Hemos visto como la vida está en la naturaleza. Sin embargo, el modelo industrial necesita negar la vida para poder reducir todo a procesos físicos y químicos. Ese ha sido también el entrenamiento de muchos agrónomos, quienes han sido formados para observar únicamente las propiedades físicas y químicas del suelo, dejando completamente de lado la biología.
Los fertilizantes químicos aportan elementos altamente solubles que producen respuestas rápidas, pero de corta duración. Lo que realmente permanece es la vida. La vida continuará existiendo independientemente del ser humano. La humanidad fue invitada a participar de un sistema cuyas leyes ya estaban establecidas mucho antes de nuestra aparición. Nosotros no inventamos esas leyes; únicamente podemos obedecerlas o interrumpirlas.
Cuando queremos transformar un mineral insoluble en un nutriente disponible necesitamos que exista vida. Sin vida no es posible realizar ese proceso. Solamente la microbiología, sostenida por la materia orgánica, puede transformar continuamente lo insoluble en soluble y continuar el espiral. En realidad, todo el curso puede resumirse en este principio: la materia orgánica constituye la base indispensable para que la vida se instale en el suelo y permita que todos los procesos biológicos continúen funcionando de manera permanente.
Transgénicos, del laboratorio al campo
No debemos olvidar que un organismo transgénico, en el sentido de un organismo modificado mediante ingeniería genética, es una creación tecnológica desarrollada por el ser humano. La modificación ocurre bajo condiciones cuidadosamente controladas, donde los investigadores pueden seleccionar un gen, incorporarlo al organismo y observar su comportamiento dentro de un ambiente diseñado para reducir al mínimo las variables externas. En el laboratorio es posible controlar la temperatura, la humedad, la cantidad de luz, el agua, los nutrientes y muchas otras condiciones. De esta manera, el organismo modificado puede estudiarse dentro de un sistema relativamente predecible.
Pero una planta no vive en un laboratorio. Cuando ese organismo sale del ambiente controlado y entra en contacto con el campo, comienza a relacionarse con una realidad mucho más compleja. Allí aparecen variaciones de temperatura, lluvia, viento, radiación solar, humedad, composición del suelo, disponibilidad de nutrientes, microorganismos, hongos, insectos, otras plantas y muchos otros factores que interactúan permanentemente entre sí. El clima de un campo nunca permanece exactamente igual y el suelo tampoco es un medio estático.
Por eso, una modificación genética no puede entenderse separada del ambiente en el que finalmente se expresa. El gen modificado forma parte de un organismo completo, y ese organismo debe vivir dentro de una red de relaciones biológicas, físicas y químicas que no pueden reproducirse completamente dentro de un laboratorio. Una característica puede comportarse de una determinada manera bajo condiciones controladas y manifestarse de otra forma cuando cambian las condiciones ambientales.
Aquí aparece una idea fundamental para comprender la agricultura: la genética no actúa sola. La expresión de las características de una planta ocurre en permanente interacción con el ambiente. La misma semilla puede encontrarse con diferentes temperaturas, diferentes suelos, diferentes comunidades microbianas y diferentes condiciones de agua, y cada una de esas relaciones puede modificar su desarrollo.
Por eso, cuando una planta modificada genéticamente llega al campo, comienza una nueva etapa. Ya no existe solamente la relación entre el gen y la planta; aparece la relación entre el organismo, el suelo y todo el ecosistema que lo rodea. Comprender esa transición desde el ambiente controlado hacia la complejidad de la naturaleza es fundamental para entender qué significa realmente cultivar una planta y cómo se comporta la vida fuera del laboratorio.
¿Qué ocurre con los genes del medio ambiente?
Por eso debemos hacernos una pregunta fundamental: ¿qué ocurre con los genes del medio ambiente? Ningún organismo puede desarrollarse completamente aislado de su entorno, porque la vida funciona a través de una interacción permanente entre lo que el organismo lleva consigo y las condiciones que lo rodean. Esa interacción modifica continuamente su desarrollo y constituye una de las bases de la evolución. Un ser vivo no permanece exactamente igual durante toda su existencia: responde, se adapta y cambia en relación con su ambiente.
