En el capítulo anterior comprendimos que el suelo, la planta, los organismos y nosotros formamos parte de una misma espiral de transformación, donde la materia se transforma, se incorpora nuevamente a los sistemas vivos y participa una y otra vez en la nutrición de las plantas. También vimos que la calidad de aquello que entregamos al suelo está relacionada con la calidad de lo que posteriormente puede producir ese sistema. Pero si queremos comprender realmente cómo llegamos a la agricultura que conocemos hoy, necesitamos dar un paso atrás y mirar de dónde provienen muchos de los insumos que actualmente utilizamos para nutrir, proteger y manejar nuestros cultivos.
La agricultura moderna no apareció de manera aislada: gran parte de sus tecnologías, sustancias y formas de producción tienen una historia vinculada al desarrollo de la industria química y a las necesidades de la guerra. En este nuevo capítulo seguiremos esa historia para comprender cómo los venenos, los fertilizantes y otras sustancias de síntesis pasaron de la industria bélica al campo, transformando progresivamente nuestra manera de entender el suelo, la nutrición y la producción de alimentos.
El problema no es solamente la cantidad
Hipócrates decía: “Que tu alimento sea tu medicina”. Sin embargo, en aquella época no existían los elementos de síntesis. Las sustancias de síntesis son llamadas xenobióticos (xeno, que significa “extraño”, y biótico, relacionado con la vida), es decir, sustancias ajenas a la biología del ser humano. Por eso, los xenobióticos son sustancias extrañas a la vida. Probablemente, Hipócrates habría agregado hoy una condición a su frase: “Que tu alimento sea tu medicina, dependiendo del suelo y de cómo se cultive”.
Paracelso decía que todas las sustancias presentes en la naturaleza pueden ser tóxicas dependiendo de la cantidad que se consuma. Su planteamiento se basaba en el estudio químico de las sustancias naturales: si comes 10 kilos de azúcar, puedes morir; si bebes 15 litros de agua, también. La industria ha repetido este principio como un mantra: que el problema del veneno está en la cantidad. Esto corresponde a una visión de toxicología cuantitativa.
Pero Paracelso tampoco conoció las sustancias de síntesis, aquellas que el ser humano ha creado mediante combinaciones químicas y que son ajenas a los procesos naturales de la vida. Estas sustancias pueden no tener una lectura biológica, física y química equivalente a la de los elementos naturales y, al entrar en la naturaleza, pueden transformarse y generar nuevos compuestos.
Por eso, desde esta perspectiva, el problema no es solamente la cantidad, sino la naturaleza y el uso de determinadas sustancias de síntesis. La propuesta de la agricultura orgánica es simple: reducir y eliminar al máximo aquellos elementos que representan un riesgo para la vida.
Los Venenos
Los venenos comenzaron a utilizarse como una forma de matar al enemigo, no en la Agricultura. Antiguamente, gran parte de las guerras se desarrollaba en trincheras: grandes huecos excavados en la tierra donde los soldados se refugiaban para protegerse y desde allí disparar. Las paredes se reforzaban con madera y se protegían con costales llenos de tierra.
Los soldados avanzaban de una trinchera a otra hasta encontrarse con las posiciones enemigas. Cuando ambas quedaban frente a frente, muchas veces el combate terminaba siendo cuerpo a cuerpo. Entonces surgía una pregunta fundamental: ¿cómo sacar al enemigo de su trinchera sin tener que entrar directamente en ella?
De remedio casero a arma química
Fue entonces cuando los alemanes comenzaron a investigar con mayor profundidad la química aplicada a la guerra. Pero el origen de esta historia se remonta a 1905, en Rusia. Debido al frío y la humedad, hubo un aumento de los casos de gripe, y las mujeres se reunían para preparar unos remedios llamados emplastos. Molían las semillas y se las echaban a la harina de trigo caliente y luego ponían en telas de algodón y fibras y se lo ponían en la espalda a los niños antes de arroparlos. Durante la noche, esa tela caliente hacía que los poros se abrieran para que el gas mostaza entrara y los hiciera toser y botar flema.
