y los repollos, es la deficiencia de boro. Este micronutriente participa en procesos relacionados con la formación y el desarrollo de los tejidos vegetales. Cuando existe una deficiencia, pueden aparecer alteraciones características: en las coles y repollos, por ejemplo, el tallo puede presentar una zona central hueca o poco desarrollada, en lugar de formar una estructura firme y compacta.

Esta debilidad estructural puede favorecer posteriormente la aparición de pudriciones en el tallo y afectar el desarrollo normal de la planta. En cultivos como la coliflor y el brócoli, una deficiencia de boro también puede interferir en los procesos de floración y producción, llegando incluso a provocar el aborto de la flor. Nuevamente, podemos observar cómo una alteración nutricional aparentemente pequeña puede desencadenar una cadena de consecuencias que termina afectando la salud y la productividad de todo el cultivo.

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Dos formas de nutrir la vida

Si comparamos la agricultura orgánica con la agricultura química desde el punto de vista de la nutrición, encontramos dos formas muy diferentes de entender cómo alimentar al cultivo. En la agricultura orgánica, el objetivo es mantener una presencia constante y diversa de nutrientes, procurando que la planta tenga acceso continuo a una amplia variedad de elementos provenientes principalmente de fuentes naturales. No se trata solamente de aportar nutrientes en grandes cantidades, sino de favorecer su presencia, circulación y disponibilidad a lo largo del tiempo. Mientras mayor sea la diversidad de elementos disponibles, mayores serán las posibilidades de mantener una armonía nutricional y de responder a las distintas necesidades que presenta la planta durante sus etapas de crecimiento, floración y producción.

La agricultura química, en cambio, tendió a simplificar la nutrición vegetal alrededor de tres elementos principales: nitrógeno (N), fósforo (P) y potasio (K). Estos nutrientes se incorporan generalmente mediante fertilizantes de alta solubilidad, muchos de ellos elaborados a través de procesos industriales que requieren un importante consumo de energía y, en algunos casos, utilizan materias primas asociadas a combustibles fósiles. El problema de esta simplificación no está solamente en la cantidad de nutrientes aportados, sino también en que una aplicación puntual no garantiza que esos elementos permanezcan disponibles de manera constante para la planta.

Por lo tanto, la diferencia fundamental está en el enfoque: mientras la agricultura química busca principalmente aportar determinados nutrientes mediante insumos externos, la agricultura orgánica busca construir las condiciones del suelo que permitan una nutrición diversa, constante y dinámica, apoyándose en la materia orgánica, la actividad microbiológica y los procesos naturales de transformación y disponibilidad de los elementos.

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Las plantas comen todos los días

Las plantas comen todos los días. El huerto come todos los días. El huerto se relaciona diariamente con la nutrición, y de ahí surge la pregunta: ¿por qué en la agricultura química le negamos alimento a la planta durante determinados períodos y después pretendemos entregarle, en un solo día, todo aquello que dejamos de aportar durante varios días o incluso varios meses? La planta no interpreta cantidades de nutrientes negadas y acumuladas. La planta responde a la constancia y a la presencia de los elementos. Y mientras más natural sea esa disponibilidad, mayor será la circulación y la reformulación permanente de la nutrición. Todos los días la planta necesita nutrientes y todos los días reajusta su nutrición de acuerdo con su estado de desarrollo, ya sea vegetativo, floral o de producción de semillas o frutos.

La planta todos los días reajusta su nutrición. Todos los días existe un reajuste, y el reajuste más intenso de la nutrición ocurre en las hortalizas. ¿Por qué? Porque son cultivos de ciclo corto: algunas hortalizas pueden cosecharse fácilmente en 30 días, como ciertos rábanos; otras, en unos 40 días, como algunas lechugas, dependiendo también del momento en que queremos llevarlas a la mesa. Esas son, más o menos, las consideraciones que debemos tener. Entonces, en este caso, si tenemos una deficiencia de boro, ¿qué sucede? El problema comienza desde la raíz, pasa por el tallo y automáticamente también se manifiesta en las hojas. A partir de ahí comienza a desarrollarse una patología en la que las coles pueden presentar pequeñas manchas negras, semejantes a cabezas de alfiler. Estos puntos negros son uno de los principales indicadores de que existe un problema, principalmente relacionado con el boro. Esta deficiencia puede conducir posteriormente a pudriciones y a la formación de tallos huecos, y también puede estar asociada con deficiencias de algunos elementos traza, como el molibdeno y el cobalto, que son necesarios para determinadas hortalizas.