Los genes contienen información, pero esa información no funciona de manera independiente. La temperatura, el agua, la luz, el suelo, los nutrientes, los microorganismos y otros seres vivos pueden influir en la manera en que esa información se manifiesta. Una misma semilla, por ejemplo, puede desarrollarse de manera diferente dependiendo del suelo donde crezca, de la cantidad de agua que reciba, de la temperatura o de las relaciones que establezca con los microorganismos. Por eso podemos decir, de manera simbólica, que el medio ambiente también forma parte de nuestra información biológica: son nuestros “genes externos”.
Esto significa que para comprender realmente a un organismo no basta con estudiar solamente su genética. También debemos observar el ambiente en el que esa genética se expresa. El organismo transforma su entorno y, al mismo tiempo, el entorno transforma al organismo. Suelo, clima, agua, microbiología, nutrición y genética forman una red de relaciones que cambia continuamente.
La vida, por lo tanto, no es solamente información genética: es la expresión de esa información en relación permanente con el ambiente. Ahí comienza a aparecer la verdadera complejidad de la evolución.
La evolución fuera del laboratorio
Con el tiempo, una semilla transgénica puede reproducirse, cruzarse y adaptarse a las condiciones del ambiente, dando origen a nuevas variedades que ya no respondan exactamente al material genético original. Es precisamente esa transformación natural la que puede generar una pérdida de control para la industria. Mientras la semilla permanece dentro de un sistema controlado, sus características pueden ser seleccionadas y manejadas; pero cuando entra en contacto con un suelo vivo, con microorganismos, materia orgánica, minerales, otras plantas y diferentes condiciones ambientales, comienza a formar parte de un proceso de evolución que ya no puede ser controlado completamente.
Una biología activa en el suelo aumenta la cantidad de relaciones a las que está expuesta la semilla. Bacterias, hongos y otros microorganismos interactúan con las raíces, mientras el clima, el agua, los nutrientes y las demás plantas modifican continuamente las condiciones de crecimiento. En cada generación pueden aparecer nuevas combinaciones y respuestas. Una semilla que evoluciona libremente puede incluso dar origen a poblaciones adaptadas a un territorio específico, diferentes del material genético que originalmente salió del laboratorio.
Por eso, incorporar materia orgánica, biofertilizantes y microorganismos al suelo es fundamental: fortalece la biología, aumenta la diversidad y favorece los procesos naturales de adaptación. En un solo centímetro de suelo puede existir aproximadamente medio millón de genes pertenecientes a microorganismos. Esa enorme diversidad representa un potencial biológico capaz de interactuar permanentemente con las plantas y con su ambiente.
La lógica industrial busca reducir esa diversidad para que predomine la genética de la semilla comercial y sea más fácil controlar el sistema. Cuando el suelo pierde su microbiología, también disminuyen las relaciones que permiten la adaptación natural. Es como eliminar todos los perros de la calle para que sobrevivan únicamente los perros criados en casa: al reducir la diversidad, aumenta el control; al fortalecerla, aumenta la capacidad de adaptación de la vida.
La semilla como patrimonio vivo
Frente a esta situación, una de las estrategias más importantes es fortalecer los bancos de germoplasma campesinos, conservar las variedades locales y promover el intercambio de semillas entre agricultores. De esta manera, las semillas permanecen vinculadas a los territorios y continúan adaptándose a sus condiciones particulares. En Colombia, después de la firma del Tratado de Libre Comercio, comenzaron a implementarse normas que exigían el uso de semillas certificadas. Estas medidas tuvieron como consecuencia la sanción de agricultores y el decomiso y destrucción de semillas que no cumplían con dichas exigencias, dificultando la conservación y circulación de variedades tradicionales.
En México ocurrió algo diferente. La industria no logró hacer desaparecer las variedades tradicionales de maíz porque muchos campesinos continuaron seleccionando, conservando e intercambiando sus propias semillas. Esta práctica permitió mantener una enorme diversidad genética y conservar variedades adaptadas a diferentes territorios y condiciones ambientales.
A través de la observación y la selección realizada generación tras generación, el campesino se convierte en un verdadero mejorador de sus cultivos. Observa cuáles plantas presentan mejores características, cuáles resisten mejor las condiciones de su territorio, cuáles producen más y cuáles se adaptan mejor a su ambiente. Luego selecciona sus semillas y las utiliza para formar la siguiente generación. Con cada ciclo de selección, el conocimiento del agricultor y la adaptación de la semilla se encuentran y se enriquecen mutuamente.