Pero se dieron cuenta de una cosa: cuando estaban haciendo esto, recibían el vapor también, por lo que, en cuanto la señora comenzaba a tener problemas en la garganta o en los ojos, tenían que rotar. Las mujeres quedaban con problemas temporales en la garganta, así como ceguera, también temporal. Ellas se sacrificaban para hacer el emplasto, el remedio para sus niños.
El gas y las trincheras
Los alemanes se llevaron aquellas semillas para estudiarlas y, a partir de sus componentes, desarrollaron el gas mostaza, que posteriormente lograron concentrar para utilizarlo como arma contra quienes se encontraban en las trincheras enemigas. Así, lo lanzaron sobre las posiciones inglesas, dando comienzo a una de las primeras grandes experiencias de guerra química. 17.000 soldados ingleses salieron de las trincheras afectados por el gas: muchos quedaron prácticamente ciegos, con la garganta intensamente irritada y con graves problemas intestinales. En medio de la confusión y el sufrimiento, fueron capturados con relativa facilidad, sin siquiera comprender qué les había ocurrido. Estos acontecimientos y el uso de gases tóxicos transformaron profundamente la manera de combatir y mostrando una nueva y aterradora dimensión de la guerra.
La máscara
Los ingleses, como respuesta a esta nueva forma de guerra, desarrollaron máscaras para proteger a la población de los gases tóxicos. Llegaron a producir alrededor de 35 millones de máscaras, destinadas a toda la población: niños, mujeres, adultos y personas de la tercera edad. Todos debían estar preparados. La máscara no solo debía estar disponible: la población tenía que aprender a utilizarla correctamente. Quien tenía una máscara y no participaba en los ejercicios podía ser multado. En las escuelas, los niños realizaban diariamente hasta dos horas de ejercicios para aprender cómo colocarse la máscara y cómo actuar ante un ataque con gases. Pero antes de que terminara la Gran Guerra apareció otro gas aún más peligroso: el fosgeno. Era un gas tóxico relacionado con el cloro y podía provocar graves lesiones en los pulmones y en los tejidos, causando quemaduras químicas y daños internos que podían llevar a la muerte. De esta manera, la guerra había entrado en una nueva dimensión: ya existían gases diseñados para matar y, al mismo tiempo, una tecnología creada específicamente para protegerse de ellos. Por un lado, el arma química; por el otro, la máscara como defensa frente a una muerte que podía llegar sin que el enemigo siquiera tuviera que acercarse.
El Nitrógeno
Con el inicio de la Primera Gran Guerra, el nitrógeno se convirtió en un recurso estratégico fundamental para la industria bélica. Alemania dependía del salitre, especialmente del salitre chileno, para obtener los compuestos nitrogenados necesarios para fabricar explosivos y fertilizantes, pero el bloqueo marítimo dificultó enormemente su acceso. La solución fue recurrir a la fijación industrial del nitrógeno atmosférico mediante el proceso Haber-Bosch, que permitió transformar el nitrógeno del aire en amoníaco a una escala hasta entonces desconocida. De esta manera, comenzó una producción masiva de nitrógeno de síntesis, que posteriormente podía transformarse en ácido nítrico, nitratos y otros compuestos utilizados en la fabricación de explosivos. La industria química pasó así a producir enormes cantidades de compuestos nitrogenados para alimentar la maquinaria de guerra. Y aunque esta tecnología también podía destinarse a la agricultura, durante el conflicto una parte fundamental de esta nueva capacidad industrial quedó vinculada a la producción militar.
El Tanque
Durante la Primera Gran Guerra, el desarrollo de máquinas pesadas impulsó la creación de motores cada vez más potentes, capaces de mover grandes estructuras sobre terrenos difíciles. En 1917, los ingleses desarrollaron el tanque de guerra, un vehículo militar pesado, blindado y equipado con orugas, diseñado para desplazarse sobre terrenos difíciles y proteger a sus tripulantes mientras avanza bajo el fuego enemigo.