Así también sucede con la cebolla. Las cebollas pueden presentar una deficiencia de este elemento, y esa deficiencia puede llevar a que la planta se deteriore. Aparece regularmente la roya y, entonces, la gente y los técnicos recomiendan aplicar un fungicida para combatirla. Sin embargo, en realidad, esa cebolla no necesariamente necesita un fungicida para la roya.

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Entendiendo la nutrición y entendiendo el suelo

Entendiendo la nutrición y entendiendo el suelo, podemos comprender claramente por qué las plantas se enferman y por qué nosotros nos enfermamos. Tres principios básicos de la nutrición en la agricultura orgánica: diversidad de los elementos, constancia de los elementos y síntesis natural. ¿Qué plantea, en cambio, la agricultura química? La agricultura química hace lo contrario: trabaja con pocos elementos, los incorpora de manera ocasional y, además, estos son principalmente de síntesis. Es sencillo.

Para entender la agricultura orgánica basta con observar esta diferencia: mientras en la agricultura química se utilizan tres, cuatro o cinco elementos y se aplican de vez en cuando, en la agricultura orgánica se busca una presencia constante y diversa de los elementos. ¿Díganme un solo día en que la planta no necesite fósforo? ¿Un solo día en que no se relacione con el boro, con el cobalto o con el potasio? Entonces, ¿por qué se los aportamos solamente de vez en cuando, una vez al mes? No. La planta se alimenta todos los días. El problema no es comer de vez en cuando grandes cantidades, sino recibir pequeñas cantidades de manera constante. La planta no interpreta grandes acumulaciones; la planta responde a la presencia constante de los elementos.

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Nutrición, disponibilidad y continuidad

De la misma manera que ocurre en el ser humano, la vida de cualquier organismo depende de la disponibilidad de alimento y de las condiciones del territorio en el que se desarrolla. La genética establece determinadas capacidades, pero es su interacción con el ambiente, la nutrición y el territorio la que permite que esas capacidades se expresen. Cuando existen condiciones favorables y una disponibilidad constante de recursos, aumentan las posibilidades de crecimiento, desarrollo y reproducción. Por eso debemos preguntarnos: ¿qué ocurre cuando dejamos de aportar nutrientes a una planta durante uno o dos meses y luego intentamos compensar esa ausencia aplicando de una sola vez grandes cantidades de fertilizantes altamente solubles? La planta no funciona como un recipiente que podamos llenar después de haberlo mantenido vacío durante semanas.

¿Qué significa entonces aportar nutrientes altamente solubles de manera ocasional? Significa que una parte importante de los nutrientes incorporados puede no permanecer disponible durante el tiempo que la planta los necesita. Por ejemplo, después de una aplicación de nitrógeno pueden producirse pérdidas importantes, mientras que parte del potasio puede quedar retenida o fijada en determinados componentes del suelo, y una fracción del fósforo puede fijarse rápidamente, reduciendo su disponibilidad para las raíces. Por lo tanto, el problema no consiste simplemente en cuánto fertilizante aplicamos, sino en cuánto del nutriente permanece realmente disponible para la planta y durante cuánto tiempo.

La verdadera pregunta, entonces, no debería ser únicamente “¿cuánto fertilizante estoy aplicando?”, sino “¿cómo puedo mantener una disponibilidad constante de nutrientes en el suelo?”. Esta diferencia nos lleva nuevamente a comprender el suelo como un sistema vivo, donde la materia orgánica, los minerales, el agua y los microorganismos participan continuamente en la transformación, retención y liberación de los nutrientes que la planta necesita.

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México, suelos de Chiapas

En 75 análisis de suelo realizados a productores de palma africana en el sur de México se encontraron suelos de Chiapas con una alta acumulación de fósforo. Sin embargo, el agrónomo continuaba recomendando al productor comprar más fósforo. Entonces surge la pregunta: ¿qué hacemos para suplir fósforo mediante la agricultura orgánica? La respuesta es sencilla: si el fósforo ya está en el suelo, no necesariamente hay que comprar más; primero hay que aprender a solubilizar el que ya está presente. Ahí es donde entra el conocimiento de la agricultura y de la nutrición. Por ejemplo, se plantea el uso de azufre como una herramienta para movilizar ese fósforo y hacerlo nuevamente disponible para la planta.