Así, conservar una semilla no significa simplemente guardar un grano. Significa conservar información, adaptación, diversidad y conocimiento acumulado durante generaciones. Cada semilla campesina puede representar una parte de un patrimonio genético vivo, construido, seleccionado y enriquecido por comunidades que han aprendido a relacionarse con su territorio a través del tiempo.
Conceptos que no debemos olvidar
1. Las leyes de la naturaleza
La vida funciona de acuerdo con leyes y relaciones que existían mucho antes de la humanidad. No creamos esas leyes; participamos dentro de ellas y nuestras acciones pueden respetarlas o interrumpir sus procesos.
2. El ambiente como información biológica
Los genes no actúan de manera aislada. El ambiente también participa en la expresión y transformación de la vida. El suelo, el clima, el agua, los microorganismos y otros seres vivos pueden considerarse, simbólicamente, “genes externos”.
3. La evolución de la semilla
Una semilla transgénica, al reproducirse y relacionarse con su ambiente, puede cruzarse y adaptarse a nuevas condiciones. Con el tiempo, este proceso puede dar origen a nuevas variedades que presentan características diferentes.
4. La diversidad genética
La diversidad permite que las plantas tengan diferentes características y capacidades de adaptación. Cuando esta diversidad se reduce, también disminuyen las posibilidades de respuesta y adaptación de las poblaciones.
5. El control de la diversidad
La lógica industrial busca reducir la diversidad para que predomine la genética de determinadas semillas comerciales. Al concentrar la producción en pocas variedades, aumenta el control sobre el sistema agrícola.
6. La conservación de las semillas
Conservar las variedades locales significa mantener semillas adaptadas a territorios, condiciones ambientales y conocimientos específicos. No se trata solamente de guardar semillas, sino de conservar diversidad y capacidad de adaptación.
7. El intercambio de semillas
El intercambio entre agricultores permite que las semillas continúen circulando, reproduciéndose y adaptándose a diferentes territorios. También mantiene vivo el conocimiento asociado a su selección y conservación.
En el próximo capítulo
Ahora vamos a avanzar un poco más en el espiral y a observar una conexión que nos lleva desde el suelo hasta nuestro propio organismo. Después de haber visto cómo la agricultura convencional ha ido inactivando progresivamente la biología del suelo mediante el uso de CIDAS, podemos observar que el proceso no termina ahí. Una vez debilitada esa compleja red de vida, continuamos especializando y simplificando el suelo para adaptarlo a determinados cultivos, buscando que produzca de manera eficiente para nuestras necesidades.
Pero al hacerlo, también vamos perdiendo diversidad. Un suelo vivo, con una amplia variedad de microorganismos, nutrientes y relaciones biológicas, es reemplazado progresivamente por un sistema cada vez más simplificado, diseñado para sostener determinadas plantas bajo determinadas condiciones. Y aquí el espiral vuelve hacia nosotros.
La simplificación que provocamos en el suelo termina reflejándose en la planta, en nuestros alimentos y finalmente en nuestro propio organismo. Al reducir la diversidad y la complejidad de los sistemas que producen nuestros alimentos, también estamos modificando la diversidad de aquello que incorporamos a nuestra alimentación.
Esta relación adquiere una importancia especial cuando observamos nuestra microbiota intestinal. Al igual que el suelo, nuestro intestino es un ecosistema vivo, complejo y diverso, donde innumerables microorganismos interactúan entre sí y con nuestro organismo. Una alimentación cada vez más simplificada, proveniente de sistemas agrícolas cada vez más simplificados, también termina afectando la diversidad de nuestra propia flora intestinal. Así, el espiral nos muestra una relación profunda: suelo, planta, alimento y organismo forman parte de un mismo proceso de vida.
Por eso, en el capítulo siguiente vamos a profundizar en cómo la nutrición y la diversidad biológica del suelo influyen directamente en la calidad de los alimentos que producimos y, a través de ellos, en nuestra propia nutrición, nuestra microbiota intestinal y nuestra salud. Lo que hacemos con el suelo no queda en el suelo. La vida que simplificamos abajo también termina simplificándose dentro de nosotros.
En Agricultura Orgánica Básica y Agroindustria I.III – Nutrición del suelo y salud profundizaremos en una idea fundamental: la salud de la planta y la nuestra comienzan mucho antes de la planta misma; comienza en la vida del suelo que la alimenta.