Cuando estas máquinas se adaptaron y comenzaron a incorporarse al campo, ofrecieron una fuerza y una capacidad de trabajo muy superiores a las de la tracción animal, pero también trajeron un nuevo problema: su enorme peso comenzó a ejercer una fuerte presión sobre el suelo. El peso de la maquinaria comprime las partículas y reduce los espacios porosos que permiten la circulación del aire y del agua. Al desaparecer estos espacios, el suelo respira menos, infiltra peor el agua y las raíces encuentran mayor resistencia para avanzar; además, se dificulta la actividad de los microorganismos y se altera la dinámica de nutrientes y materia orgánica. Con el tránsito repetido, la compactación puede avanzar hacia capas más profundas y formar verdaderas barreras físicas para las raíces.
Haba de Calabar
La Primera Gran Guerra termina con un armisticio. No se habla de un ganador absoluto ni de un perdedor, sino que se llega a una serie de acuerdos para detener los enfrentamientos. Sin embargo, esos acuerdos no significaron el fin de la investigación y el desarrollo de armas químicas destinadas a matar.
Los alemanes habían sido colonizadores de una parte de África y, hacia 1870, en la región de Tanzania, observaron algo que llamó su atención. Los nativos tenían un juego en el que el perdedor debía beber una preparación que otro participante elaboraba en la orilla, dentro de una vasija de barro. En su interior colocaban las semillas de un frijol conocido como haba de Calabar. El jugo obtenido de estas semillas podía provocar convulsiones, parálisis y, finalmente, la muerte.
Los alemanes estudiaron estas semillas y descubrieron que contenían una sustancia química capaz de interferir con el sistema nervioso central y bloquearlo. Esta molécula estaba relacionada con los compuestos organofosforados, similares a los utilizados en algunos venenos. A partir de este descubrimiento, los alemanes comenzaron a estudiar las moléculas que contenían fósforo con el objetivo de desarrollar sustancias capaces de paralizar al enemigo, incluso afectando su funcionamiento cerebral.
La Segunda Gran Guerra
Comienza la Segunda Gran Guerra. Los alemanes vuelven a utilizar gases tóxicos y, al observar que los ingleses ya cuentan con máscaras para protegerse, buscan una nueva forma de superar esa defensa. En una ocasión, un soldado alemán se acerca a una trinchera y alcanza a ver a un soldado inglés protegido con su máscara.
Entonces los alemanes desarrollan un gas aún más tóxico, capaz de penetrar a través de la piel y provocar graves efectos en el organismo. Ante esta nueva amenaza, el soldado ya no tiene más remedio que quitarse la máscara, quedando nuevamente expuesto. Es entonces cuando vuelven a utilizar otros gases irritantes, como el llamado gas pimienta.
Debido a esto, los ingleses tienen que ampliar sus sistemas de protección. Además de la escafandra o máscara, desarrollan el overol (overall, “que cubre todo”), junto con guantes y botas especiales para la guerra química.
Así aparecen todo un conjunto de elementos destinados a la guerra: guantes, overol, botas, máscaras y venenos. Pero entonces surge una pregunta: ¿por qué y cómo llegaron posteriormente estos productos a las manos de los campesinos? La respuesta está en los residuos de guerra: una vez terminados los conflictos, estos materiales y productos debían ser reutilizados o comercializados para recuperar parte del capital invertido en su producción.
Si es Bayer, es Muerte
Había una gran cantidad de prisioneros y no había suficiente comida para alimentarlos. Ante esta situación, los alemanes comenzaron a utilizar hornos de cremación para deshacerse de los cuerpos de quienes morían y de trabajadores menos capacitados. Además, existía una relación con la industria química alemana Bayer, vinculada a la producción del gas Zyklon B, utilizado en las cámaras de gas de los campos de concentración y exterminio.