Es como tener el fósforo guardado dentro de una alcancía. El fósforo está allí, pero no podemos utilizarlo porque se encuentra retenido. Entonces, la alternativa no es simplemente comprar más fósforo, sino preguntarnos: ¿por qué el fósforo que ya está en el suelo no está disponible? Puede estar acumulado, fijado y sin las condiciones necesarias para su solubilización natural. Por eso debemos comprender la relación entre la química del suelo, la materia orgánica, la microbiología y los procesos naturales que permiten movilizar los nutrientes. La clave está en comprender cómo hacer disponibles los nutrientes que ya existen en el suelo, en lugar de depender permanentemente de la incorporación de nuevos fertilizantes.

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Del suelo a nuestra microbiota: cuando modificamos la alimentación, modificamos la vida

Si hemos comprendido que el suelo, la planta, el animal y el ser humano forman parte de una misma espiral, entonces debemos comprender también que cualquier transformación profunda de esa espiral termina teniendo consecuencias mucho más allá del campo. Durante décadas hemos transformado nuestros suelos mediante monocultivos, simplificación de la biodiversidad, fertilización altamente soluble, pesticidas y sistemas de producción cada vez más dependientes de insumos externos. Al mismo tiempo, hemos modificado las semillas, seleccionado variedades para responder a sistemas industriales de producción y reducido progresivamente la diversidad de alimentos que llegan a nuestra mesa. La agricultura dejó de mirar solamente al suelo y comenzó a intervenir sobre toda la cadena: suelo, semilla, planta, alimento y finalmente organismo humano.

Y aquí aparece un concepto que debemos comprender: la microbiota que podemos imaginarla como una enorme comunidad de pequeños habitantes que viven dentro de nuestro cuerpo, especialmente en el intestino. Son principalmente bacterias, pero también existen otros microorganismos. Muchos participan en la digestión, producen sustancias que nuestro organismo utiliza, interactúan con nuestro sistema inmunológico y ayudan a mantener las condiciones necesarias para que nuestro intestino funcione correctamente. Por eso, nosotros no somos solamente “una persona”: también somos un ecosistema. Y ese ecosistema necesita alimento. La composición de nuestra alimentación influye directamente sobre las comunidades microbianas que viven dentro de nosotros. La investigación actual ha encontrado además conexiones entre los microbiomas del suelo, de las plantas y del intestino humano, dentro de una visión denominada One Health, que entiende la salud humana, animal y ambiental como partes interconectadas

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Del suelo a nuestro organismo.

Esto nos permite comprender una idea fundamental: cuando modificamos la forma en que producimos nuestros alimentos, también modificamos aquello que alimenta nuestra microbiota. Un suelo diverso produce bajo condiciones biológicas diferentes a un suelo simplificado; una planta desarrollada dentro de un sistema biológicamente activo no establece exactamente las mismas relaciones que una planta sometida a un sistema agrícola altamente simplificado; y un alimento fresco, diverso y rico en fibra tampoco entrega a nuestra microbiota lo mismo que una dieta dominada por productos altamente procesados. La transformación no termina cuando cosechamos: continúa en nuestra mesa y continúa dentro de nuestro organismo.

La alimentación moderna ha sufrido una transformación profunda. Hemos reducido la diversidad de especies y variedades agrícolas, hemos aumentado la producción de unos pocos cultivos a gran escala y hemos reemplazado progresivamente alimentos completos por productos formulados industrialmente. Al mismo tiempo, la agricultura ha aumentado su dependencia de fertilizantes minerales y productos fitosanitarios. Investigaciones recientes muestran que la contaminación agrícola y otros contaminantes pueden modificar la composición y las funciones de los microbiomas del suelo, afectando procesos como el ciclo de nutrientes y las relaciones entre plantas y microorganismos.

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Cuando cambia nuestra alimentación, cambia nuestra salud

Y mientras transformábamos nuestros sistemas productivos, también comenzaron a cambiar nuestros indicadores de salud. La diabetes constituye uno de los ejemplos más evidentes: la Organización Mundial de la Salud estima que el número de personas que viven con diabetes aumentó de aproximadamente 200 millones en 1990 a 830 millones en 2022. El crecimiento ha sido especialmente rápido en países de ingresos bajos y medios. Esto no demuestra que la agricultura industrial sea la causa única de la diabetes, pero sí demuestra que estamos frente a una transformación sanitaria de dimensiones mundiales que coincide temporalmente con profundas transformaciones de nuestros sistemas alimentarios.

Lo mismo ocurre con numerosas enfermedades inflamatorias, metabólicas, autoinmunes y neurológicas. Las enfermedades inflamatorias intestinales, por ejemplo, históricamente fueron mucho más frecuentes en Europa y Norteamérica, mientras que durante las últimas décadas han aumentado en regiones como Asia y otras zonas que han experimentado una rápida urbanización y occidentalización de la alimentación. Entre los factores estudiados aparecen los cambios dietarios, la reducción de fibra, el aumento de alimentos ultraprocesados y las modificaciones de la microbiota intestinal. La transición alimentaria y la transición sanitaria están ocurriendo simultáneamente.

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Microbiota: el puente entre intestino y cerebro

En el caso de las enfermedades autoinmunes, la investigación ha puesto especial atención en la relación entre microbiota, barrera intestinal y sistema inmunológico. La microbiota participa en la educación y regulación del sistema inmunitario, por lo que una alteración profunda de estas comunidades puede modificar la manera en que nuestro organismo responde frente a diferentes estímulos. Esto ha convertido al microbioma en una de las áreas más importantes de investigación para comprender las enfermedades inflamatorias y autoinmunes.

Algo semejante ocurre con el cerebro. Actualmente se estudia con gran intensidad el denominado eje intestino-cerebro, es decir, la comunicación permanente entre el intestino, la microbiota, el sistema inmunológico y el sistema nervioso. Por eso, enfermedades y trastornos neurológicos que anteriormente parecían completamente separados de la alimentación y del intestino comienzan a estudiarse también desde esta perspectiva.

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Sobre Autismo

El autismo constituye un ejemplo trsistemente interesante: su prevalencia registrada ha aumentado considerablemente en países como Estados Unidos; Paralelamente, distintos estudios epidemiológicos han encontrado asociaciones entre exposición temprana a determinados pesticidas y trastornos del neurodesarrollo, incluido el autismo. Una revisión sistemática encontró asociaciones en una parte importante de los estudios analizados, Esto nos lleva nuevamente al suelo.

No estamos diciendo simplemente que “un pesticida produce una enfermedad” o que “una semilla modificada produce autismo”. La cuestión es mucho más amplia. Lo que estamos observando es la transformación simultánea de un sistema completo: simplificación del suelo, reducción de biodiversidad, modificación de semillas y cultivos, uso intensivo de determinados insumos, transformación industrial de los alimentos, reducción de diversidad alimentaria y modificación de nuestras comunidades microbianas. Son múltiples piezas de una misma transformación.

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Y aquí aparece una pregunta que debemos dejar planteada:

¿Qué ocurre cuando durante generaciones modificamos el alimento que recibe la planta, modificamos el suelo donde crece, modificamos los microorganismos que viven en ese suelo, modificamos la alimentación de los animales y finalmente modificamos la alimentación que recibe el ser humano?

La respuesta comienza a aparecer cuando observamos la microbiota. El suelo posee una comunidad microbiana; la raíz posee su propia comunidad; la planta establece relaciones con microorganismos; los animales poseen su microbiota; y nosotros también. No son mundos independientes. Son ecosistemas conectados. La investigación sobre el eje suelo–planta–intestino está precisamente estudiando estas conexiones y plantea que los microorganismos presentes en el ambiente y en los alimentos pueden contribuir a la diversidad microbiana humana

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Agricultura, más que producir

Por eso, cuando hablamos de agricultura, ya no podemos limitar la conversación a cuánto produce una hectárea. Tenemos que preguntarnos qué produce esa hectárea, qué nutrientes contiene aquello que produce, qué microorganismos participaron en su producción, qué sustancias acompañaron ese proceso y qué ocurre cuando ese alimento entra en nuestro organismo.

La pregunta fundamental deja de ser solamente:

¿Cuánto alimento somos capaces de producir?

Y comienza a ser:

¿Qué tipo de alimento estamos produciendo y qué efecto tiene sobre la vida que lo recibe?