Por otro lado, los prisioneros que se encontraban en buenas condiciones de salud eran seleccionados para trabajar como mano de obra en la industria. Debido a que se trataba de trabajadores forzados, la empresa Bayer podía disponer de una enorme cantidad de mano de obra prácticamente gratuita. Esta situación permitió que incrementara considerablemente su producción.
La nueva agronomía
Apartir de entonces, la industria comenzó a buscar nuevos mercados para toda la tecnología y capacidad productiva desarrollada durante la guerra. Universidades y centros de formación recibieron financiamiento para preparar ingenieros agrónomos capaces de llevar estos avances al campo y convertirlos en nuevos sistemas de producción.
Así, una parte de la tecnología militar comenzó a trasladarse hacia la agricultura. El nitrógeno, el fósforo, el potasio, los insecticidas y buena parte de la maquinaria y los equipos utilizados para manipular sustancias químicas pasaron a incorporarse progresivamente al trabajo agrícola.
El problema fue que la agricultura comenzó a depender cada vez más de la industria. El suelo dejó de ser visto como un sistema vivo que debía ser alimentado y comenzó a tratarse como un soporte al que había que suministrar nutrientes externos. La fertilidad, el control de plagas y la producción comenzaron a depender cada vez más de productos fabricados fuera del campo.
Lo que había sido desarrollado para destruir, proteger y sostener la maquinaria de guerra encontró así un nuevo destino: el campo.
En el próximo capítulo
La transformación de la agricultura no terminó con la llegada de la maquinaria, los insecticidas y los compuestos de síntesis al campo. Una vez que la industria encontró en la agricultura un nuevo destino para la tecnología y la capacidad productiva desarrolladas durante las guerras, también comenzó a cambiar la manera de entender la alimentación de las plantas. El suelo pasó progresivamente de ser considerado un sistema vivo a ser tratado como un soporte al que podían suministrarse elementos específicos desde el exterior. Así, la lógica industrial no solo incorporó nuevos productos agrícolas, sino también una nueva forma de entender la nutrición: identificar un elemento, fabricarlo o concentrarlo y entregarlo directamente a la planta.
Esta nueva manera de entender la nutrición vegetal dio origen a una agricultura cada vez más dependiente de fertilizantes, formulaciones NPK y otros insumos destinados a entregar determinados elementos de manera rápida y específica. La pregunta dejó de centrarse únicamente en cómo alimentar y mantener vivo el suelo, para comenzar a enfocarse en qué elemento necesitaba la planta y cuánto debía suministrarse. De esta manera, la nutrición comenzó a dividirse en componentes que podían ser medidos, formulados y aplicados por separado.
Pero aquí aparece una pregunta fundamental que debemos responder antes de continuar: ¿es lo mismo entregar un nutriente directamente a una planta que alimentar el suelo que hace posible su nutrición? Comprender esta diferencia es esencial para entender por qué la agricultura orgánica propone una mirada distinta sobre la fertilidad. Un suelo vivo no es simplemente una reserva de nutrientes esperando ser utilizada; es un sistema en el que la materia orgánica, los minerales, los microorganismos, el agua y las raíces interactúan constantemente para transformar, almacenar, movilizar y poner nutrientes a disposición de las plantas.
Y con esta pregunta cerramos nuestro recorrido por la historia de la guerra, los venenos y la llegada de la industria al campo. Ahora que conocemos de dónde proviene buena parte de la lógica que dio origen a los fertilizantes modernos, podemos avanzar hacia el siguiente capítulo Agricultura Orgánica Básica y Agroindustria II.II – Fertilizantes, NPK y Abonos Naturales, donde analizararemos directamente qué son los fertilizantes, cómo funciona el modelo NPK y qué diferencia existe entre entregar nutrientes de manera directa y construir un suelo capaz de nutrir continuamente a sus plantas.