Porque si el suelo es un organismo vivo, la planta es una expresión de ese suelo y nuestro cuerpo también es un ecosistema vivo, entonces existe una continuidad que no podemos ignorar:

suelo → microorganismos → planta → alimento → microbiota → organismo → salud.

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Abonos Orgánicos y el Bosque

Y aquí entran también los abonos orgánicos. Cuando elaboramos un abono orgánico y permitimos que la materia orgánica se descomponga, se generan diferentes procesos biológicos y reacciones relacionadas con las fitohormonas. Se plantea que una proporción importante de las hormonas de las plantas se genera durante la descomposición de la materia orgánica. Entonces podemos preguntarnos: si eliminamos la biología del suelo, si reducimos la materia orgánica y no existe una adecuada descomposición, ¿qué ocurre? Dejamos de generar naturalmente esos procesos y terminamos dependiendo de productos externos, como las fitohormonas comerciales.

En los bosques, estos procesos ocurren de manera natural. La descomposición de la materia orgánica, la actividad biológica y las condiciones ambientales generan una diversidad de procesos que participan en el desarrollo de las plantas. ¿Por qué florece un bosque? Porque existe una diferenciación hormonal, climática, térmica y ambiental; existen múltiples factores interactuando simultáneamente.

Por eso, mientras más simplificamos un cultivo, mayor es nuestra dependencia de los insumos externos. La simplificación del sistema agrícola reduce la diversidad y nos obliga a reemplazar procesos naturales mediante productos comerciales. En cambio, una agricultura de alta diversidad busca mantener la asociación de cultivos, las coberturas y una mayor actividad biológica del suelo. La clave está en comprender y recuperar los procesos naturales, en lugar de sustituirlos constantemente por insumos.

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En el próximo capítulo

Después de comprender la relación entre suelo, nutrición, planta, microbiología y salud, podemos dar un paso más profundo: comprender que en la naturaleza nada permanece estático. Los elementos se transforman, circulan y pasan de un organismo a otro. Lo que una planta toma del suelo puede convertirse en una hoja, un fruto o una semilla; aquello que queda como residuo vuelve a ser transformado por microorganismos, hongos, bacterias y otros organismos, y finalmente puede regresar nuevamente al suelo. Pero este mismo principio también nos obliga a comprender algo fundamental: no solamente viajan los nutrientes; también pueden viajar las sustancias que incorporamos al sistema, incluyendo aquellos compuestos que utilizamos para controlar enfermedades, plagas o deficiencias. Lo que aplicamos al suelo no desaparece simplemente: entra en una red de transformaciones y puede desplazarse entre el suelo, la planta, los animales y finalmente nosotros.

Esto se vuelve todavía más evidente cuando comprendemos que lo que come un animal también depende de cómo fue producido su alimento. Una vaca no se alimenta simplemente de “pasto”; se alimenta de un pasto que creció sobre un determinado suelo, que recibió determinados nutrientes, microorganismos, fertilizantes o sustancias aplicadas durante su cultivo. El animal transforma ese alimento y parte de aquello que recibió pasa a formar parte de sus propios tejidos, de su leche o de otros productos que finalmente llegan a nuestra alimentación. La cadena no comienza en el plato: comienza mucho antes, en el suelo.

Por eso, comprender la agricultura significa comprender también los procesos de composición y descomposición. La materia se construye, se transforma, se desarma y vuelve a incorporarse a nuevos procesos. Los nutrientes circulan, pero también pueden circular sustancias que no queremos dentro de esa cadena. La pregunta deja entonces de ser únicamente qué agregamos al suelo y comienza a ser qué estamos introduciendo en todo el sistema, hacia dónde puede desplazarse y en qué puede transformarse.

Así llegamos naturalmente al siguiente capítulo Agricultura Orgánica Básica y Agroindustria I.IV – Nada se pierde, todo se composta. Si queremos comprender realmente la agricultura orgánica, no basta con estudiar cómo alimentar la planta; debemos aprender qué ocurre con todo aquello que la planta, el animal y el propio suelo dejan atrás. Porque aquello que llamamos residuo puede convertirse nuevamente en materia prima, alimento y vida. La naturaleza no elimina la materia: la transforma. Y cuando aprendemos a comprender esa transformación, comenzamos a entender que nada se pierde, todo se composta.

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